Comentarios estratégicos

Lecciones de Múnich para la Argentina y su inserción internacional

Por Francisco de Santibañes.

Lecciones de Múnich para la Argentina y su inserción internacional

De regreso de la Conferencia de Seguridad de Múnich, queda una impresión clara: el sistema internacional ha entrado en una etapa de geopolítica dura. La rivalidad entre grandes potencias, la fragmentación tecnológica y la seguridad de las cadenas de suministro dejaron de ser hipótesis académicas. Son, hoy, la nueva normalidad.

En las reuniones privadas, el discurso del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio —llamando a fortalecer la relación entre su país y Europa—, fue recibido con escepticismo por muchos interlocutores europeos. Más allá de las diferencias nacionales, la impresión dominante es que la decisión estratégica de avanzar hacia una mayor autonomía europea ya está tomada. No necesariamente contra Estados Unidos, pero sí con la convicción de que la fragmentación del sistema internacional obliga a Europa a reforzar su capacidad de decisión en defensa, tecnología y energía.

La conferencia —que contó con la presencia de 42 jefes de Estado y de Gobierno, 120 ministros y 46 líderes de organizaciones internacionales— se ha transformado en un verdadero ecosistema diplomático. Entre los participantes se encontraba el argentino Rafael Grossi, presidente del Organismo Internacional de Energía Atómica y candidato a secretario general de las Naciones Unidas. Junto a él participaron por la Argentina el canciller Pablo Quirno, el ministro de Defensa, teniente general Carlos Presti, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, vicealmirante Marcelo Dalle Nogare.

Cabe destacar que entre los jefes de Estado y de Gobierno presentes no hubo ningún latinoamericano, una ausencia que revela la escasa presencia regional en el principal foro global de seguridad.

Esa ausencia es una oportunidad perdida. El mundo está pasando —para bien o para mal— de foros de diálogo económico centrados en la cooperación desde una perspectiva empresarial, como el World Economic Forum, hacia foros de seguridad estratégica, de los cuales la Munich Security Conference es el principal. La agenda internacional ya no gira solo en torno a la búsqueda de eficiencia económica, sino a la seguridad, la resiliencia y la rivalidad entre potencias. No estar presentes en estos espacios implica perder capacidad de influencia en el momento en que se redefinen las reglas del sistema.

Múnich dejó varias conclusiones estratégicas. La guerra en Ucrania consolidó la idea de que Europa entra en una economía de defensa permanente. La competencia tecnológica —semiconductores, inteligencia artificial, reactores nucleares, satélites y ciberseguridad— será el núcleo del poder en la próxima década. La transición energética se redefine como cuestión de seguridad nacional, con foco en minerales críticos y resiliencia de redes. Y la globalización no desaparece, pero se regionaliza: cadenas de suministro más cortas, alianzas tecnológicas selectivas y diplomacias económicas más activas.

En este contexto, el llamado “sur global” aparece como espacio de competencia estratégica. África, el Indo-Pacífico y América Latina son vistos como territorios de influencia, inversión y alianzas. Para nuestra región y la Argentina en particular, esto implica una doble realidad.

Por un lado, la geopolítica crea riesgos. Nos coloca en medio de la rivalidad entre grandes potencias —principalmente entre Estados Unidos y China— en un contexto regional atravesado además por el crecimiento del crimen organizado y la fragilidad institucional. No somos protagonistas del conflicto, pero sí parte del tablero.

Por otro lado, abre oportunidades extraordinarias. Tanto los países centrales como las multinacionales buscan reducir su riesgo geopolítico. Para ello, miran hacia economías distantes de los principales focos de conflicto, ubicadas en zonas de relativa paz y fuera de las líneas tradicionales de navegación estratégica. Países como la Argentina pueden convertirse en socios confiables en energía, minerales críticos y alimentos. En ese contexto, no solo crece la demanda: también aumenta la disposición a pagar primas por seguridad de suministro y previsibilidad institucional.

Comprender este cambio de época es fundamental para que nuestros líderes disminuyan los riesgos de conflicto y aprovechen las oportunidades. La nueva geopolítica exige estrategia nacional, política exterior profesional, dinamismo económico y capacidad estatal. Por ejemplo, los beneficios del crecimiento argentino seguramente se verán con mayor claridad en el interior del país —en particular en las provincias productoras de minería, energía y alimentos— y, para alcanzar un desarrollo equilibrado, será clave invertir en educación e infraestructura.

Una tarea pendiente para los latinoamericanos —y argentinos en particular— es transmitir mejor la complejidad de nuestra identidad internacional. Existe en Europa la tendencia a ubicarnos automáticamente dentro de un “sur global” homogéneo. Pero, si bien nuestras economías se han acercado a Asia —y a China en particular—, nuestra historia, instituciones políticas y cultura jurídica forman parte de Occidente y, por lo tanto, están más próximas a la tradición de la alianza transatlántica. Comprender esa tensión es esencial para diseñar una estrategia exterior realista.

Finalmente, una lección adicional de Múnich merece ser subrayada. Más allá de quién gobierne en Estados Unidos —sea Donald Trump, los demócratas u otro republicano—, hay un elemento de la nueva estrategia de seguridad estadounidense que probablemente continuará: la centralidad del hemisferio occidental y, por lo tanto, de América Latina en su política exterior. La competencia con China, la seguridad de las cadenas de suministro, el control de rutas marítimas, la energía y la migración obligan a Washington a mirar nuevamente hacia su vecindad estratégica. Para la Argentina y la región, esto implica tanto mayor presión geopolítica como una oportunidad para redefinir su inserción internacional.

Pero una estrategia clara también requiere ampliar el mapa mental de nuestra política exterior. Más allá de la centralidad —obvia— de Estados Unidos, China y la Unión Europea en nuestros debates, hay actores con los que tradicionalmente nos hemos relacionado poco y que hoy son clave. Los países del Golfo, por ejemplo, pueden convertirse en socios decisivos como inversores: la magnitud de sus fondos soberanos y de desarrollo, sumada a la sinergia natural entre sus necesidades (seguridad alimentaria, energía, activos reales y proyectos de infraestructura) y nuestras ventajas comparativas, abre un espacio concreto para una diplomacia económica más ambiciosa.

El Sudeste Asiático, a su vez, aparece como destino prioritario para nuestras exportaciones en un mundo donde la demanda de alimentos, energía y minerales críticos seguirá creciendo y donde las cadenas de suministro se reorganizan por motivos de seguridad. Identificar a tiempo estas oportunidades —y construir vínculos políticos, comerciales y logísticos consistentes— es y será un desafío para la política exterior argentina.

Para la Argentina, la lección de Múnich es evidente. En un mundo de competencia estructural, tener una estrategia se vuelve indispensable. Debemos combinar realismo económico con claridad política: profundizar vínculos donde sea conveniente, sin renunciar a nuestra tradición occidental. Esa síntesis es la única base sobre la cual la Argentina puede recuperar relevancia internacional y contribuir a la estabilidad de un orden global cada vez más exigente.