Inserción de la Argentina en el mundo

Argentina como actor estratégico en seguridad alimentaria. El rol de la carne vacuna en su inserción internacional

Por Fátima De Mattia.

Argentina como actor estratégico en seguridad alimentaria. El rol de la carne vacuna en su inserción internacional

La seguridad alimentaria, entendida como el acceso regular a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos para una vida activa y saludable, se ha consolidado como una prioridad estratégica en la agenda internacional. En un contexto global signado por el crecimiento demográfico, el cambio climático, las disrupciones logísticas y las tensiones geopolíticas, garantizar alimentos seguros y sostenibles es hoy tanto un desafío técnico como un imperativo político.

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Introducción

La seguridad alimentaria, entendida como el acceso regular a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos para una vida activa y saludable, se ha consolidado como una prioridad estratégica en la agenda internacional. En un contexto global signado por el crecimiento demográfico, el cambio climático, las disrupciones logísticas y las tensiones geopolíticas, garantizar alimentos seguros y sostenibles es hoy tanto un desafío técnico como un imperativo político. Particularmente, la dimensión de la inocuidad alimentaria ha cobrado creciente relevancia como condición indispensable para proteger la salud pública, facilitar el comercio internacional y fortalecer sistemas agroalimentarios resilientes. La inocuidad alimentaria se concibe como la garantía de la ausencia de agentes (microorganismos, parásitos o toxinas) que puedan causar daños a la salud del consumidor. En caso de ausencia de inocuidad surgen las enfermedades transmitidas por alimentos (ETA). Las ETA representan un riesgo grave para grupos vulnerables como niños pequeños, adultos mayores, embarazadas e inmunodeprimidos. Cada año, 600 millones de personas se enferman por alimentos contaminados y mueren 420.000; el 40 % de estas muertes corresponde a menores de cinco años. Estas enfermedades también generan pérdidas económicas significativas: en países de ingresos bajos y medios, los costos en productividad y atención médica superan los USD 110.000 millones anuales, y afectan al comercio, al turismo y al desarrollo en general (Banco Mundial, 2018).

Es fundamental entender el rol de la carne vacuna; según el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), es el alimento que posee el más alto valor para la nutrición y salud humana:

Contiene la mayor parte de los nutrientes esenciales, proteínas de alto valor biológico, lípidos y principalmente micronutrientes, minerales y vitaminas, en cantidades adecuadas y en estructuras aprovechables por el organismo. La mayor función benéfica de la carne bovina fresca es a través del contenido de hierro biodisponible y zinc, siendo un alimento clave en la prevención de la anemia infantil y crucial para el correcto desarrollo del embarazo. Por otro lado, aporta selenio, posee una alta capacidad antioxidante y contiene CLA (ácido linoleico conjugado), conocido por sus propiedades anticancerígenas, por su contribución a la reducción del riesgo de enfermedad cardiovascular y control del peso corporal. Este compuesto está a mayores niveles en la carne de animales de la región alimentados sobre pasturas (CONICET, 2023).

En cuanto al consumo global, se han notado variaciones a lo largo de los años por problemas sanitarios y económicos (caída de ingresos, aumento de precios), pero se estima que el consumo de carne bovina global se ubica en el 25 % del consumo mundial de carnes.

Este carácter esencial implica una responsabilidad: asegurar su inocuidad no es solo una exigencia técnica, sino una condición para que la carne vacuna cumpla su rol como alimento seguro y confiable en los sistemas alimentarios globales.

En este escenario, Argentina posee condiciones objetivas para desempeñar un papel protagónico como proveedor confiable de alimentos de origen animal, en especial carne vacuna. Su modelo productivo, basado en sistemas pastoriles, prácticas sustentables y marcos regulatorios consolidados, le permite cumplir con los estándares más exigentes en materia de calidad, trazabilidad e inocuidad. A su vez, la articulación entre capacidades científicas, control sanitario y diplomacia alimentaria posiciona al país como un actor con legitimidad para incidir en los debates globales sobre comercio agroalimentario, desarrollo sostenible y gobernanza alimentaria.

Lejos de limitarse a la exportación de commodities, se sostiene que la inocuidad alimentaria, entendida como atributo sistémico y no meramente técnico, puede convertirse en una plataforma legítima para proyectar a Argentina en el plano regional y multilateral, contribuyendo a los desafíos globales de salud, nutrición y sostenibilidad.

El presente trabajo parte de la hipótesis de que la carne vacuna argentina, producida bajo estándares certificados, puede transformarse en un vector estratégico de inserción internacional, no solo por su peso económico, sino como instrumento de liderazgo normativo, de política exterior y de desarrollo científico.

A continuación, se desarrolla cómo se instrumenta la carne vacuna argentina en las tres dimensiones: liderazgo normativo, política exterior y desarrollo científico.

1. La carne vacuna como instrumento normativo

Para garantizar la inocuidad de los alimentos, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS)

desarrollaron el Codex Alimentarius, un conjunto de normas, directrices y códigos internacionales para armonizar los estándares alimentarios y facilitar el comercio internacional. Desde esta normativa, la inocuidad de los alimentos se concibe como el resultado de un conjunto integral de medidas preventivas aplicadas a lo largo de toda la cadena alimentaria, desde la producción primaria hasta el consumo final.

Aplicado a la carne argentina, las variables que garantizan la inocuidad de la carne según el Codex están contenidas en el Código de Prácticas de Higiene para la Carne (CXC 58-2005), complementado por los principios generales de higiene de los alimentos y las directrices del sistema Análisis de Peligros y Puntos Críticos de Control, por sus siglas en inglés (HACCP). La implementación de HACCP requiere, como condición previa, la existencia de buenas prácticas de higiene (BPH) y buenas prácticas de manufactura (BPM), que aseguren un entorno controlado y estandarizado para el procesamiento. Según el Codex Alimentarius, la inocuidad de la carne comienza con la inspección sanitaria de los animales antes (ante mortem) y después del sacrificio (post mortem), realizada por personal capacitado dentro de un sistema de control oficial. Se exige que los mataderos mantengan condiciones higiénicas estrictas, con separación de áreas limpias y sucias, instalaciones sanitarias adecuadas y personal debidamente higienizado. Durante la manipulación posterior, como el desposte, troceado y empaque, deben mantenerse condiciones microbiológicas seguras mediante el uso de agua potable, ambientes controlados y cadena de frío continua, desde el enfriamiento inicial hasta el transporte. Además, el Codex establece parámetros microbiológicos y límites máximos de residuos para evitar niveles peligrosos de patógenos, medicamentos veterinarios, hormonas o contaminantes ambientales. También define normas específicas sobre etiquetado, transporte y trazabilidad, permitiendo la identificación rápida del origen de cualquier riesgo y la retirada eficiente de productos contaminados del mercado en caso necesario.

En Argentina, desde el nacimiento del ternero, los productores están obligados a inscribirse en el Registro Nacional Sanitario de Productores Agropecuarios (RENSPA), administrado por el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), lo cual habilita la fiscalización sanitaria del establecimiento y permite su integración formal al sistema de trazabilidad nacional. La identificación individual o grupal del ganado se realiza mediante caravanas visuales o electrónicas y es un requisito normativo para el seguimiento del animal a lo largo de toda la cadena (resolución 257/2017). El control sanitario en esta etapa se basa en un calendario obligatorio de vacunaciones y tratamientos veterinarios, diseñado para prevenir enfermedades como la fiebre aftosa, la brucelosis y la tuberculosis, todas de relevancia sanitaria internacional. Además, los productores deben llevar registros detallados de los tratamientos veterinarios aplicados, particularmente en relación con el uso de antibióticos, antiparasitarios y otros fármacos que puedan dejar residuos en los tejidos animales. La normativa nacional establece límites máximos de residuos (LMR) para cada sustancia, en concordancia con los estándares del Codex Alimentarius, y define tiempos de retiro obligatorios antes del envío a faena (resolución SENASA559/2011). En este contexto, la aplicación de buenas prácticas ganaderas (BPG), promovidas por el INTA y organismos internacionales como la FAO, constituye una herramienta clave para fortalecer la bioseguridad, minimizar el uso innecesario de medicamentos y promover un manejo integral que priorice la salud animal como base de la inocuidad alimentaria.

De este modo, la sanidad del ganado en la etapa de cría no solo representa una condición esencial para la productividad, sino que constituye el primer eslabón del enfoque preventivo que sustenta la calidad higiénico-sanitaria de la carne vacuna argentina. Para luego pasar a la fase de recría, en la que el bovino desarrolla masa muscular y define parte de las características organolépticas de la carne, por ende, uno de los aspectos centrales en este punto es la vigilancia sobre los alimentos administrados al ganado. Por esto, SENASA regula estrictamente la fabricación, comercialización y uso de productos destinados a la alimentación animal, mediante registros obligatorios, controles de calidad y prohibiciones específicas sobre sustancias que puedan comprometer la inocuidad de los productos de origen animal (resolución SENASA 594/2015). Para garantizar la inocuidad, tanto los establecimientos de engorde como los proveedores de alimentos balanceados deben estar registrados y sometidos a auditorías periódicas que certifiquen la ausencia de contaminantes físicos, químicos o biológicos en los insumos utilizados.

La etapa de faena y procesamiento industrial también concentra extensos esfuerzos de control oficial, monitoreo higiénico y aplicación de sistemas preventivos que buscan garantizar la seguridad del producto final destinado al consumo interno o la exportación. Todas las plantas frigoríficas que realizan faena de animales para consumo humano deben estar habilitadas por el SENASA, conforme a requisitos estructurales, operativos y documentales específicos. La habilitación no solo acredita el cumplimiento de los estándares nacionales, sino también, cuando se trata de mercados internacionales exigentes, la adecuación a los requisitos del país importador, lo que implica auditorías in situ, seguimiento documental y validación de sistemas de inocuidad. Uno de los pilares del sistema de control en esta etapa es la implementación del HACCP, obligatorio para todas las plantas elaboradoras de productos de origen animal. Este enfoque, regulado en Argentina por la resolución SENASA 134/96, exige a los establecimientos identificar los peligros potenciales físicos, químicos y biológicos en cada fase del proceso, establecer puntos críticos de control y definir medidas preventivas, límites críticos, procedimientos de monitoreo, acciones correctivas y sistemas de verificación. El sistema HACCP se complementa con otros instrumentos de control como los procedimientos operativos estandarizados de saneamiento (POES), la documentación de trazabilidad, el control de residuos y contaminantes, y la inspección sanitaria oficial permanente por parte de veterinarios del SENASA.

Es así que el cumplimiento normativo de la producción argentina no se realiza únicamente sobre el animal, por eso la habilitación sanitaria otorgada por SENASA es un requisito excluyente para la exportación de productos de origen animal. Este proceso garantiza que los establecimientos exportadores cumplen estrictamente con estándares internacionales, como los establecidos por la Unión Europea, Estados Unidos, China y Japón. La validación de los protocolos de inocuidad y calidad a través de auditorías periódicas y el seguimiento continuo del sistema de trazabilidad permiten que la carne argentina mantenga su reconocimiento y competitividad en los mercados globales. Las certificaciones internacionales representan un respaldo fundamental para la carne argentina, facilitando su inserción en mercados de alto valor donde los consumidores demandan garantías de seguridad alimentaria, trazabilidad y sostenibilidad. Entre las principales certificaciones, se encuentran las relacionadas con las normas ISO (Organización Internacional de Normalización), así como los estándares del Codex Alimentarius, la certificación GlobalGAP y las exigencias específicas de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países importadores. Las auditorías y evaluaciones realizadas por organismos internacionales, como el USDA y la Unión Europea, constituyen un respaldo externo que valida la eficacia de los sistemas de inocuidad implementados en Argentina. A mayo de 2025, Argentina cuenta con más de 600 establecimientos cárnicos habilitados por SENASA bajo tránsito federal, de los cuales 353 se dedican a la faena del ganado bovino. Estos establecimientos realizaron el 77,2 % de la faena total en ese período, lo que refleja su papel central en la cadena cárnica nacional.

De esta manera la convergencia entre las normas del Codex, la acción del SENASA y las buenas prácticas ganaderas configura un sistema regulatorio robusto que sustenta la presencia argentina en los mercados y foros internacionales, posicionando a la carne vacuna como símbolo de confianza, calidad y compromiso con la seguridad alimentaria global. Esto sustenta la base sobre la cual la carne vacuna argentina se proyecta como instrumento de diplomacia agroalimentaria en el escenario internacional.

2. La carne vacuna como instrumento de diplomacia

La carne vacuna no se consolida únicamente como un producto comercial de calidad, sino que se convierte en un recurso estratégico de política exterior. La prevención de los riesgos de las ETA requiere colaboración entre Gobiernos, productores y consumidores. De esta manera, la inocuidad alimentaria no es un atributo aislado, sino el resultado de sistemas robustos de control sanitario, trazabilidad tecnológica y prácticas industriales responsables, que, de ser cumplidos correctamente, transforman a la carne en un vector diplomático capaz de fortalecer vínculos bilaterales, facilitar acceso a mercados y construir legitimidad en los foros globales sobre seguridad alimentaria.

Como afirmó el director general de la OMS, Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, “la responsabilidad recae sobre nosotros para aprovechar las oportunidades políticas y llevar la inocuidad alimentaria al siguiente nivel” (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2019). De esta forma, la inocuidad alimentaria se ha transformado en un componente estructural de la seguridad alimentaria y de la gobernanza global. Para países exportadores como Argentina, la capacidad de garantizar altos estándares de inocuidad no es solo una exigencia técnica: se ha convertido en una herramienta estratégica de inserción internacional. A través de su sistema de control oficial, su producción sustentable y su participación activa en foros multilaterales, Argentina se proyecta como un proveedor confiable y un actor legítimo en la configuración de las nuevas reglas del comercio agroalimentario global.

Sin embargo, en el panorama político convergen varias problemáticas sobre la seguridad alimentaria, que al mismo tiempo abren el espacio para mejorar la gobernanza global, y Argentina es un actor clave en este escenario. Piñeiro, Rosales, Torero y Valles (2025) alertan que los países exportadores enfrentan crecientes obstáculos en un escenario global fragmentado, donde las condiciones de acceso a mercados están cada vez más determinadas por exigencias de calidad e inocuidad. En un contexto caracterizado por conflictividad regional, disrupciones logísticas y el uso del comercio agroalimentario como herramienta de retaliación política, la previsibilidad en el abastecimiento de alimentos se ve comprometida. Argentina, en tanto productor regular de carne inocua, puede jugar un rol relevante no solo como proveedor, sino como facilitador de sistemas alimentarios sostenibles a escala regional y global. Desde el Codex Alimentarius se señala que el sistema de inocuidad alimentaria funciona también como canal de diálogo, cooperación y representación inclusiva: “ayudar a un país a expresar mejor sus preocupaciones, documentar sus desafíos y defender su posición en el Codex es una manera concreta de ilustrar el concepto de inclusión y diálogo, permitiendo que los hechos locales enriquezcan la conversación global” (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura [FAO] y OMS, 2024). Esto convierte la calidad sanitaria de los alimentos en un vector diplomático, un mecanismo para incidir en reglas multilaterales, promover alianzas regionales y construir legitimidad internacional.

Un factor clave en toda esta discusión es la demanda de los consumidores que actualmente no responde solo a necesidades vitales, sino que se orienta según preferencias surgidas por distintas motivaciones. La opinión pública es un factor clave en la seguridad alimentaria como dimensión política. En este contexto, Argentina se destaca por su capacidad de respuesta.

En primer lugar, se encuentran las normas religiosas/éticas; Argentina ha impulsado acciones diplomáticas en conjunto con el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA) , como las gestiones para cuotas Halal y Kosher en Estados Unidos, la colaboración con Emiratos Árabes Unidos y embajadores de Dubai para comprender las regulaciones y oportunidades en los mercados árabes (que requieren pautas de faena distintas).

Por otro lado, el creciente interés de los consumidores por el bienestar animal, la sustentabilidad y la transparencia influye en sus decisiones de compra, promoviendo en algunos casos el reemplazo de la carne bovina por alternativas vegetales o percibidas como más seguras (Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina [IPCVA], 2024). Argentina ha desarrollado una estrategia proactiva de diplomacia agroalimentaria. A través del trabajo del IPCVA, se implementaron campañas de comunicación, posicionamiento institucional y acciones culturales que vinculan la carne vacuna con valores nacionales, ambientales y sociales. La publicación de Carne, una pasión argentina, premiada por la Gourmand World Cookbook Awards, es un ejemplo del esfuerzo por articular cultura e identidad productiva. Paralelamente, se llevaron a cabo actividades de difusión en eventos masivos, como Cosquín Rock o carreras de trail, junto a presentaciones técnicas en ferias internacionales. En todos los casos, el mensaje apunta a posicionar la carne argentina como un alimento “sano, seguro y sustentable”.

Respecto al movimiento público por la defensa del medio ambiente, el IPCVA afirma que “la percepción de la sociedad sobre la responsabilidad que tiene la producción ganadera frente al cambio climático ha tomado una dimensión sin precedentes, que condiciona las elecciones y preferencias de los consumidores” (IPCVA, 2022, p. 37). En parte esto se debe a que la producción primaria está cada vez más lejos del consumidor final, el cual es cada vez más ajeno al proceso productivo, es por esto que la garantía de inocuidad alimentaria también requiere una base científica sólida y políticas públicas eficaces. En este sentido, el documento Carne argentina, carne sustentable, elaborado por la Red de Seguridad Alimentaria del CONICET y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), sistematiza el conocimiento disponible sobre la producción ganadera nacional. Según el informe, el sistema ganadero nacional representa solo el 0,15 % de las emisiones globales, y desde 1990 ha disminuido progresivamente su impacto ambiental gracias a mejoras tecnológicas y de eficiencia. Adicionalmente, más del 80 % de las tierras utilizadas para pasturas presentan capacidad de actuar como sumideros de carbono. Investigaciones del INTA muestran que los sistemas pastoriles bien manejados no solo contribuyen al secuestro de carbono, sino que mejoran la salud del suelo y su capacidad productiva.

Además, una consecuencia del cambio climático en la seguridad alimentaria es que el ganado es vulnerable al estrés térmico, provoca cambios de comportamiento que dan lugar a una reducción de la alimentación y la reproducción, lo que compromete la seguridad alimentaria tanto a corto como a largo plazo. Se estima que esto ya ha supuesto una pérdida de ingresos de más de 369 millones de dólares anuales en la ganadería debido al crecimiento subóptimo del ganado y a la reducción de la reproducción. Frente a esto, Argentina da respuesta a través de la cría selectiva de una raza híbrida llamada Brangus, criada en Argentina con el objetivo de adaptarse a las condiciones climáticas del norte del país, que ha logrado un posicionamiento destacado a nivel internacional. Su genética, valorada por la capacidad de adaptación a climas cálidos y terrenos exigentes, es especialmente demandada en mercados como Paraguay, Brasil y Colombia.

El cuidado ambiental a lo largo de toda la cadena productiva de ganados y carnes ha dejado de ser una dimensión marginal para transformarse en un factor estratégico de competitividad. Aspectos como las emisiones de gases de efecto invernadero, el uso responsable del agua, la conservación del suelo, la biodiversidad y los servicios ecosistémicos comienzan a ser considerados no solo por organismos internacionales como las Naciones Unidas, sino también por Gobiernos, bloques regionales, grandes compradores institucionales y asociaciones de consumidores, especialmente en países desarrollados. Esta creciente sensibilidad ambiental puede derivar tanto en restricciones al comercio como en nuevas oportunidades de diferenciación y posicionamiento para los exportadores (IPCVA, 202) 2). Un claro ejemplo son las nuevas exigencias europeas sobre trazabilidad ambiental (deforestación); los esfuerzos nacionales ya permitieron concretar la primera exportación bajo este protocolo.

Por otro lado, Argentina mantiene una participación activa y estructurada dentro del Codex Alimentarius, entendiendo que este espacio constituye uno de los pilares técnicos y normativos de la gobernanza alimentaria global. La adhesión al Codex se formalizó mediante la ley 24.245, que aprobó el Acta Final de la Ronda Uruguay del GATT e incorporó el Acuerdo de Marrakech, integrando así los compromisos multilaterales en materia de comercio y sanidad alimentaria. A través del Instituto Nacional de Alimentos (INAL), dependiente de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT)  el país interviene en múltiples comités técnicos del Codex que abordan temáticas clave como higiene, contaminantes, aditivos, etiquetado, nutrición, residuos de plaguicidas y medicamentos veterinarios, entre otros. Entre los órganos en los que participa, se encuentran el Comité Ejecutivo de la Comisión del Codex (CCEXEC), el Comité Coordinador para América Latina y el Caribe (CCLAC) y la propia Comisión del Codex Alimentarius (CAC), además de comités especializados como el CCCF (Contaminantes), CCFH (Higiene), CCPR (Residuos de Plaguicidas), CCRVDF (Residuos de Medicamentos Veterinarios) y CCFICS (Sistemas de Inspección y Certificación), entre muchos otros. Esta participación multicomité permite a Argentina no solo adaptarse a estándares internacionales, sino también incidir en su construcción, aportando evidencia técnica y defendiendo posiciones regulatorias que contemplan las realidades productivas del sur global. De esta manera, la estrategia sanitaria del país no se limita al cumplimiento, sino que se articula con su diplomacia alimentaria y su agenda de desarrollo sostenible.

La inserción internacional de Argentina como productor de alimentos sanos y sostenibles se manifiesta también en foros multilaterales. En palabras del excanciller Felipe Solá, durante su intervención en la Cumbre de Sistemas Alimentarios de la ONU: “Argentina reafirma su compromiso de continuar produciendo alimentos saludables, seguros y nutritivos de manera sostenible, respetando el equilibrio entre los tres pilares de la sostenibilidad, para contribuir a la erradicación del hambre y al desarrollo nacional” (Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, 2021). Así, lejos de limitarse a la exportación de commodities, Argentina puede proyectarse como líder en seguridad alimentaria a partir de una política exterior agroalimentaria estratégica, sustentada en la inocuidad como principio regulador, diplomático y comercial. En el marco de la FAO, Argentina ha fortalecido su presencia institucional y técnica en materia de ganadería y alimentos inocuos. En 2022 fue elegida para presidir el Subcomité de Ganadería del Comité de Agricultura (COAG), lo que reafirma su rol como país referente en producción pecuaria. Además, forma parte del proyecto SCALA (Scaling up Climate Ambition on Land Use and Agriculture), una iniciativa global para apoyar a los países en la implementación de sus contribuciones nacionalmente determinadas (NDC) y en el diseño de estrategias climáticamente inteligentes en sectores clave como la ganadería. A través de estos espacios, Argentina promueve un modelo de producción que integra la sostenibilidad ambiental con la inocuidad alimentaria y los compromisos climáticos, reforzando su legitimidad como proveedor responsable en la gobernanza alimentaria internacional.

En el ámbito del Mercado Común del Sur (MERCOSUR) Argentina encuentra una plataforma clave para proyectar su liderazgo regional en seguridad alimentaria. El bloque, más allá de su dimensión comercial, se configura como un espacio estratégico de articulación institucional, científica y tecnológica para responder colectivamente a los desafíos alimentarios y climáticos. En línea con lo planteado por Rahman-Shepherd (2023), la escala regional se vuelve más viable y eficaz para construir capacidades comunes frente a crisis sanitarias, climáticas o logísticas. En 2023 en San Pablo el Grupo de Países Productores del Sur (GPS) visibilizó esta cuestión y debatió el impacto del acuerdo MERCOSUR–Unión Europea y el Green Deal europeo en el futuro del agronegocio sudamericano. En ese marco, el presidente de ABAG (Asociación Brasileña de Agronegocios) y representante brasileño ante el GPS, Luiz Carlos Corrêa Carvalho, destacó que “la nueva industrialización es la bioeconomía y el negocio del siglo XXI es la economía verde” (Grupo de Países Productores del Sur, 2023), remarcando que la región ya dispone de un agronegocio altamente tecnificado, que protege biomas, revitaliza suelos y contribuye a la mitigación del cambio climático. Argentina, con un entramado científico-tecnológico sólido, un sistema institucional con trayectoria y un sector privado dinámico y exportador, ya brinda asistencia técnica a países de la región y participa en iniciativas de cooperación agroalimentaria. Sin embargo, para asumir plenamente un liderazgo regional en seguridad alimentaria, es necesario coordinar esfuerzos hoy dispersos y consolidar una agenda común que articule producción sostenible, ciencia aplicada y diplomacia agroambiental. El MERCOSUR, como bloque con identidad alimentaria y proyección multilateral, puede ser el espacio donde ese liderazgo argentino se legitime, se institucionalice y se proyecte globalmente. Argentina no solo busca acceso a mercados o reconocimiento comercial: su modelo de inocuidad alimentaria puede ser una herramienta de liderazgo blando, una forma de incidir en la construcción de normas globales más justas, cooperativas y sostenibles, consolidando una agenda donde la seguridad alimentaria sea entendida como un derecho humano, y no solo como un vector económico.

Por último, cabe destacar que el sistema argentino de control de la inocuidad en la cadena de la carne vacuna está alineado con las directrices estratégicas de la FAO y el Codex Alimentarius, y contribuye de manera concreta a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). En materia de gobernanza (logro estratégico 1), destaca la participación activa de SENASA en espacios regionales e internacionales de cooperación normativa, así como la implementación del sistema HACCP y la adhesión a estándares internacionales. En cuanto al uso de evidencia científica (logro 2), se destacan herramientas como el Plan CREHA Animal y los programas de monitoreo de contaminantes, que permiten una gestión sanitaria basada en datos objetivos. El fortalecimiento del sistema nacional de control (logro 3) se manifiesta en la trazabilidad digital mediante el documento de tránsito electrónico (DT-e), la fiscalización de establecimientos y la validación por auditorías externas. Finalmente, la colaboración público-privada (logro 4) permite sostener altos estándares sanitarios a través de la corresponsabilidad entre el Estado y el sector productivo. En conjunto, estas acciones aportan al cumplimiento de múltiples ODS, entre ellos: seguridad alimentaria (ODS 2), salud y bienestar (ODS 3), trabajo decente y crecimiento económico (ODS 8), producción y consumo responsables (ODS 12), acción por el clima (ODS 13), acceso a agua segura (ODS 6), reducción de la pobreza rural (ODS 1) y alianzas para el desarrollo sostenible (ODS 17).

En este marco, la inocuidad alimentaria no solo refuerza la proyección internacional de Argentina como país exportador confiable, sino que también constituye una plataforma legítima de cooperación técnica, diplomacia alimentaria y liderazgo normativo. A diferencia de modelos centrados en volumen o bajo costo, Argentina se posiciona como proveedor de alimentos inocuos, trazables y sostenibles, bajo un sistema auditado y transparente, compatible con los principios del desarrollo sostenible. Estos datos permiten desarmar narrativas que posicionan a la carne bovina como un producto incompatible con los compromisos climáticos. Por el contrario, Argentina no solo puede demostrar que es posible producir carne de forma sustentable, inocua y con baja huella ambiental, sino que con la correcta coordinación logra que el producto trascienda la lógica del commodity para convertirse en un vehículo de inserción internacional y liderazgo blando en seguridad alimentaria.

3. La carne vacuna como instrumento tecnológico

Un punto clave, que permite utilizar a la carne como instrumento normativo y como instrumento diplomático, es la capacidad de adaptación tecnológica, que se ha consolidado como un eje estratégico tanto para la competitividad internacional como para la cooperación regional en materia agroalimentaria. Desde una perspectiva de posibilidad de cooperación regional, autores como Rahman-Shepherd (2023) afirman que la pandemia reveló la fragilidad de los mecanismos globales de respuesta sanitaria, y que los espacios regionales resultan más viables para construir capacidades colectivas ante riesgos sanitarios y alimentarios. Ya en el informe de 2019-2020, previo a la pandemia, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) la FAO y el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) plantearon un enfoque regional para abordar la importancia de los sistemas alimentarios:

No es posible superar la pobreza ni combatir el hambre, la malnutrición y el cambio climático, si las sociedades y los actores políticos de ALC no plantean lo rural como motor del desarrollo económico, social y ambiental en los países [...] considerar la agricultura y sus actividades relacionadas como indispensables para desarrollar otras actividades económicas complementarias que promuevan el desarrollo sostenible de los territorios rurales(CEPAL, FAO e IICA, 2020, p. 13)

En este marco, la dimensión tecnológica adquiere un papel central como vehículo de cooperación y transferencia de conocimiento. Turzi (2025) plantea que Argentina

se ha posicionado como un proveedor importante de tecnologías agrícolas adaptadas a las condiciones de otros países en desarrollo, especialmente en América Latina y África. Empresas argentinas de maquinaria agrícola y software para su gestión han expandido su presencia en estos mercados (p. 21).

Esto resalta un punto clave de la seguridad alimentaria en la discusión política: las oportunidades de cooperación técnica. La cuestión radica en entender que la agricultura, como plantea Bisang (2015), a diferencia de las industrias extractivas, es una actividad de transformación a cielo abierto, con control imperfecto del proceso productivo. Esta característica resalta el valor de construir paquetes tecnológicos integrados, que articulan genética, maquinaria, servicios técnicos y conocimiento tácito, como base para la eficiencia y la trazabilidad (Bisang, 2015). Desde esta perspectiva, la inocuidad alimentaria no puede entenderse como un atributo aislado, sino como el resultado de una coordinación sistémica entre ciencia, tecnología y política pública.

La digitalización de la cadena de valor de la carne vacuna constituye uno de los mayores avances del sector en materia tecnológica. Un ejemplo, aunque todavía en desarrollo, se observa en la fase de transporte del ganado hacia los establecimientos de faena, donde SENASA regula normas específicas orientadas a garantizar el bienestar animal, la trazabilidad sanitaria y el control higiénico de las unidades de transporte. La regulación exige que cada animal debe contar con la documentación sanitaria correspondiente, en particular el DT-e, que permite controlar el origen, destino y estado sanitario del ganado transportado.

La trazabilidad se erige, así, como un componente esencial del sistema de control sanitario argentino, pero con un componente tecnológico. Como ya fue explicado desde la etapa de recría hasta la faena, los productores están obligados a registrar los productos suministrados, sus fechas y condiciones de almacenamiento conforme a las buenas prácticas de alimentación animal (BPAA), reguladas por la resolución 1415/24. Ahora el proceso se inicia con el Registro Nacional de Identificación Animal, que asigna a cada bovino un carné y un dispositivo electrónico, posibilitando su seguimiento individual en plataformas digitales que integran datos de origen, transporte, procesamiento y distribución.

Desde 2005, la Unión Europea exige que los alimentos importados incluyan información detallada sobre su origen e insumos, transformando la trazabilidad en una barrera técnica paraarancelaria. En respuesta, Argentina ha avanzado en la adopción de tecnologías emergentes como blockchain, sensores remotos y dispositivos de monitoreo en tiempo real, que optimizan la eficiencia operativa y refuerzan la transparencia en toda la cadena de valor. Estas innovaciones se inscriben dentro del paradigma Agtech que, si bien ha tenido un desarrollo inicial más fuerte en la agricultura, comienza a tener una presencia creciente en la ganadería. Según Lachman, López, Tinghitella y Gómez-Roca (2023), los servicios Agtech pueden aplicarse tanto en tareas ejecutadas a campo, como la detección temprana de enfermedades o la gestión del riego, como en actividades transversales a la cadena, tales como financiación, logística, comercialización y trazabilidad.

Ejemplos destacados del avance Agtech en la ganadería nacional son emprendimientos como Pastech, que desarrolla tecnología de vanguardia para la gestión eficiente del pasto mediante sensores, imágenes satelitales y drones. Estas herramientas permiten convertir datos en decisiones inteligentes, incrementando la productividad y reduciendo costos bajo un enfoque de ganadería regenerativa. En la misma línea, startups como Idanimal (desarrollo de un documento electrónico complementario a la caravana electrónica a través de la identificación del morro del animal), Muu Mercado Ganadero (digitalización de la compra-venta y transporte de hacienda) DigiRodeo (plataforma en la nube para la digitalización de la trazabilidad del ganado basada en la salud de los animales) y Finca IT han diseñado plataformas digitales que integran gestión de rodeo, trazabilidad, planificación sanitaria, control de stock y análisis productivo. En particular, Finca IT, con licencias activas en Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile y Colombia, se propone consolidarse como la plataforma estándar del mercado ganadero regional, ofreciendo acompañamiento técnico, capacitación y soporte en línea, junto con sistemas que operan incluso sin conexión a internet.

El desarrollo de tecnologías de monitoreo automatizado también ha sido impulsado por organismos públicos. El INTA, por ejemplo, presentó innovaciones como tambo robotizado, comederos inteligentes y balanzas de pesada al paso, que permiten registrar de manera automática el peso de los animales y el consumo de alimento. Estos sistemas utilizan caravanas electrónicas que identifican a cada animal, registran su comportamiento y ajustan su dieta, lo que posibilita una toma de decisiones anticipada, reduciendo riesgos y pérdidas.

El concepto de ganadería de precisión sintetiza esta convergencia entre tecnología, sostenibilidad y productividad. Se trata de un enfoque que aplica herramientas digitales avanzadas para monitorizar y gestionar en tiempo real las explotaciones ganaderas, transformando los datos en información estratégica para la toma de decisiones. La ganadería de precisión integra tecnologías como el internet de las cosas (IoT), el big data, la inteligencia artificial (IA), los sistemas de geolocalización y GPS, y el uso de datos NDVI (Índice de Vegetación de Diferencia Normalizada) para evaluar la disponibilidad forrajera mediante imágenes satelitales. Un caso emblemático de aplicación es el Piloto de Cercados Virtuales de La Vega Innova, proyecto pionero que implementa un sistema de control del ganado mediante sensores y alertas que permiten gestionar el bienestar animal, crear cercos virtuales y optimizar el uso del territorio. Toda la información se centraliza en la plataforma FIWARE, un entorno de código abierto que facilita la interoperabilidad y la creación de aplicaciones inteligentes.

En conjunto, estas innovaciones reconfiguran la competitividad del sector cárnico argentino, posicionando su producción como tecnológicamente avanzada, trazable y sostenible, atributos cada vez más valorados por los mercados internacionales. La integración de ciencia y tecnología al sistema ganadero no solo mejora la eficiencia productiva, sino que también refuerza la legitimidad normativa y diplomática de la carne argentina como un bien público global capaz de contribuir activamente a la seguridad alimentaria y a la cooperación internacional. A través de la transferencia de conocimiento, la cooperación regional y la exportación de soluciones Agtech, Argentina proyecta su capacidad científica como recurso estratégico para la seguridad alimentaria global, confirmando el carácter diplomático y tecnológico de su producción agropecuaria.

 

Conclusión

A lo largo de este trabajo se ha demostrado que la carne vacuna producida en Argentina, bajo estándares certificados de inocuidad, sostenibilidad y trazabilidad, puede constituirse en un pilar estratégico para su proyección internacional. En un escenario global atravesado por crecientes exigencias sanitarias, ambientales y éticas, la capacidad de garantizar alimentos confiables no solo fortalece el posicionamiento comercial del país, sino que también lo habilita como un actor con legitimidad en la gobernanza alimentaria. La hipótesis inicial se confirma: el producto cárnico argentino trasciende la lógica del commodity para transformarse en una herramienta diplomática, normativa y tecnológica capaz de contribuir activamente a la seguridad alimentaria global. Esta forma de inserción no se limita al acceso a mercados: implica también incidir en la definición de estándares multilaterales, promover prácticas responsables y tejer alianzas regionales. En ese marco, la inocuidad alimentaria debe entenderse como una política de Estado que articula conocimiento científico, capacidades productivas, estrategia exterior y narrativa pública.

La consolidación del país como proveedor confiable no depende únicamente del cumplimiento normativo, sino de una visión de largo plazo que integre innovación tecnológica, institucionalidad sólida y coordinación entre sectores. Ejemplos como la implementación de la trazabilidad electrónica, la mejora genética adaptada al cambio climático, la gestión sustentable de los sistemas pastoriles o el control oficial permanente, dan cuenta de cómo Argentina puede enfrentar los desafíos globales sin renunciar a su identidad productiva. Lejos de ser una construcción individual, este modelo es el resultado de un entramado colectivo que incluye al Estado, los organismos sanitarios, el sistema científico-tecnológico, los productores y la diplomacia agroalimentaria. Esta articulación virtuosa permite que las normas no sean un límite, sino un instrumento de posicionamiento. Herramientas como el sistema HACCP, las buenas prácticas ganaderas y la cooperación técnica Sur–Sur son la expresión de capacidades nacionales convertidas en capital diplomático en un mundo crecientemente interdependiente. A su vez, la vinculación entre inocuidad, sostenibilidad y adaptación climática habilita a desmontar visiones reduccionistas que asocian a la ganadería con el deterioro ambiental. La experiencia argentina demuestra que es posible producir carne con bajo impacto ecológico, alto valor nutricional y control integral. La adopción de razas como la Brangus, el compromiso con prácticas sustentables y el aprovechamiento de pasturas como sumideros de carbono responden de forma efectiva a las nuevas exigencias del comercio internacional, donde la eficiencia debe ir acompañada de legitimidad ética y ambiental.

En este contexto, también la opinión pública y las transformaciones culturales juegan un rol clave. Hoy el desafío excede lo técnico: es comunicacional y político. Frente a consumidores que valoran el bienestar animal, la transparencia y la sustentabilidad, la carne argentina necesita ser defendida con evidencia científica, pero también con narrativa. Mostrar que detrás de cada corte exportado hay conocimiento, trabajo rural, innovación y respeto por el ambiente es parte de una diplomacia moderna. Iniciativas como las campañas del IPCVA, las certificaciones Halal y Kosher o la participación activa en foros multilaterales revelan que Argentina no solo vende alimentos, sino también genera confianza.

Por eso, el futuro de la inserción internacional argentina no se define únicamente en acuerdos comerciales, sino en su capacidad de ofrecer un modelo de producción ético, trazable y sustentable. La carne vacuna, en tanto instrumento de política exterior, representa una vía concreta para ejercer liderazgo desde el sur global. Una diplomacia agroalimentaria con base en la inocuidad permite no solo acceder a mercados, sino también defender principios, proponer estándares y disputar sentidos. Esa es, en definitiva, la nueva frontera: no solo integrarse al sistema global, sino contribuir activamente a su reconfiguración.

No obstante, persisten desafíos. Reducir las asimetrías tecnológicas, mejorar la infraestructura logística, coordinar mejor las políticas nacionales con los compromisos internacionales y sostener una estrategia de comunicación externa sólida son tareas pendientes para consolidar el liderazgo del país. Asimismo, fortalecer el MERCOSUR como plataforma de cooperación regional puede ofrecer una escala eficaz para proyectar a los países del bloque como proveedores confiables de alimentos inocuos, sostenibles y accesibles. En un mundo interdependiente, donde la seguridad alimentaria se cruza con el comercio, la salud, el ambiente y la política, la carne argentina representa una oportunidad concreta de inserción virtuosa. No se trata de exportar más, sino de exportar mejor. En ese camino, la inocuidad deja de ser un requerimiento técnico para transformarse en una estrategia nacional. En esta dirección, el rol del sector agropecuario argentino, y en particular el de su cadena ganadera, adquiere una relevancia insoslayable. Como resume el lema histórico de la Sociedad Rural Argentina: “Cultivar el suelo es servir a la patria”, y hoy más que nunca, garantizar alimentos sanos, trazables y sostenibles es un acto de responsabilidad pública con impacto global. Argentina cuenta con el conocimiento, la institucionalidad y el compromiso necesarios para liderar. El desafío consiste en transformar ese potencial en una política exterior agroalimentaria integral, donde producir no sea solo un hecho económico, sino también una forma de construir soberanía, cooperación y paz.