Inserción de la Argentina en el mundo
Geopolítica de los alimentos: ocho vectores que afectan a la Argentina

El artículo examina la intersección entre la geopolítica y la seguridad alimentaria con un enfoque particular en Argentina, un país conocido como el “granero del mundo”. A lo largo de la historia, la producción y la distribución de alimentos han sido fundamentales para la estabilidad social y política de las naciones. En este sentido, se analizan los desafíos actuales que enfrenta Argentina, que incluyen la concentración del mercado agroindustrial, el impacto de las grandes corporaciones en la formación de precios y la adopción de tecnologías agrícolas. Además, se discute la creciente preocupación global por la seguridad alimentaria, especialmente en el contexto de las disrupciones causadas por la pandemia de COVID-19 y por los conflictos internacionales.
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La geopolítica alimentaria global actual
Los alimentos son un vector esencial de la geopolítica. No hay una necesidad humana más básica que asegurar el acceso a los alimentos y el agua, por lo que es crucial para los Gobiernos garantizar la seguridad alimentaria. Un Gobierno que no puede proveer alimentos no perdurará. Moragues-Faus y Marsden (2017) analizan cómo la producción y la distribución de los alimentos se relacionan con el poder y la seguridad en diferentes escalas geográficas. Fraser y Rimas (2010) estudian cómo las civilizaciones han dependido de su capacidad para asegurar el suministro de alimentos y cómo esto ha impactado su seguridad y estabilidad a lo largo de la historia. La Revolución Industrial, que dio origen al capitalismo moderno, no habría sido posible sin su precursora, la Revolución Agrícola de los siglos XVI y XVII, que aumentó la producción de alimentos y permitió el crecimiento de la población. Algunas mejoras, como la rotación de cultivos, el arado mejorado y el uso de fertilizantes químicos, llevaron a un aumento masivo en la producción agrícola. Este aumento planteó desafíos únicos para los Gobiernos, que necesitaban asegurar la provisión de alimentos para mantener el orden. La geopolítica y el estudio de la demografía y de las calorías alimentarias surgieron para ayudar a entender y gestionar estas nuevas realidades.
El sistema alimentario global actual es una expresión de un siglo de competencia geopolítica y el resultado de Estados que acuerdan participar, con comercio liberalizado y seguridad garantizada por la superpotencia. Sin embargo, el aumento del proteccionismo y los conflictos, como la guerra entre Rusia y Ucrania, están desestabilizando este sistema. A nivel mundial, estos sistemas producen 11.000 millones de toneladas de alimentos cada año y constituyen la columna vertebral de muchas economías. Sin embargo, hoy en día los sistemas agroalimentarios no consiguen mantener sin hambre al 10 % de la población mundial. El Programa Mundial de Alimentos de la ONU (WFP, 2022[F1] ) estima que las cadenas agroindustriales del siglo XXI enfrentan múltiples retos: producir más alimentos para alimentar a una población creciente con una mano de obra rural más reducida, más materias primas para un mercado de bioenergía creciente, contribuir al desarrollo general de los numerosos países en desarrollo que dependen de la agricultura, adoptar métodos de producción más eficientes y sostenibles y adaptarse al cambio climático. La población mundial crecerá́ en más de un tercio ―2300 millones de personas― hasta 2050. Según estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), para el año 2050 será necesario producir un 60 % más de alimentos para alimentar a una población mundial de 9,3 mil millones de personas. Esta demanda adicional se debe al crecimiento de la población y al aumento en la demanda de alimentos ricos en proteínas.
El sistema internacional actual se halla cada vez más conectado y vulnerable. Según la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR, 2024), [F2] la pandemia de COVID-19 y el cambio climático pusieron de manifiesto rápidamente la extensión y la profundidad de las interdependencias del mundo actual: los efectos de los desastres se extienden cada vez más a través de zonas geográficas y sectores. A pesar de los avances, la creación de riesgos está superando la reducción de los riesgos existentes. Los desastres, costos económicos y vulnerabilidades subyacentes aumentan al mismo tiempo que los ecosistemas y las biosferas están en riesgo de colapsar.
Llegando al primer cuarto del siglo XXI, la geopolítica de los alimentos se encuentra en un momento de gran aceleración y creciente magnitud, influenciada por ocho drivers interrelacionados, que están redefiniendo el panorama global de la producción, distribución y consumo de alimentos. Estos vectores principales, que emergen como fuerzas motrices en el escenario mundial, son: 1) el impacto persistente del conflicto en Ucrania, que ha alterado significativamente los flujos comerciales de granos; 2) los efectos cada vez más pronunciados del cambio climático en la agricultura mundial; 3) las tensiones comerciales entre grandes potencias, que reconfiguran los mercados agrícolas; 4) la creciente brecha tecnológica en la agricultura entre países desarrollados y en desarrollo; 5) los esfuerzos renovados por alcanzar la seguridad alimentaria nacional en respuesta a disrupciones recientes en las cadenas globales de valor; 6) las políticas de biocombustibles, que continúan influyendo en la demanda de ciertos cultivos; 7) la persistente volatilidad en los precios de los alimentos, que afecta especialmente a las poblaciones más vulnerables, y 8) la concentración del mercado en la industria agrícola y alimentaria, que plantea desafíos para la competencia y la diversidad en el sector.
Estos vectores interactúan de manera compleja, y crean un panorama geopolítico de los alimentos que requiere un análisis cuidadoso y respuestas políticas matizadas a nivel local, nacional e internacional.
Los ocho vectores
1. Impacto del conflicto en Ucrania
El conflicto en Ucrania continúa siendo un factor determinante en la geopolítica alimentaria global. La interrupción de las exportaciones de granos de Ucrania y Rusia había provocado una reconfiguración de los flujos comerciales mundiales. En años anteriores, Klare (2001) [F3] ha explorado cómo los recursos, incluidos los alimentos, son cruciales para la seguridad nacional y cómo la competencia por estos recursos puede provocar conflictos internacionales. India y Australia aumentaron significativamente sus exportaciones de trigo para cubrir el déficit. India incrementó sus exportaciones en un 45 %, comparado con 2021. Fitch Solutions estima que la producción de trigo en India superará los 110 millones de toneladas, un récord histórico. A pesar de las restricciones a las exportaciones de trigo, maíz y azúcar, se espera que las exportaciones agrícolas de India también aumenten (2023). El incremento de los precios de los cereales tuvo un impacto significativo en los países en desarrollo. En el norte de África, Túnez y Marruecos, se produjeron protestas debido al aumento del costo de los alimentos básicos. En respuesta, estos Gobiernos implementaron subsidios alimentarios de emergencia, lo que a su vez estaba ejerciendo presión sobre sus presupuestos nacionales (Organisation for Economic Co-operation and Development, 2023). La situación también llevó a cambios en las políticas agrícolas de varios países. Por ejemplo, la Unión Europea (UE) había implementado medidas para aumentar su producción interna de cereales, incluyendo la flexibilización temporal de ciertas regulaciones ambientales. Esto había generado debates sobre el equilibrio entre la seguridad alimentaria y la sostenibilidad ambiental.
El impacto del conflicto en Ucrania ha tenido efectos significativos y multifacéticos para Argentina en el contexto de la geopolítica de los alimentos. Como uno de los principales exportadores mundiales de productos agrícolas, Argentina se ha encontrado en una posición única para responder a los cambios en los mercados globales, provocados por la disrupción de las exportaciones ucranianas y rusas. En primer lugar, la reducción de la oferta global de trigo y otros cereales debido al conflicto ha llevado a un aumento en los precios internacionales, que benefició a los exportadores argentinos. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (2023), Argentina aumentó sus exportaciones de trigo en un 25 % en comparación con los niveles preconflicto, aprovechando la demanda insatisfecha en mercados tradicionalmente abastecidos por Ucrania, como el norte de África y Oriente Medio. Este incremento en las exportaciones y en los ingresos constituyó una fuente importante de divisas para la economía argentina. Sin embargo, este aumento en las exportaciones generó desafíos internos. El Gobierno argentino implementó cuotas de exportación para el trigo y el maíz, lo que generó tensiones con el sector agrícola. Estas medidas buscaban contener la inflación alimentaria doméstica, que ―en el contexto de una inflación sin control― multiplicó el impacto de la presión alcista de los precios internacionales.
Además, el aumento de los precios de los fertilizantes, en parte debido a las sanciones contra Rusia (un importante productor de este bien), incrementó los costos de producción para los agricultores argentinos. Esto ha generado un debate sobre la necesidad de desarrollar una industria nacional de fertilizantes para reducir la dependencia de las importaciones. La geopolítica de los alimentos está estrechamente vinculada a los debates sobre el autoabastecimiento como medida de seguridad nacional, ya que la capacidad de un país para producir sus propios alimentos es fundamental para su estabilidad y su soberanía. En un mundo cada vez más interconectado y vulnerable a las fluctuaciones del mercado internacional y los conflictos políticos, asegurar un suministro constante y suficiente de alimentos se convierte en una prioridad estratégica. El argumento proteccionista aduce que, además de garantizar la seguridad alimentaria interna, la autosuficiencia podría aumentar la influencia en la geopolítica global de los alimentos. En este sentido, Baldwin (1985) ha explorado cómo los Estados utilizan las políticas económicas, incluidas las agrícolas, como herramientas de poder para garantizar su seguridad y estabilidad. La capacidad de autoabastecimiento no solo constituye una cuestión de bienestar económico, sino también un componente esencial de la seguridad nacional. El autoabastecimiento reduce la dependencia de importaciones, que pueden estar sujetas a restricciones comerciales o variaciones en los precios globales, y también fortalece la resiliencia ante posibles crisis alimentarias.
2. Cambio climático
Los eventos climáticos extremos han tenido un impacto significativo en la agricultura global en los últimos años, y han causado pérdidas millonarias y han afectado la producción de alimentos en todo el mundo. La sequía prolongada en el Cuerno de África (2022-2024) afectó a países como Etiopía, Kenia y Somalia, con pérdidas estimadas en más de USD 5 mil millones en producción agrícola (United Nations World Food Programme, 2023), que aumentaron la inestabilidad regional, provocaron migraciones masivas y generaron una mayor dependencia de la ayuda alimentaria internacional. Los países donantes cobraron mayor influencia en la región y se dispararon las tensiones sobre el control de los recursos hídricos. En 2022, las inundaciones masivas que afectaron la producción de arroz en Tailandia, Vietnam y Camboya provocaron pérdidas por más de USD 8 mil millones (World Meteorological Organization, 2023). China aumentó su influencia en la región al proporcionar ayuda y tecnología agrícola a los países afectados. La ola de calor de 2023 en Europa recortó la producción de trigo y otros cereales, con lo que se redujo la capacidad exportadora de la UE, y llevó a una mayor dependencia de las importaciones de granos de Rusia y Ucrania. Esto complicó las relaciones geopolíticas en el contexto del conflicto en curso. Las heladas en Brasil el mismo año redujeron la producción de café y cítricos, lo que causó un aumento global en los precios del café. Brasil, en respuesta, ajustó sus alineamientos diplomáticos para fortalecer sus relaciones con otros productores y estabilizar el mercado. La sequía en Argentina afectó severamente la producción de soja y maíz, con pérdidas estimadas en más de USD 7 mil millones (Ministerio de Agricultura Argentina, 2023). La sequía en el Medio Oeste de Estados Unidos de 2023-2024 afectó en gran manera la producción de maíz y soja, por lo que se fortaleció la posición de competidores como Brasil y Argentina en el mercado global. Esto llevó a un reajuste de las relaciones comerciales de ambos países, especialmente con China.
De acuerdo con el informe “La voz de los productores” (Bayer, 2024), el 71 % de los productores agropecuarios afirma que el cambio climático ya tiene un gran impacto en sus campos, y que se están preparando para el impacto que esto tendrá en el futuro. El 73 % de los agricultores de campos chicos y grandes de Australia, Brasil, China, Alemania, India, Kenia, Ucrania y los Estados Unidos aduce haber experimentado un aumento en la presión de plagas y enfermedades, y estima que sus ingresos se han reducido en un 15,7 % debido al cambio climático en los últimos dos años. Uno de cada seis productores identifica pérdidas de ingresos de más del 25 % durante este período.
El aumento de la volatilidad en los mercados alimentarios globales está llevando a algunos países a implementar restricciones a las exportaciones, mientras que otros buscan diversificar sus fuentes de importación. Este contexto impulsa un mayor énfasis en la seguridad alimentaria nacional, con muchos países invirtiendo en la producción doméstica y en reservas estratégicas de alimentos. Además, se intensifica la competencia por los recursos naturales, especialmente agua y tierra cultivable, y el aumento de las migraciones relacionadas con el clima genera tensiones políticas tanto en los países de origen como en los de destino. Este escenario también incrementa la presión para la acción internacional sobre el cambio climático, con los países más afectados demandando mayor apoyo y compensación por parte de los grandes emisores de gases de efecto invernadero. Como resultado, se observan cambios en las alianzas geopolíticas, con países que buscan nuevos socios comerciales y de cooperación en respuesta a los cambios en la producción y el comercio de alimentos.
El cambio climático está teniendo un impacto significativo en la agricultura argentina, con ramificaciones importantes para la producción alimentaria del país y su papel en la geopolítica global de los alimentos. Los patrones climáticos cambiantes están alterando las zonas agrícolas tradicionales de Argentina. La región pampeana ha experimentado un aumento en las precipitaciones anuales de aproximadamente un 10 % en el período 2003-2023 (Servicio Meteorológico Nacional, 2024). Esto ha permitido la expansión de la frontera agrícola hacia el oeste, tradicionalmente más seco. La provincia de San Luis ha visto un aumento del 30 % en su área cultivada desde 2010, principalmente con soja y maíz. Sin embargo, este cambio también ha traído consigo problemas de erosión del suelo y mayor riesgo de inundaciones en algunas áreas. Las regiones del norte de Argentina están experimentando sequías más frecuentes e intensas. En la campaña agrícola 2022/2023, la producción de soja en las provincias del norte se redujo en un 40 % debido a una sequía severa que afectó significativamente las exportaciones del país (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria [INTA], 2023). Esto ha llevado a inversiones en sistemas de riego más eficientes y a la investigación de variedades de cultivos más resistentes a la sequía. El INTA ha desarrollado variedades de soja que pueden tolerar recibir hasta un 20 % menos de agua sin una reducción significativa en el rendimiento (INTA, 2023). El aumento de las temperaturas también está afectando los ciclos de cultivo. Por ejemplo, en la región vitivinícola de Mendoza, la vendimia se ha adelantado en promedio dos semanas en los últimos treinta años. Esto ha llevado a cambios en las prácticas de manejo de viñedos y ha abierto oportunidades para nuevas variedades de uva, pero también ha planteado desafíos en términos de la calidad y el carácter tradicional de los vinos argentinos.
La variabilidad climática ha aumentado la incertidumbre en la producción agrícola argentina. Los eventos climáticos extremos, como granizadas intensas u olas de calor prolongadas, son más frecuentes y han llevado a una mayor adopción de seguros agrícolas. Se estima que para 2023 el 60 % de la superficie cultivada en Argentina contaba con algún tipo de seguro climático, frente al 40 % en 2015 (INTA, 2023). El cambio climático también está afectando la distribución de plagas y enfermedades en los cultivos. La expansión de la zona tropical ha llevado a que plagas tradicionalmente limitadas al norte del país, como la mosca blanca, ahora afecten cultivos en regiones más al sur. En respuesta a estos desafíos, Argentina ha intensificado sus esfuerzos en investigación agrícola y adaptación al cambio climático. A nivel geopolítico mundial, estos cambios están afectando el papel de Argentina en los mercados agrícolas globales. La mayor variabilidad en la producción ha llevado a fluctuaciones en la oferta de exportaciones argentinas, lo que a su vez contribuye a la volatilidad de los precios internacionales de alimentos. Esto ha reforzado la importancia estratégica de Argentina en la seguridad alimentaria global y ha llevado al país a participar más activamente en foros internacionales sobre cambio climático y agricultura.
3. Rivalidad comercial entre las potencias
Las tensiones comerciales globales, especialmente entre los grandes poderes, como Estados Unidos y China, han tenido un impacto significativo en Argentina, un país cuya economía depende en gran medida de las exportaciones agrícolas. Este escenario ha creado tanto desafíos como oportunidades para el sector del agro argentino y ha influido en su posición en la geopolítica alimentaria global.
La disputa comercial entre Estados Unidos y China ha beneficiado a Argentina en ciertos aspectos. Cuando China impuso aranceles a la soja estadounidense en 2018, Argentina vio una oportunidad para aumentar sus exportaciones de soja y derivados al mercado chino. Para 2023, las exportaciones argentinas de soja a China habían aumentado en un 40 %, comparado con los niveles preconflicto. Esto incrementó los ingresos por exportaciones y fortaleció las relaciones comerciales entre ambos países. El aumento en la demanda china también ha tenido efectos secundarios. La presión por producir más soja ha llevado a una expansión de la frontera agrícola, con implicaciones ambientales significativas. Se estima que, entre 2018 y 2023, el área dedicada al cultivo de soja en Argentina aumentó en un 15 % (INTA, 2023), principalmente a expensas de pastizales y bosques nativos. Esto ha generado debates internos sobre la sostenibilidad de las prácticas agrícolas y ha llevado a la implementación de nuevas regulaciones para proteger los ecosistemas naturales.
Las tensiones comerciales internacionales han generado una mayor volatilidad en los mercados agrícolas globales, lo que afecta directamente a Argentina. Los cambios repentinos en las políticas comerciales de las grandes potencias pueden causar fluctuaciones significativas en los precios de los commodities agrícolas. Por ejemplo, cuando Estados Unidos anunció subsidios adicionales para sus agricultores en 2022, los precios globales del maíz cayeron un 8 % (Foreign Agricultural Service, 2024) en cuestión de semanas, lo que afectó negativamente a los exportadores argentinos.
Esta volatilidad ha llevado a Argentina a buscar una mayor diversificación de sus mercados de exportación. El país ha intensificado sus esfuerzos diplomáticos y comerciales para abrir nuevos mercados en Asia, África y Oriente Medio. En 2023, firmó acuerdos comerciales con varios países del sudeste asiático, lo que resultó en un aumento del 25 % en las exportaciones de trigo y carne a esta región. El Acuerdo de Libre Comercio Mercosur-Singapur (MCSFTA), firmado en diciembre de 2023, profundizó la integración económica entre Singapur y los Estados miembros del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), lo que facilitó mayores flujos comerciales y redujo las tarifas arancelarias. Las negociaciones con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) han contribuido al aumento del 25 % en las exportaciones de trigo y carne a dicha región en 2023 (Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto [MRECIC], s.f.). De acuerdo con el informe “Intercambio comercial argentino” (INDEC, 2024a), las exportaciones a India, Vietnam y Malasia superaron los USD 330, USD 220 y USD 120 millones, respectivamente. La denominada “guerra comercial” ha afectado el acceso de Argentina a insumos agrícolas clave. Las disrupciones en las cadenas de suministro globales y las políticas proteccionistas han llevado a un aumento en los precios de fertilizantes y maquinaria agrícola importada. En respuesta, el Gobierno argentino ha implementado políticas para fomentar la producción nacional de estos insumos. Por ejemplo, se han otorgado incentivos fiscales para la producción local de fertilizantes, lo que ha resultado en un aumento del 30 % en la capacidad de producción nacional entre 2021 y 2023.
Con la intensificación de la competencia en los mercados agrícolas globales, Argentina se ha encontrado compitiendo directamente con otros grandes exportadores agrícolas, como Brasil y Rusia, por cuotas de mercado en países importadores clave. En este contexto, la política comercial de Argentina ha adoptado, durante los primeros meses de la administración Milei, una postura de fuerte defensa del libre comercio en foros internacionales, argumentando que las barreras comerciales y las políticas proteccionistas perjudican a los países en desarrollo y amenazan la seguridad alimentaria global. Argentina ha sido particularmente vocal en la OMC, abogando por reformas en las reglas del comercio agrícola global. La política exterior argentina ha reconsiderado sus alianzas estratégicas. Mientras mantiene fuertes lazos comerciales con China, el país también ha buscado fortalecer sus relaciones con la UE y otros bloques comerciales. En 2023, Argentina jugó un papel clave en la renegociación del acuerdo Mercosur-UE al buscar mejores condiciones para las exportaciones agrícolas sudamericanas.
4. La brecha tecnológica
La creciente brecha tecnológica en la agricultura entre países desarrollados y países emergentes tiene un impacto significativo en el poder nacional de estos últimos. Los países emergentes con tecnología agrícola limitada pueden enfrentar dificultades para alcanzar la autosuficiencia alimentaria, lo que los hace más dependientes de las importaciones, a la vez que más vulnerables a las fluctuaciones del mercado global y las políticas de exportación de otros países, lo que afecta su seguridad alimentaria y su poder nacional.
Además, la falta de tecnología avanzada puede restringir la capacidad para mejorar la productividad agrícola y los ingresos al limitar el crecimiento económico y la capacidad de inversión en otros sectores, lo que impacta negativamente en la influencia económica global del mundo emergente. En el ámbito geopolítico, la brecha tecnológica puede reducir la capacidad de los países emergentes para negociar desde una posición de fortaleza en acuerdos internacionales, con lo que se vuelven más dependientes de los países desarrollados. También, las desigualdades económicas y sociales exacerbadas por la brecha tecnológica pueden generar tensiones internas y desestabilizar la gobernabilidad. Finalmente, la falta de acceso a tecnologías avanzadas limita la capacidad de innovación y competitividad de los países emergentes, lo que reduce su capacidad para diversificar sus economías y ejercer influencia en el comercio internacional. En conjunto, esta brecha tecnológica puede hacer que los países emergentes sean más vulnerables a desafíos externos y menos capaces de aprovechar oportunidades globales.
Esta brecha tecnológica en la agricultura está teniendo un impacto significativo en Argentina, un país que históricamente ha sido un importante productor y exportador agrícola. Esta situación presenta tanto desafíos como oportunidades para el sector agrícola argentino, al influir en su competitividad global y en su papel en la geopolítica de los alimentos. Debemos considerar que la Argentina se encuentra en una posición intermedia en términos de adopción tecnológica agrícola. Mientras que el país ha logrado avances significativos en algunas áreas, aún enfrenta desafíos para mantenerse al día con las naciones más avanzadas tecnológicamente. Por ejemplo, para 2023, aproximadamente el 60 % de las grandes explotaciones agrícolas en la región pampeana utilizaba algún tipo de tecnología de agricultura de precisión, como sistemas de guía GPS para tractores o monitoreo de rendimiento. Sin embargo, esta cifra bajaba al 20 % en el caso de los pequeños y medianos productores (INDEC, 2024b). Esta disparidad en la adopción tecnológica dentro del país ha llevado a una creciente brecha de productividad entre los grandes productores y los pequeños agricultores. Los grandes productores, con mayor acceso a capital y tecnología, han logrado aumentar sus rendimientos en cultivos como la soja y el maíz en un 25 % en la última década, mientras que los pequeños productores han visto aumentos de solo un 10 % en el mismo período (INDEC, 2024b).
Para abordar esta brecha, Argentina, en colaboración con instituciones gubernamentales como el INTA, ha implementado programas de capacitación y financiamiento para facilitar el acceso de los pequeños y medianos productores a las nuevas tecnologías. Asimismo, se han realizado inversiones significativas en biotecnología agrícola. El país es el tercer productor mundial de cultivos genéticamente modificados, después de Estados Unidos y Brasil. En 2023 se aprobó comercialmente una variedad de trigo resistente a la sequía desarrollada por científicos argentinos, lo que podría tener un impacto significativo en la producción de trigo en regiones áridas. Sin embargo, la dependencia de tecnologías propietarias desarrolladas por grandes multinacionales sigue siendo un desafío. Los costos de licencias para semillas genéticamente modificadas y de software de agricultura de precisión representan una parte significativa de los costos de producción para muchos agricultores argentinos.
En el ámbito de la automatización y la robótica, Argentina está rezagada respecto a países como Estados Unidos o Japón. Mientras que en estos el uso de robots para tareas como la cosecha de frutas se está volviendo común, en Argentina estas tecnologías aún están en fase experimental. Sin embargo, el país está realizando avances en el desarrollo de drones para el monitoreo de cultivos y aplicación de pesticidas. Se estima que el uso de drones en la agricultura argentina aumentó en un 150 % entre 2020 y 2023 (INDEC, 2024b). También se ha visto un crecimiento significativo en el uso de plataformas de gestión agrícola basadas en la nube. Estas permiten a los agricultores optimizar sus operaciones y tomar decisiones basadas en datos. Sin embargo, la adopción de estas tecnologías se ve limitada en algunas regiones por la falta de conectividad a internet de alta velocidad en áreas rurales.
Por lo mencionado, esta brecha tecnológica está afectando la competitividad de Argentina en los mercados agrícolas globales. Mientras que el país sigue siendo un importante exportador, se enfrenta a una competencia cada vez más fuerte de países que han adoptado tecnologías avanzadas más rápidamente. A pesar de esto, Argentina ha encontrado nichos donde su nivel tecnológico intermedio le da ventajas competitivas. Por ejemplo, el país se ha posicionado como un proveedor importante de tecnologías agrícolas adaptadas a las condiciones de otros países en desarrollo, especialmente en América Latina y África. Empresas argentinas de maquinaria agrícola y software para su gestión han expandido su presencia en estos mercados. La capacidad de Argentina para navegar esta brecha tecnológica será crucial para mantener y potenciar su papel en la geopolítica alimentaria global en los próximos años.
5. El ascenso de la seguridad alimentaria
La búsqueda de la seguridad alimentaria se ha convertido en una prioridad global, especialmente tras las disrupciones causadas por la pandemia de COVID-19 y los conflictos internacionales recientes. Para Argentina, un país tradicionalmente conocido como el “granero del mundo”, esta tendencia tiene implicaciones significativas y multifacéticas.
En primer lugar, la creciente preocupación global por la seguridad alimentaria ha reforzado la posición estratégica de Argentina como un importante productor y exportador de alimentos. El país ha visto un aumento en la demanda de sus productos agrícolas, especialmente de granos y carne, por parte de países que buscan diversificar sus fuentes de importación de alimentos. Por ejemplo, en 2023, las exportaciones de trigo argentino a países del sudeste asiático aumentaron en un 30 % respecto al año anterior (INDEC, 2024a), ya que estos países buscaban reducir su dependencia de proveedores tradicionales. Sin embargo, esta mayor demanda internacional ha generado tensiones internas en Argentina. En 2022 se implementaron cuotas de exportación para ciertos productos básicos, como el trigo y la carne vacuna, lo que generó controversia con el sector agrícola.
La preocupación por la seguridad alimentaria también ha llevado a Argentina a reexaminar sus propias políticas agrícolas y alimentarias. A pesar de ser un importante exportador de alimentos, el país enfrenta desafíos en términos de acceso a alimentos nutritivos para algunos sectores de su población. En el ámbito de la tecnología, la búsqueda de la seguridad alimentaria ha impulsado inversiones en investigación y desarrollo agrícola. El INTA ha intensificado sus esfuerzos en el desarrollo de variedades de cultivos más resistentes a sequías y enfermedades. En 2023 se lanzó una nueva variedad de soja que puede tolerar períodos de sequía un 25 % más largos que las variedades convencionales (INTA, 2023), lo que podría aumentar significativamente la resiliencia de la producción agrícola argentina frente al cambio climático.
La tendencia global hacia la seguridad alimentaria también ha influido en las relaciones internacionales de Argentina. El país ha fortalecido sus lazos diplomáticos y comerciales con naciones que buscan garantizar su suministro de alimentos. En 2022 Argentina firmó un acuerdo estratégico con Arabia Saudita para el desarrollo conjunto de proyectos agrícolas, que incluye la transferencia de tecnología agrícola argentina a cambio de inversiones en infraestructura logística en el reino saudí. Desde hace años, Argentina ha buscado posicionarse como un líder en discusiones internacionales sobre seguridad alimentaria (MRECIC, 2021). En este sentido, ha sido vocal en foros como la FAO y el G20, y ha abogado por un comercio agrícola más libre y por la necesidad de inversiones globales en la producción sostenible de alimentos. En 2023, fue anfitrión de una conferencia internacional sobre “Innovación para la Seguridad Alimentaria Global”, que reunió a expertos y políticos de más de cincuenta países.
La preocupación por la seguridad alimentaria también ha llevado a cambios en los patrones de producción agrícola en Argentina. Mientras que históricamente el país se ha centrado en la producción de commodities, como soja, trigo y maíz, hay un creciente interés en diversificar la producción hacia cultivos de alto valor nutricional. Por ejemplo, la producción de legumbres, como lentejas y garbanzos, aumentó en un 40 % entre 2020 y 2023 (Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, 2023), impulsada en parte por la creciente demanda global de fuentes de proteína vegetal. En el ámbito de la sustentabilidad, la búsqueda de la seguridad alimentaria ha llevado a un mayor escrutinio de las prácticas agrícolas. Hay una creciente presión, tanto interna como de los mercados internacionales, para adoptar prácticas más sostenibles que garanticen la producción a largo plazo. En respuesta, se ha visto un aumento en la adopción de prácticas como la siembra directa y la rotación de cultivos. Para 2023, se estimaba que el 70 % de la superficie agrícola del país utilizaba algún tipo de práctica de agricultura regenerativa (Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, 2023). La seguridad alimentaria también ha impulsado inversiones en la infraestructura logística y de almacenamiento. Al reconocer que la seguridad alimentaria no solo depende de la producción, sino también de la capacidad de almacenar y distribuir alimentos eficientemente, se han realizado importantes inversiones en silos y sistemas de transporte.
Un proyecto emblemático es la modernización del puerto de Rosario, principal punto de salida para las exportaciones agrícolas, que aumentará su capacidad de manejo en un 30 % para 2025. Por último, la tendencia hacia la seguridad alimentaria ha llevado a un renovado interés en la agricultura urbana y periurbana en Argentina. Varias ciudades grandes, incluyendo Buenos Aires y Córdoba, han implementado programas de huertas urbanas y mercados de agricultores locales. Estos programas buscan aumentar la resiliencia alimentaria de las áreas urbanas y reducir la dependencia de largas cadenas de suministro.
6. Los biocombustibles
Las políticas de biocombustibles han tenido un impacto significativo en el sector agrícola y energético de Argentina al influir en los patrones de producción, el uso de la tierra y las dinámicas del mercado tanto a nivel nacional como internacional. Este vector de la geopolítica de los alimentos ha creado tanto oportunidades como desafíos para el país. Argentina ha sido un participante activo en el mercado global de biocombustibles, principalmente a través de la producción de biodiésel a partir de soja. El país implementó una política de mezcla obligatoria de biodiésel en el diésel convencional en 2010, que para 2023 alcanzaba el 10 % (Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina, 2023). Esta política ha creado un mercado interno estable para el biodiésel al impulsar el desarrollo de una industria nacional de biocombustibles, que ha experimentado un crecimiento significativo. Entre 2010 y 2023, la capacidad de producción de biodiésel del país aumentó en un 150 %, y alcanzó los 4,5 millones de toneladas anuales (Secretaría de Energía de Argentina, 2024). Este crecimiento ha posicionado a Argentina como uno de los principales exportadores mundiales de este combustible, especialmente a mercados como la UE y Estados Unidos.
El aumento de la demanda de soja para biodiésel ha contribuido a la expansión de la frontera agrícola, particularmente en regiones sensibles, como el Gran Chaco. Se estima que entre 2010 y 2023, el área dedicada al cultivo de soja en Argentina aumentó en un 20 %, en parte debido a la demanda de biocombustibles (Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina, 2023). Esto ha generado preocupaciones ambientales y debates sobre la sostenibilidad de la producción de biocombustibles. Las políticas de biocombustibles también han tenido un impacto en los precios de los alimentos. El aumento de la demanda de soja para biodiésel ha contribuido a elevar los precios de este commodity, lo que a su vez ha afectado los costos de producción en la industria ganadera, donde la soja es un componente importante del alimento para el ganado. Esto ha dado lugar a debates sobre el equilibrio entre la producción de alimentos y la producción de energía.
En el ámbito internacional, las políticas de biocombustibles de otros países han afectado significativamente las exportaciones argentinas. Por ejemplo, las tarifas antidumping impuestas por la UE al biodiésel argentino en 2013 llevaron a una caída drástica de las exportaciones a ese mercado. Aunque estas tarifas fueron posteriormente revocadas, el episodio ilustra la vulnerabilidad de la industria argentina de biocombustibles a las políticas comerciales internacionales. Para diversificar su industria de biocombustibles y reducir la dependencia de la soja, Argentina ha invertido en el desarrollo de biocombustibles de segunda generación. En 2022, se inauguró la primera planta a escala comercial de etanol celulósico en el país, que utiliza residuos agrícolas como materia prima. Esta tecnología promete reducir la competencia entre la producción de alimentos y la de biocombustibles.
Estas políticas de biocombustibles también han tenido un impacto en el sector energético argentino. La producción de biodiésel ha contribuido a reducir la dependencia del país de las importaciones de diésel al mejorar su balance comercial energético. Se estima que en 2023 el uso de biodiésel permitió a Argentina reducir sus importaciones de diésel en aproximadamente un 15 % (Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina, 2023; Secretaría de Energía de Argentina, 2024). En el ámbito de la investigación y el desarrollo, las políticas de biocombustibles han estimulado la innovación en el sector agrícola y energético argentino. Universidades y centros de investigación han recibido fondos para desarrollar nuevas tecnologías de producción de biocombustibles y para mejorar la eficiencia de los cultivos energéticos. Por ejemplo, en 2023 se anunció el desarrollo de una nueva variedad de soja con un contenido de aceite un 10 % superior, específicamente diseñada para la producción de biodiésel (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, 2023).
La industria de biocombustibles también ha tenido un impacto significativo en las economías regionales de Argentina. Provincias como Santa Fe y Córdoba, que albergan la mayoría de las plantas de producción de biodiésel, han visto un aumento en el empleo y la actividad económica relacionada con esta industria. Se estima que, en 2023, la industria de biocombustibles generó directa e indirectamente más de 100.000 empleos en el país (Bolsa de Comercio de Rosario, 2023). La dependencia de algunas regiones de la industria de biocombustibles también ha creado vulnerabilidades. Fluctuaciones en los mercados internacionales o cambios en las políticas de biocombustibles pueden tener un impacto significativo en estas economías locales. Esto ha llevado a debates sobre la necesidad de diversificar las economías regionales para reducir su dependencia de una sola industria. Las políticas de biocombustibles también han influido en las relaciones diplomáticas de Argentina. El país ha buscado activamente mercados para sus exportaciones de biodiésel y ha participado en negociaciones internacionales sobre estándares de sostenibilidad para los biocombustibles. Asimismo, ha planteado en foros internacionales que sus biocombustibles cumplen con criterios de sostenibilidad y no compiten directamente con la producción de alimentos.
El país está explorando el potencial de nuevas fuentes de biocombustibles. Se están realizando investigaciones sobre el uso de algas para la producción de este producto, una tecnología que promete altos rendimientos sin competir con la producción de alimentos. También se están considerando políticas para promover su uso en sectores como la aviación, siguiendo tendencias globales hacia combustibles de avión sostenibles. Este vector, entonces, plantea al país un doble desafío, ya que lo inserta directamente en la geopolítica global de los alimentos y de la energía.
7. La volatilidad de los precios internacionales
Desde el año 2000, la inversión en fondos indexados de commodities se ha incrementado cincuenta veces en dólares (Baffes y Naggle, 2024). El número de contratos de futuros de commodities en circulación se quintuplicó entre 2004 y 2022 (International Monetary Fund, 2024). Sus precios se desplomaron junto con las acciones tras la crisis financiera de 2008-2009 y se movieron de manera muy ajustada con el mercado de valores durante los años que siguieron, proporcionando poca diversificación. Los commodities comenzaron a moverse más estrechamente en línea con otras clases de activos. Los inversores globales que buscaban refugios seguros para sus carteras ante la depreciación del dólar convirtieron a los commodities en una clase de activos (Chicago Board of Trade, 2024; Intercontinental Exchange, 2024). La correlación entre commodities y acciones ―que antes era negativa― se volvió fuertemente positiva. Las inversiones en futuros de productos agrícolas y otros derivados impulsaron los precios de los alimentos a nuevas alturas (Ghosh, 2010).
La financiarización de los mercados de materias primas se refuerza a sí misma: a medida que se crean nuevos productos de inversión derivados de alimentos, surgen oportunidades especulativas en los mercados de granos, aceites comestibles y ganado. Los precios de los commodities alimentarios aumentan. Más dinero fluye hacia el sector, y sigue una nueva ronda de aumentos de precios. Aunque la inflación alimentaria y la volatilidad han aumentado junto con la especulación en commodities, no hay evidencia concluyente del impacto de las finanzas como motor de los desarrollos de precios. El Informe 2009 de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (United Nations Conference on Trade and Development, 2009) afirmó que los índices “pueden influir significativamente en los precios y crear burbujas especulativas, con efectos extremadamente perjudiciales para las actividades comerciales normales y la eficiencia del mercado”, algo respaldado por la investigación realizada por Tang y Xiong (2010)[F4] , quienes encontraron que la financiarización hizo que commodities ostensiblemente diferentes, como granos y petróleo, se correlacionaran más estrechamente después de 2004, y relacionaron la tendencia con grandes entradas de capital de inversión en valores indexados de commodities durante este período.
Entre 2007 y principios de los años 2020, los mercados mundiales experimentaron una serie de fluctuaciones dramáticas en los precios de los productos básicos. Los precios de los alimentos alcanzaron sus niveles más altos en treinta años durante el verano de 2008, para luego colapsar en el invierno siguiente y volver a subir rápidamente en los meses posteriores (World Bank, 2023). Sin embargo, la FAO (2024) espera que los precios de la mayoría de las categorías de alimentos cambien a un ritmo inferior a su promedio histórico de los últimos veinte años. Los fenómenos climatológicos extremos, acentuados por el cambio climático, están causando mayor volatilidad en los rendimientos de los cereales, lo que impacta en la oferta y los precios a nivel mundial. Los rendimientos del trigo y del maíz son particularmente volátiles en algunos grandes países exportadores, como Rusia, Ucrania, Brasil y Argentina, en comparación con Canadá, Estados Unidos y la UE.
La volatilidad de los precios de los alimentos ha sido un factor crucial en la geopolítica alimentaria global, y Argentina, como uno de los principales productores y exportadores de alimentos del mundo, se ha visto significativamente afectada por esta tendencia. Esto ha llevado a cambios en las prácticas financieras del sector agrícola argentino. Se ha visto un aumento en el uso de instrumentos de cobertura financiera, como los contratos de futuros y opciones, para protegerse contra las fluctuaciones de precios. El volumen de contratos de futuros agrícolas negociados en el Mercado a Término de Buenos Aires aumentó en un 80 % entre 2020 y 2023 (United Nations Conference on Trade and Development, 2024). Como gran exportador de commodities agrícolas, especialmente soja, maíz y trigo, los ingresos por exportaciones del país fluctúan considerablemente con los precios globales. Por ejemplo, en 2022, cuando los precios del trigo alcanzaron máximos históricos debido a la guerra en Ucrania, las exportaciones argentinas de dicho cereal aumentaron en valor un 40 % respecto al año anterior (INDEC, 2023), a pesar de una menor producción debido a la sequía.
Esta volatilidad en los ingresos por exportaciones ha llevado a desafíos en la gestión macroeconómica del país y ha afectado variables como el tipo de cambio y las reservas internacionales. La volatilidad de los precios también ha afectado la inflación interna en Argentina. Siendo un país con una historia de alta inflación, los aumentos en los precios internacionales de los alimentos se han traducido rápidamente en aumentos de precios domésticos. En 2023, por ejemplo, cuando los precios internacionales del trigo aumentaron un 25 % en pocos meses, el precio del pan en Argentina subió más de un 30 % (BCeR[F5] , 2023a), lo que afectó significativamente el costo de vida de la población. Aun teniendo en cuenta una gestión gubernamental inflacionaria de la macroeconomía, el impacto de esta volatilidad internacional no puede ser descartado.
La volatilidad de los precios también ha afectado la estructura del sector agrícola argentino. El peso relativo del componente financiero ha favorecido la concentración en el sector, ya que los productores más grandes y diversificados están mejor posicionados para manejar la volatilidad. Entre 2020 y 2023, la Bolsa de Cereales de Rosario estimó que el número de pequeños productores agrícolas en Argentina disminuyó en un 15 %, mientras que el tamaño promedio de las explotaciones agrícolas aumentó en un 10 % (Bcer[F6] , 2023b). Así, la volatilidad de los precios también ha afectado las decisiones de producción de los agricultores argentinos. La incertidumbre sobre los precios futuros ha llevado a muchos productores a adoptar estrategias más conservadoras, como diversificar cultivos o aumentar el almacenamiento en silos para esperar mejores precios. La FADA (2023) estimó que, entre 2020 y 2022, la capacidad de almacenamiento en silos o silobolsas en Argentina aumentó en un 20 %, en parte como respuesta a esta volatilidad.
En el plano de las relaciones internacionales, la volatilidad de los precios ha llevado a la Argentina a defender activamente en foros internacionales medidas para reducir la especulación en los mercados de commodities agrícolas. En la cumbre del G20 de 2023, Argentina propuso la creación de un mecanismo global de estabilización de precios de alimentos, aunque la propuesta no logró consenso.
8. La consolidación del mercado mundial
Durante décadas, cuatro empresas han dominado el comercio global de granos y controlan al menos el 70 % del mercado (PitchBook, 2018; World Bio Market Insights, 2023). Estas empresas son conocidas colectivamente como ABCD (Archer-Daniels-Midland Company, Bunge, Cargill y Louis Dreyfus). Aunque el reciente ascenso de las empresas comerciales de granos de Asia ha desafiado en algunos aspectos el dominio de las empresas ABCD en las primeras décadas del siglo XXI (Hall, 2020), las ABCD siguen siendo actores dominantes en el comercio de granos en la actualidad (Harvey, 2022). Cargill y Dreyfus siguen siendo compañías familiares controladas de manera estricta y, como tales, no están obligadas a informar públicamente sobre sus actividades o ganancias. Dado su poder dominante y su posición no transparente en el mercado, las ABCD ejercen un enorme poder en la configuración de los sistemas alimentarios: tienen la capacidad de influir en los precios que se pagan a los agricultores por sus granos, así como en los precios a los que venden a los consumidores, y distorsionan la formación de precios con sus prácticas especulativas en los mercados de futuros de materias primas (Murphy, Burch y Clapp, 2012; Clapp e Isakson, 2018).
No son solo las empresas comerciales de materias primas. También existe un pequeño grupo de empresas que ha dominado la industria de insumos agrícolas durante los últimos ciento cincuenta años. De manera similar, solo unas pocas grandes empresas dominan los sectores de fertilizantes, semillas y agroquímicos (Markham, 1958; Kloppenburg, 1988; IPES-Food y ETC Group, 2021). La consolidación en el sector ha continuado, desde entonces, con las recientes megafusiones en el sector de insumos. Bayer compró Monsanto, Dow y Dupont se fusionaron para convertirse en Corteva, Syngenta fue comprada por ChemChina y luego se fusionó con Sinochem, y Potash Corporation y Agrium se fusionaron en el nuevo gigante de fertilizantes Nutrien. Al igual que las empresas comerciales de granos, las empresas de insumos también se han vuelto cada vez más financieras, al ejercer una enorme influencia sobre la formación de precios de los insumos agrícolas, la dirección de las innovaciones y las políticas gubernamentales en este sector.
La concentración del mercado en la industria agroindustrial y alimentaria global ha tenido un impacto significativo en Argentina, un país cuya economía depende en gran medida del sector que analizamos. Este fenómeno ha generado tanto desafíos como oportunidades para el país, y ha influido en su producción, su posición en los mercados internacionales y sus políticas internas.
La concentración global del mercado ha afectado directamente a los productores agrícolas argentinos. Las grandes empresas multinacionales de agronegocios han aumentado su presencia en el país, controlando una parte cada vez mayor de la cadena su valor. Según el informe de Bolsa de Comercio de Rosario (BCR) “Ranking agroexportadores 2023: ¿Qué empresas ocupan el podio en Argentina?”, estas empresas controlan el 70 % de las exportaciones de soja de Argentina en 2023, en comparación con el 55 % en 2012 (BCR, 2024). Esta concentración ha generado preocupaciones sobre el poder de negociación de los productores locales frente a estas grandes corporaciones. La concentración también se ha manifestado en el sector de insumos de este sector. Las semillas genéticamente modificadas, los agroquímicos y la maquinaria agrícola están cada vez más dominados por un pequeño número de empresas multinacionales. En 2023, tres empresas controlaban más del 60 % del mercado de semillas de soja en Argentina, lo que ha llevado a debates sobre la dependencia tecnológica y el costo de los insumos para los agricultores argentinos (Foreign Agricultural Service, 2024)
La concentración del mercado también ha afectado la estructura de este tipo de producción en Argentina. Se ha observado una tendencia hacia explotaciones agrícolas más grandes y más tecnificadas, mejor posicionadas para negociar con las grandes corporaciones y acceder a tecnologías avanzadas. Para el Censo Nacional Agropecuario, el tamaño promedio de estas explotaciones en la región pampeana aumentó en un 25 %, mientras que el número total de explotaciones disminuyó en un 15 % (2018). Las grandes empresas de tecnología agrícola recopilan vastas cantidades de datos de las explotaciones a través de sensores, drones y maquinaria conectada. Esto ha generado preocupaciones sobre la privacidad de los datos y el control de la información estratégica. En 2023, el Gobierno argentino comenzó a desarrollar una legislación específica sobre la propiedad y el uso de los datos de este sector de la economía (Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina[F7] , 2023)
La concentración del mercado también ha influido en las exportaciones agrícolas argentinas. Las grandes empresas multinacionales, con su alcance global y su capacidad logística, han facilitado el acceso de los productos argentinos a mercados internacionales. Sin embargo, esto también ha llevado a una mayor integración vertical, donde estas empresas controlan desde la producción hasta la comercialización final, lo que puede reducir las oportunidades para empresas locales más pequeñas. Argentina ha buscado diversificar sus mercados de exportación y fortalecer sus propias empresas agroindustriales. El país ha intensificado sus esfuerzos diplomáticos y comerciales para abrir nuevos mercados, especialmente en Asia y en África. Además, se han implementado políticas para apoyar la internacionalización de empresas argentinas de agronegocios. Como resultado, entre 2020 y 2021, el número de empresas argentinas que exportan productos del campo aumentó en un 20 % (Organisation for Economic Co-operation and Development, 2022). En el ámbito de esta tecnología, la concentración del mercado ha planteado desafíos para Argentina en términos de acceso y control de datos. En el ámbito de la política comercial, la concentración del mercado ha influido en la posición de Argentina en las negociaciones comerciales internacionales. El país ha abogado por reglas más estrictas sobre competencia y concentración del mercado en acuerdos comerciales internacionales. En las negociaciones del Mercosur con la Unión Europea, Argentina presionó por la inclusión de cláusulas sobre prácticas anticompetitivas en el sector agrícola.


