Comentarios estratégicos
Hacia un Irán post-Jameneí

La muerte de Jameneí no fue una sorpresa; solo aceleró la lucha por su sucesión. El jefe de Estado, de 86 años y, de acuerdo con muchos reportes, enfermo, se había ocupado de organizar lo que sucedería después de su muerte. Esta, ocurrida el 28 de febrero, ha iniciado el proceso establecido por la Constitución: la conformación de un comité tripartito (presidente como jefe de Gobierno, presidente del Poder Judicial y representante del clero) hasta que la Asamblea de Expertos elija al nuevo líder supremo.
Lo cierto es que no se trata pura y exclusivamente de quién ocupará esa posición, sino que se está dando un reacomodamiento de todo el sistema político iraní. Podemos, de manera esquemática, considerar una diversidad de opciones generales que nos permitirán construir escenarios alternativos.
Un primer escenario es considerar que la muerte de Jameneí, la presión militar de Estados Unidos e Israel y el enorme descontento social y falta de legitimidad del actual régimen político llevarán a la caída de la república islámica y la emergencia de un nuevo régimen político. Este escenario, aunque atractivo debido a las expectativas de los cambios sustanciales que implica, resulta hoy difícil de materializar.
Las razones son variadas: un cambio de régimen en un sistema político descentralizado y con múltiples actores supone un reacomodamiento de todos los polos de poder. En el caso iraní, podemos señalar a los Pasdaran (vamos a incluir aquí no solo a la Guardia Revolucionaria, sino también a todas las organizaciones de defensa, seguridad e inteligencia que tienen cuotas de poder y objetivos burocráticos e institucionales particulares), al estamento clerical y a los actores económicos locales (el Bazar, como se los conoce en Irán), para señalar los más representativos. Ninguno de esos estamentos es unificado: hay múltiples instituciones con cuotas de poder con las que habría que negociar en un escenario post república islámica. Por otra parte, difícilmente esos actores estén dispuestos a abandonar sus cuotas actuales de poder.
Quitar a corto plazo del medio a esos actores que, en mayor o menor medida, se han beneficiado y han ejercido el poder durante casi 50 años resulta demasiado complejo. Aun suponiendo que pudiera darse, ¿cuál sería el nuevo régimen: una monarquía constitucional liderada por el hijo del último sah, depuesto en 1979, o una república laica con un sistema de partidos? No parece que las condiciones para estos escenarios estén dadas.
Lo que podemos denominar como “oposición iraní” no existe de manera organizada, y mucho menos unificada, ya sea dentro o fuera de las fronteras de Irán. El régimen de la república islámica se ha ocupado meticulosamente, y por todos los medios (incluyendo, por cierto, la represión y el asesinato), de eliminar cualquier elemento opositor. Como un grupo político que emergió de un proceso revolucionario, sabe muy bien cómo eliminar ese tipo de iniciativas. La terrible represión interna de las primeras semanas de 2026, cuando los muertos se contaron por miles, es un ejemplo claro de lo que está dispuesto a hacer el régimen para mantener el poder.
Considerar que el final de la república islámica y la emergencia de una república laica o monarquía puedan darse solo a partir de apoyo exterior también resulta difícil.
Por todo ello, debemos pensar que el final de la república islámica debido a una fuerza externa orientada al cambio de régimen —que favorezca, o bien un reordenamiento de quienes detentan el poder en la actualidad o de actores fuera del sistema— es de difícil materialización.
Un segundo escenario podría ser la continuidad de la república islámica, pero con un sinceramiento institucional donde el sector de los Pasdaran no solo sea el kingmaker, sino quien detente el poder real, a pesar de que el jefe de Estado sea un clérigo, como establece la Constitución iraní. Ello implicaría pasar de una república clerical a una república pretoriana. Resulta casi una tendencia ese camino, puesto que, a lo largo de las últimas dos décadas, el poder de los Pasdaran no ha dejado de crecer. Hoy, ex oficiales superiores de los Pasdaran son gobernadores, miembros del Parlamento, manejan una parte significativa de la economía del país, etc.
El ascenso de los Pasdaran no pasará más que por una lógica de poder frente a otros polos de poder en el seno de Irán. No se trata de convencer, sino de tener más poder. Difícilmente podrían presentarse los Pasdaran como ejemplo institucional tomando en cuenta que sus debilidades han resultado en la muerte de sus propios jefes y en la del mismo jefe de Estado. Los Guardianes no han sabido serlo.
En este escenario, quienes accedan al poder posiblemente serán más proclives a reconstruir las capacidades militares de Irán para aumentar sus niveles de disuasión, incluyendo su programa nuclear, sus medios misilísticos y su apoyo a grupos del denominado “eje de la resistencia”. La única limitación serán los recursos con los que puedan contar.
Sería una república islámica 2.0: los que “hicieron la revolución”, es decir, los clérigos, dejarían el poder a los que “hicieron la guerra” (con Irak entre 1980 y 1988), es decir, los militares.
En este escenario, la política iraní se radicalizará aún más, con la única intención de preservar y asegurar la supervivencia del régimen, sin otras consideraciones: ni las referidas al respeto de los derechos humanos y libertades civiles y políticas de su población, ni mucho menos consideraciones vinculadas al derecho internacional en cuanto a sus relaciones con otros Estados.
Un tercer escenario involucra un ascenso de los Pasdaran al poder, aunque sea tras bambalinas, pero con menores niveles de conflictividad y tensión exteriores, no por falta de convencimiento en tal curso de acción, sino por falta de recursos y de consideraciones de oportunidad. Sería una especie de retirada táctica hasta que puedan reconstruir sus capacidades y continuar con su política de hegemonía basada en su programa nuclear, drones, misiles y apoyo a grupos terroristas. Sería una calma aparente hasta el próximo capítulo del conflicto.
Un cuarto escenario es un cambio sustancial en el comportamiento de la república islámica, en el que se continuaría ese andamiaje institucional, pero con una política exterior como miembro responsable de la comunidad internacional. Eso involucraría el fin de su programa nuclear, la limitación de sus capacidades misilísticas, el cese del apoyo a los grupos insurgentes y terroristas y, a cambio de ello, el levantamiento de las sanciones internacionales y la apertura de su economía.
Sería llevar el acuerdo de 2015 a su máxima expresión en lo nuclear y alcanzar acuerdos en los otros puntos. Un escenario de estas características sería lo mejor para la propia población iraní y para la estabilidad regional e internacional, pero es realmente poco probable. El nuevo liderazgo que emerja en estos días o semanas vería ese curso de acción como una capitulación inaceptable; de acuerdo con la perspectiva iraní, una imposición por la fuerza que, desde su punto de vista, debilitaría su posición regional y su estabilidad interna.
Un quinto escenario involucra una falta de acuerdo entre las élites dirigentes, desorden y hasta nichos de inestabilidad en zonas con minorías organizadas para aprovechar la debilidad del poder central, particularmente los kurdos en el oeste del país y los baluches en el este. Ese escenario de debilidad, y hasta de intentos de secesión, sería una verdadera pesadilla: un país de 92 millones de habitantes que posee las terceras reservas de gas, capacidad misilística, uranio enriquecido y una posición geográfica que le permite afectar una de las principales vías del comercio marítimo internacional, sin el monopolio del uso de la fuerza.
Nadie querría que se materialice esta situación. Los casos de Irak (post-2003), Libia y Siria (post-2011) son ejemplos —aunque de menor impacto regional— de lo que sería un acontecimiento de esas características en Irán.
Las opciones más probables son la segunda o la tercera, que no son mutuamente excluyentes. Sin embargo, ninguno de los dos escenarios soluciona el problema de fondo para el orden regional e internacional. Solo trasladan al futuro una solución.
En estos dos escenarios posiblemente asistamos, como ya lo hemos visto desde la guerra de los 12 días, a un cambio en la lógica discursiva y la retórica oficial, donde veremos muchos más elementos de un nacionalismo iraní que de un islamismo chiita. Este último no desaparecerá, pero las alusiones a la historia de Irán, a referencias preislámicas y a la herencia persa (incluso a lo persa frente a lo árabe) serán más visibles.
Lo paradójico, y triste, es que los escenarios que podrían plasmar mayores niveles de bienestar y libertades para la población iraní son los menos probables.
De la lucha en el seno del poder en Irán y de los objetivos que prioricen, en esta campaña militar, Estados Unidos e Israel emergerá el Irán post-Jameneí.
Más allá de todo eso, el impacto en el orden regional de Medio Oriente en general y el del Golfo en particular ya es una realidad. Casi todos los vecinos de Irán han sido atacados por las fuerzas militares iraníes, aun los que han actuado como mediadores (como Omán, Catar y Emiratos Árabes Unidos). Si es que una lógica política llevó en el pasado a cierta coexistencia, lo cierto es que veremos cómo se fortalece la división entre persas y árabes, entre el golfo Pérsico y el golfo Arábigo.
Los países árabes del Golfo vuelven a ver a Irán como un vecino incómodo por sus pretensiones de hegemonía y agresividad. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo cerrarán filas frente a una amenaza común, y veremos un fortalecimiento de posiciones nacionalistas que evitarán cualquier política orientada a la aceptación de imposiciones iraníes.
Las reacciones de las potencias ante el conflicto demuestran que Irán tampoco cuenta para Rusia o para China sino como un proveedor, no como un igual o como un verdadero aliado. Algo terrible para la autopercepción de potencia de los dirigentes iraníes.
En definitiva, los escenarios post-Jameneí llevarán a Irán a una posición regional e internacional caracterizada por el aislamiento y la falta de confianza. Irán no tiene aliados ni amigos.


