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AGO

EVENTO ONLINE

Coloquio: Alianza Arabia Saudita, Pakistán y Turquía. Proyección regional y global

Jueves 20 de agosto, 2026, 18.30 horas

42º coloquio del Comité Política Exterior y Fuerzas Armadas del CARI

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Coloquio: Alianza Arabia Saudita, Pakistán y Turquía. Proyección regional y global 

Presentación

Embajador Carlos Sersale di Cerisano / Subdirector del Comité Política Exterior y Fuerzas Armadas del CARI

Conclusiones

Doctor Rosendo Fraga / Director de Comité de Política Exterior y Fuerzas Armadas del CARI

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La reunión comenzó con unas palabras introductorias donde se presentó como eje de discusión la reciente alianza entre Arabia Saudita, Pakistán y Turquía. Se destacó la importancia geopolítica del acuerdo debido a las capacidades de los tres países, particularmente la capacidad nuclear de Pakistán, el gasto en armamento y la capacidad de sus Fuerzas armadas.

Uno de los primeros aspectos analizados fue el carácter mayoritariamente sunita de la alianza y su posible impacto sobre la histórica disputa entre sectores sunitas y chiitas, especialmente en relación con Estados Unidos, Irán e Israel. Se planteó que el acuerdo podría reflejar un debilitamiento de la confianza de los países del Golfo hacia Estados Unidos, ante la percepción de que Washington no ha logrado resolver la cuestión iraní. En este sentido, la alianza podría formar parte de una reconfiguración de las relaciones regionales que excede el plano estrictamente militar.

También se mencionó la importancia estratégica de los estrechos y de las zonas vinculadas con Irán y los hutíes en el Golfo de Adén. Sin embargo, se remarcó que la alianza no debe analizarse únicamente en función de Israel o Irán, ya que Turquía y Pakistán poseen intereses geopolíticos propios, especialmente vinculados con India y sus respectivas posiciones regionales.

Se señaló como antecedente histórico el Pacto de Bagdad de 1955, integrado por Turquía, Pakistán, Irak, Irán y Gran Bretaña con el objetivo de contener a la Unión Soviética. Sin embargo, el acuerdo no logró consolidarse debido a los intereses divergentes de sus miembros. La alianza actual podría interpretarse, en cambio, como una búsqueda de mayor autonomía estratégica y como una respuesta a la necesidad de construir mecanismos propios de seguridad.

Desde el punto de vista de sus capacidades, los tres países presentan una importante complementariedad ya que Arabia Saudita aporta principalmente capacidad económica y recursos, Turquía experiencia militar, doctrina vinculada con la OTAN y una creciente industria de defensa, mientras que Pakistán aporta su capacidad nuclear. En conjunto, estos elementos podrían otorgarles una mayor capacidad de influencia y disuasión frente a posibles amenazas regionales.

A partir de estas consideraciones surge la duda ¿el acuerdo logrará consolidarse en el tiempo o tendrá un destino similar al Pacto de Bagdad? Se destacó que la existencia de elementos comunes, incluido el componente religioso, no garantiza por sí sola la permanencia de una alianza, ya que esta requiere intereses estratégicos que puedan sostenerse en el tiempo.

Posteriormente, se abordó la relación entre Pakistán y Estados Unidos. Se señaló que la nueva alianza no debería considerarse necesariamente antiestadounidense, aunque se produce en un contexto complejo para la política exterior de Washington. Pakistán mantiene una relación histórica con Estados Unidos, incluyendo cooperación en materia antiterrorista, pero al mismo tiempo busca fortalecer sus vínculos con China, especialmente en el marco de las tensiones entre China e India.

La realización de ensayos nucleares pakistaníes en 1998 produjo un fuerte deterioro de la relación con Washington, por lo que se planteó hasta qué punto la nueva alianza podrá desarrollarse sin el consentimiento o la participación indirecta de Estados Unidos. En este sentido, se interpretó que el principal objetivo de los tres países sería construir un pacto de carácter disuasivo que les permita fortalecer mutuamente sus capacidades y reducir su vulnerabilidad frente a posibles amenazas.

Durante la discusión también surgió Egipto como cuarto actor relevante. Si bien no forma parte del acuerdo, se señaló que existe una creciente coordinación política. Uno de los elementos centrales del pacto sería el principio de que un ataque contra cualquiera de sus miembros podría ser considerado un ataque contra los demás, una lógica comparable al artículo 5 de la OTAN. En este esquema, Egipto aportaría una significativa población árabe, fuerzas armadas relevantes y el control del Canal de Suez. Por ello, se propuso interpretar la configuración a partir de dos círculos: un núcleo de disuasión militar conformado por Arabia Saudita, Pakistán y Turquía, y un vínculo militar y estratégico más amplio que podría incluir a Egipto.

La discusión profundizó en el concepto de disuasión. Se destacó que esta no depende únicamente de las capacidades militares, sino también de la voluntad política y de la capacidad de comunicarla. Si bien existe una voluntad de transmitir la existencia del pacto, permanece abierta la pregunta sobre si efectivamente funcionará de manera equivalente al artículo 5 de la OTAN.

Resulta fundamental conocer el texto escrito del nuevo acuerdo para determinar cuál sería el alcance real de las obligaciones asumidas por cada país. Dado que el documento todavía no es públicamente conocido, se consideró más adecuado hablar, por el momento, de un acuerdo de asistencia mutua y militar.

La cuestión nuclear también ocupó un lugar importante en la discusión. Se destacó la necesidad de moderar el enfoque sobre las capacidades nucleares y de considerar la participación de los Estados árabes para comprender la distribución de poder e influencia en la región. Israel, por su parte, observa con especial atención el desarrollo de estas capacidades debido a sus posibles consecuencias sobre las estrategias defensivas de los distintos países.

En términos más amplios, se señaló que durante décadas la arquitectura de seguridad de Medio Oriente dependió en gran medida de Estados Unidos. La aparición de una alianza de estas características plantea qué ocurriría si las garantías proporcionadas por Washington dejan de ser suficientes. El objetivo principal sería, entonces, generar una capacidad propia de protección frente a la posibilidad de que una potencia externa o regional altere el equilibrio de la zona. Si esta arquitectura prosperara, podría producirse una transición hacia un Medio Oriente en el que las propias potencias regionales asuman una mayor responsabilidad sobre su seguridad.

La dimensión china también fue incorporada al análisis. China mantiene además una relación favorable con Irán, aunque se señaló que este país no tendría para Beijing la misma importancia estratégica que Pakistán. En este contexto, resulta relevante observar cómo evolucionarán las relaciones entre Estados Unidos, China, Irán e Israel y si los actores regionales podrán asumir un papel mayor en la reducción de las tensiones.

También se mencionó la dimensión europea, vinculada con la presencia de la OTAN y sus relaciones con los países del Golfo y Asia. La aparición de nuevos mecanismos de cooperación regional podría, por lo tanto, tener efectos que excedan ampliamente a Medio Oriente.

Desde la perspectiva turca, se destacó la existencia de una agenda sofisticada y de largo plazo, vinculada con una concepción de hegemonía y con el papel de Turquía como potencia regional. Sus vínculos exceden el ámbito militar e incluyen relaciones con distintas regiones y una creciente industria de defensa. El fortalecimiento de sus capacidades podría modificar el equilibrio regional y afectar especialmente la posición de Israel.

Por otro lado, se señaló que resulta insuficiente analizar la política regional exclusivamente a partir de la división entre sunitas y chiitas. El mundo musulmán presenta importantes diferencias culturales, nacionales, étnicas y geopolíticas. En el caso de Turquía, se destacó la búsqueda de Erdogan de reconstruir una influencia vinculada con el antiguo espacio otomano. Pakistán, por su parte, mantiene una posición dual entre Estados Unidos y China, atravesada por la rivalidad entre China e India y por su relación con Rusia. Arabia Saudita buscaría reforzar su liderazgo sobre las monarquías del Golfo, mientras que Pakistán también tiene entre sus objetivos fortalecer su posición frente a sus vecinos y frente a la situación de Afganistán.

Para cerrar, se planteó que uno de los elementos centrales para explicar la aparición de esta alianza es el progresivo repliegue de Estados Unidos de Medio Oriente. Según esta interpretación, este proceso comenzó aproximadamente hace un cuarto de siglo y se profundizó durante las distintas administraciones estadounidenses, que buscaron reducir la presencia militar directa y evitar nuevos despliegues terrestres. Este repliegue habría generado un espacio que comienza a ser ocupado por otras potencias, entre ellas China, India y Pakistán, interesadas en desarrollar mecanismos propios de disuasión y reducir su vulnerabilidad. La nueva alianza podría, en este sentido, acelerar la transición hacia una arquitectura de seguridad menos dependiente de Washington.

Para China, India y Rusia, el acuerdo no necesariamente constituye la aparición de un enemigo directo, pero sí representa una nueva disputa por espacios de poder e influencia. En este marco, se retomó el concepto de potencia media, entendido a partir de la combinación de un proyecto geopolítico, una identidad o base común y una capacidad militar significativa. Un ejemplo presentado para este concepto fue Turquía, que cuenta con una estrategia orientada a ampliar su influencia regional.

Finalmente, se concluyó que, aunque la cuestión no posee una relación directa con Argentina, se trata de un hecho de relevancia mundial. La alianza entre Arabia Saudita, Pakistán y Turquía permite observar la evolución hacia un sistema internacional más multipolar, caracterizado por una menor dependencia de las grandes potencias tradicionales y por el creciente protagonismo de las potencias medias en la construcción de nuevas arquitecturas de seguridad.

20/08/2026, 18:30