Incertezas de un desafío

Por Rodolfo Zehnder, 4 de mayo de 2020

El hombre posmoderno –porque quiérase o no, estamos todos inmersos, quien más quien menos, en la posmodernidad‒ se aferra a la vida. Atenta contra la vida –destruyendo el planeta con lógicas economicistas‒ pero se aferra a ella cuando sufre en carne propia. El drama del hombre posmoderno no es, entonces, que desprecie la vida: el drama es que desprecia la trascendencia, la vida más allá de esta vida, de este peregrinaje sobre el planeta Tierra. Al no creer en la trascendencia, se aferra a lo único que ve, que palpa, que puede comprobar en los laboratorios científicos: el presente. Y a él se aferra.(1)

Y cuando el presente le ofrece signos de intranquilidad, reacciona. Pero no reacciona a fondo: esta pandemia hará que se adopten correctivos, a saber: mayores presupuestos en salud, mejores sistemas sanitarios, mayor énfasis en detectar y combatir virus… para los pueblos desarrollados que puedan afrontarlo. Pero no mucho más. No creo que esto inspire cambios profundos: el ser humano olvida fácilmente cuando, luego de momentos de escozor, sobrevienen tiempos de calma y de ilusorios progresos y bienestar, en un transcurrir de ciclos que recuerda a la metafísica alejandrina, para la cual todo es eterno y nada es creado. La promesa de un mundo sustancialmente mejor a causa de esta pandemia puede convertirse en mera ilusión, si olvidamos que el hombre –al contrario del animal– siempre vuelve a tropezar con la misma piedra.

No coincido tampoco con visiones apocalípticas en torno a esta calamidad, fruto, cuándo no, del hombre, por el mal uso de su libertad. Los pueblos no se suicidan. La humanidad no se suicida. O, en todo caso, "nadie se suicida en las vísperas", aforismo que, en la interpretación que más me gusta, connota un llamado a la cordura, a la paciencia, a la esperanza, una exhortación a mantener la calma aún en las situaciones más apremiantes, hasta el último segundo. El apocalipsis –o, mejor, la Parusía, para los creyentes– vendrá, sin duda, al final de los tiempos, pero probablemente no sea –permítaseme esta digresión teológica– por un hecho concreto del hombre. Vendrá por Dios, de la mano de Dios, no como castigo (sería imposible imaginarlo, dada la naturaleza infinitamente misericordiosa del único Absoluto), y no necesariamente en medio de una tragedia, sino –quizás– en medio de una época de esplendor –económico– de la humanidad. Vendrá, en definitiva, cuando menos se lo espere, al decir bíblico.

Entonces hay que estar preparados. Es más fácil prepararse cuando las papas queman, como ahora. El desafío es estar siempre preparados, y en especial en época de vacas gordas.

La humanidad olvida. Que la Historia "enseña" es una verdad a medias, y por tanto falsable. La tragedia de la Primera Guerra Mundial, con 20 millones de muertos, no impidió la tragedia de la Segunda, con más de 50 millones. Y la tragedia de ésta no impidió que siga habiendo guerras regionales: no universal, pero solo porque el fantasma de la aniquilación total mediante el uso de armas atómicas lo impidió. Hasta ahora, pero no se sabe hasta cuándo: nadie se compra cien trajes para colgarlos en el ropero y no usarlos nunca. Pero vuelvo a lo de antes: la vocación por el suicidio universal no aparece clara.

Me llama la atención la notable propensión de muchos a aferrarse a esta vida y la casi nula referencia a que, en última instancia, esta vida es solo un paso (una Pascua, dirían los cristianos): la fe, se sabe, es una especie casi en extinción, principalmente en los países más desarrollados, que es donde, paradójicamente, más ha golpeado este virus. Y el grado de psicosis colectiva, rayano en la desesperanza (lo cual parece coherente: ¿qué esperanza puede tener el desprovisto de fe?).(2)

Claro que hay que saber leer los signos de los tiempos. Esta pandemia es uno. Le dice a la humanidad que, a pesar de los avances científico-tecnológicos, siempre aparecerán cosas nuevas, desafíos nuevos, enfermedades nuevas. Porque si no esto sería una antesala del paraíso. Los positivistas, con Comte a la cabeza y muchos que le siguieron, creen en el "progreso indefinido". Manejan un concepto pobre, restringido, de lo que es "progreso", y olvidan –desde sus posturas inmanentistas– que solo Dios es el Señor de la Historia. Hoy este signo nos está indicando, creo, que habrá que ser más prudente; dedicarse más a la salud, pero en su concepto lato: salud del cuerpo pero también del alma.

Esa sería, a no dudarlo, la gran enseñanza de esta pandemia.

La humanidad superará este flagelo: vacuna, o lo que fuere, solo es cuestión de tiempo. Más difícil será curar el alma: desterrar el individualismo, el egoísmo, el materialismo, el hedonismo. Y nada indica –seamos francos– que una vez superada la crisis de la salud física, el espíritu del hombre alcance un nivel superior. Después de todo, la naturaleza humana es buena, en tanto creatura de Dios; pero herida por el pecado, en tanto su soberbia –todavía ahora, y cada vez más– pretende equiparársele.

De todos modos, propicio una suerte de tomar distancia, tanto de las visiones de catástrofe que aprendices de gurúes están diseminando, para espanto de muchos, como de ilusiones de un optimismo "rosa" e irracional. Y no perder el valor de la esperanza porque –al menos para el creyente– no puede soslayarse la "bondad fundamental" del hombre, imagen de su Creador (Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, 47). Ni la Providencia, porque después de todo, "…aunque el corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón" (1 Juan, 20).

(1) Invito a releer mi trabajo: "El hombre del 2000", publicado en distintos medios e internet.

(2) A propósito, invito a leer el maravilloso diálogo entre Monseñor Carlo Martini y Umberto Eco: "En qué creen los que no creen?"