Comentarios estratégicos
Los Estados árabes del Golfo frente a la guerra en Irán

Introducción
En la mañana del 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron conjuntamente la Operación Furia Épica contra la República Islámica de Irán, en un ataque que definieron como preventivo, aunque este tipo de acciones no está contemplado por el derecho internacional. Como se había advertido en reiteradas oportunidades, el blanco inmediato de las acciones iraníes fue Israel, así como también las llamadas monarquías árabes del Golfo: Arabia Saudita, Baréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Catar y Omán. Estos últimos actores cuentan con una amplia historia de cooperación en materia de seguridad con Washington.
En este marco, el presente artículo examina, en primer lugar, los vínculos militares entre los Estados del Golfo y Estados Unidos como punto de partida para comprender por qué Irán ha decidido atacar no solo infraestructura militar, sino también instalaciones civiles en estos países. A continuación, se analiza el relativo quietismo que, hasta el momento, han mostrado las monarquías del Golfo frente a dichas agresiones.
1. Algunas consideraciones sobre los vínculos estratégico-militares entre Estados Unidos y las monarquías del Golfo
Los vínculos estratégico-militares entre Estados Unidos y los Estados del Golfo pueden rastrearse al período posterior a la guerra del Golfo de 1991. Por entonces, las monarquías de la región decidieron estrechar sus lazos con Washington en un contexto en el que la amenaza de Irak aún era latente. Si bien con algunas de estas naciones ya existía cooperación en el terreno militar, fue a partir de ese conflicto que Estados Unidos asumió el rol de garante de la seguridad de los países bajo análisis.
Este papel se consolidó luego de que dichos Estados —nucleados en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG)— comprendieran que, más allá de los esfuerzos realizados en materia de cooperación en seguridad durante la primera década de vida del organismo, esos acuerdos habían resultado insuficientes cuando uno de sus miembros, Kuwait, fue atacado por uno de sus poderosos vecinos: Irak.
A partir de entonces, el esquema de seguridad en el Golfo se modificó significativamente. Esto implicó un incremento sustancial de la presencia de efectivos militares estadounidenses en la región, el preposicionamiento de equipos, enormes ventas de armamento, la firma de acuerdos y la apertura de bases militares.
En 1991 Kuwait firmó un acuerdo de defensa con Estados Unidos que luego fue renovado en 2001. Si bien el tratado no incluyó el establecimiento formal de bases permanentes, el ejército estadounidense ha utilizado la base de Camp Doha, mientras que su Fuerza Aérea ha operado desde las bases de Ali Al Salem y Al Jaber. En 2004, además, Kuwait fue reconocido como “aliado importante extra-OTAN”, luego de haberse convertido en una de las plataformas de lanzamiento de la invasión a Irak de 2003.
Catar, por su parte, firmó un acuerdo militar con Estados Unidos en 1992. En 2002, tras el impacto que tuvieron los atentados del 11 de septiembre sobre la relación con Arabia Saudita, parte del personal y de los aviones de la Fuerza Aérea estadounidense previamente estacionados en el reino fueron trasladados a la base de Al-Udeid, hoy la base aérea más importante que Estados Unidos posee en la región.
Baréin también avanzó en la firma de un acuerdo defensivo con Washington al finalizar la guerra del Golfo, el cual fue renovado en 2001. Desde mediados de los años noventa, el país alberga además la Quinta Flota de Estados Unidos, responsable de las operaciones navales en el mar Rojo, el mar Arábigo y el golfo Arábigo, así como el Comando Central de las Fuerzas Navales (NAVCENT), que apoya desde el ámbito marítimo las operaciones del Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM). Asimismo, la base aérea de Sheik Isa es utilizada por la Fuerza Aérea estadounidense.
Omán firmó un acuerdo de cooperación militar con Estados Unidos en 1980, renovado posteriormente en 1985, 1990, 2000 y 2010. Los Emiratos Árabes Unidos, por su parte, no solo cuentan con un compromiso firmado con Washington sobre la misma materia en los años noventa, sino que también han permitido el uso de la base aérea de Al-Dhafra por parte de la Fuerza Aérea estadounidense.
En el caso de Arabia Saudita, la cooperación en defensa es aún más antigua. Estados Unidos comenzó a desplegar fuerzas en el reino poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando obtuvo autorización para construir una base aérea en Dhahran. Su primer acuerdo defensivo formal data de 1951.
Cabe destacar que, a partir de la administración Obama, las monarquías del Golfo comenzaron a percibir cierta erosión en el vínculo con Estados Unidos debido al llamado “pivote hacia el Indopacífico”, que implicó una redistribución estratégica de recursos y prioridades. Sin embargo, a pesar de estos vaivenes, la relación se ha mantenido firme, tal como lo evidenció la primera gira oficial del presidente Donald Trump en mayo de 2025, cuyo destino fueron los países del Golfo. En esa ocasión se firmaron nuevos acuerdos de venta de armamento, compromisos de inversión en infraestructura militar y proyectos de defensa conjunta.
2. Operación Furia Épica: respuesta iraní y quietismo en el Golfo
Todo el esquema de alianzas y seguridad construido entre las monarquías árabes y Estados Unidos desde 1991 se encuentra hoy a prueba. Desde el inicio de las operaciones militares estadounidenses e israelíes contra la República Islámica de Irán el 28 de febrero, los Estados árabes del Golfo han absorbido gran parte de las represalias iraníes.
Aunque las seis monarquías del Golfo mantienen vínculos de distinta intensidad con Irán, Teherán no parece haber realizado distinciones al lanzar sus contraataques. Incluso Omán fue alcanzado por un bombardeo con drones sobre el puerto de Duqm. Este hecho resulta particularmente llamativo debido a los vínculos históricos entre ambos países, que se remontan a la década de 1960, cuando Irán apoyó al sultanato en la represión de la rebelión de Dhofar.
Tanto el gobierno del sultán Qaboos como el de su sucesor Haitham bin Tariq Al Said han sostenido históricamente una política pragmática de “amigo de todos”, caracterizada por la neutralidad frente a los conflictos regionales y por un activo rol mediador. En este sentido, se destaca particularmente la participación de Omán como mediador entre Estados Unidos e Irán en las negociaciones sobre el programa nuclear antes del inicio de las hostilidades.
En un primer momento, los misiles y drones iraníes se concentraron en bases e instalaciones militares estadounidenses en la región, como el cuartel general de la Quinta Flota en Baréin o la base aérea de Al-Udeid en Catar. Sin embargo, en los últimos días el abanico de objetivos se ha ampliado considerablemente.
Los ataques han incluido infraestructura energética, puertos y nodos logísticos, aeropuertos y también áreas urbanas, turísticas y comerciales en ciudades densamente pobladas como Dubái, Manama y Doha. Las imágenes del incendio en el hotel Burj Al Arab y de los ataques contra el complejo Palm Jumeirah en Emiratos Árabes Unidos, así como las del hotel Crowne Plaza en Baréin, circularon rápidamente por todo el mundo y generaron una profunda preocupación en los gobiernos locales.
Hasta el momento en que se escribe este artículo, y según comunicados oficiales de los ministerios de defensa del CCG junto con reportes de medios regionales, se estima que Irán ha lanzado más de 2300 misiles y drones contra sus vecinos árabes del Golfo. De acuerdo con los datos disponibles, Emiratos Árabes Unidos ha absorbido más del 50 % de estos ataques, seguido por Kuwait con aproximadamente el 26 %.
Las motivaciones del alto mando iraní para atacar no solo las bases militares estadounidenses sino también otros objetivos dentro de los Estados del CCG aún son inciertas. No obstante, pueden plantearse algunas hipótesis.
La primera se vincula con la intención de generar incentivos para que las monarquías del Golfo utilicen su influencia diplomática y los vínculos personales de sus líderes con el presidente Donald Trump con el fin de presionar a la Casa Blanca para que detenga las operaciones militares y retorne a la mesa de negociación. Por el momento, sin embargo, esta estrategia no ha dado resultados: los miembros del CCG han cerrado filas para condenar la “agresión iraní” y reafirmar su derecho a la legítima defensa.
Una segunda hipótesis apunta a la búsqueda de Teherán de internacionalizar el conflicto mediante acciones asimétricas, elevando los costos económicos y energéticos asociados a la guerra para favorecer una eventual desescalada. En este marco, la disrupción del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz y los ataques a refinerías e instalaciones energéticas del Golfo han contribuido a un aumento significativo del precio global de los hidrocarburos.
Una tercera explicación podría responder a una lógica estrictamente militar: aumentar el consumo de misiles interceptores por parte de las baterías antimisiles desplegadas en la región con el objetivo de reducir la capacidad defensiva de las fuerzas proestadounidenses en el mediano plazo.
A diferencia de Israel —donde las opciones de ataque iraní se encuentran más limitadas por la distancia—, las monarquías del Golfo están al alcance de un abanico mucho más amplio de sistemas de armas. Esto significa que, incluso si el arsenal iraní de misiles de largo alcance se reduce, Teherán podría continuar ejerciendo presión mediante proyectiles de corto y medio alcance, mucho más numerosos.
Hasta ahora, los Estados del Golfo han logrado tasas de intercepción relativamente exitosas. Sin embargo, no está claro cuánto tiempo podrán sostener el actual ritmo de consumo de interceptores. Esto dependerá en gran medida de la capacidad de Estados Unidos para reponer estos sistemas y de la rapidez con la que las fuerzas estadounidenses e israelíes logren degradar las capacidades misilísticas y de drones de Irán.
En el plano defensivo, las monarquías del Golfo han desempeñado un papel activo. Sin embargo, en el plano ofensivo han optado por una postura de moderación. Hasta el momento, se han limitado a condenar los ataques iraníes y a reafirmar su derecho a la legítima defensa.
Esta actitud probablemente responda a su interés en evitar una escalada mayor que pueda arrastrarlas a una guerra abierta con Irán y agravar los costos económicos, energéticos y reputacionales del conflicto. Aunque históricamente han percibido a Irán como su principal amenaza interestatal, un colapso del Estado iraní tampoco responde a sus intereses estratégicos. Para estas monarquías, la prioridad sigue siendo la estabilidad geopolítica, condición necesaria para atraer inversiones y avanzar en sus planes de modernización económica.
Este punto resulta particularmente relevante si se tiene en cuenta que las monarquías del Golfo se preparan desde hace tiempo para enfrentar una eventual caída de la demanda global de hidrocarburos y la progresiva reducción de sus reservas. En este contexto, iniciativas como Visión Saudí 2030, Visión Nacional de Catar 2030, Visión Económica de Baréin 2030, Visión Omán 2040, Nuevo Kuwait 2035 y Nosotros EAU 2031 buscan diversificar sus economías y aumentar el peso de los sectores no petroleros en el PBI.
Los mayores avances en esta dirección se han producido en Emiratos Árabes Unidos, donde las actividades no vinculadas al petróleo ya representan aproximadamente el 75 % del PBI. Esto se debe a la estrategia del país de convertirse en un hub económico, logístico y turístico global, sector este último que ya está sufriendo —y probablemente seguirá sufriendo— las consecuencias del conflicto.
Otro factor que puede explicar la cautela de las monarquías del Golfo es la participación activa de Israel en la guerra. Un involucramiento militar directo junto a Tel Aviv podría generar descontento entre sus poblaciones —mayoritariamente identificadas con la causa palestina— y dañar su imagen en el mundo árabe-musulmán, especialmente en los países que aún no han normalizado relaciones con Israel.
Este dilema recuerda en cierta medida a la guerra del Golfo de 1991, cuando Estados Unidos solicitó a Israel que se abstuviera de responder a los ataques con misiles Scud lanzados por el Irak de Saddam Hussein para preservar la cohesión de la coalición internacional.
Sin embargo, si el volumen y la eficacia de los ataques iraníes continúan aumentando, la negativa de los miembros del CCG a emplear la fuerza podría resultar contraproducente. Una postura excesivamente pasiva podría afectar su credibilidad militar y debilitar su capacidad de disuasión futura, una cuestión particularmente sensible para Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, dos países que aspiran a ejercer un rol de liderazgo en el mundo árabe.
Además, los ataques contra infraestructura energética y las disrupciones en el tráfico marítimo del estrecho de Ormuz representan una amenaza directa a los intereses vitales de las monarquías del Golfo. Sus economías están profundamente integradas en el comercio internacional y dependen en gran medida de la exportación de hidrocarburos.
En términos clausewitzianos, los ataques contra su capacidad de producir y exportar petróleo y gas constituyen un golpe a su centro de gravedad económico, y por lo tanto una amenaza potencial al contrato social que sustenta la estabilidad de estos regímenes: la obediencia política de la ciudadanía a cambio de seguridad y amplios beneficios sociales financiados por la renta petrolera.
En caso de optar por una respuesta ofensiva, las monarquías del Golfo cuentan con capacidades militares significativas para llevar a cabo represalias limitadas o incluso participar en la campaña aérea. Los Estados del CCG poseen algunos de los presupuestos de defensa más elevados del mundo y operan plataformas aéreas occidentales altamente avanzadas, como los cazabombarderos F-15 y los cazas F-16, Rafale y Eurofighter.
Asimismo, sus fuerzas aéreas están integradas en la arquitectura de seguridad estadounidense y participan regularmente en ejercicios militares organizados por el CENTCOM. Además, los Estados del Golfo han adquirido experiencia en operaciones conjuntas en campañas como la Operación Amanecer de la Odisea en Libia (2011), la Operación Resolución Inherente contra el ISIS (2014) y la Operación Tormenta Decisiva en Yemen (2015), aunque su desempeño en esta última ha sido objeto de críticas por parte de analistas militares.
En definitiva, el papel que adopten las monarquías del Golfo en el conflicto dependerá menos de sus capacidades militares —que son considerables— que de sus cálculos políticos sobre los costos de involucrarse en una escalada regional aún mayor.
Conclusión
Con una escalada que, lejos de disminuir, parece intensificarse día a día, queda por ver si los actores del Golfo mantendrán su postura moderada o si, con el paso del tiempo, estarán dispuestos a sumarse a la contienda de manera más activa.
Lo que sí parece seguro es que, tras los ataques recibidos por parte de su vecino, los vínculos entre Irán y las monarquías del Golfo ya no serán los mismos. Cuando la guerra concluya, las relaciones entre estos actores probablemente ingresen en una nueva etapa.
Antes de la guerra entre Israel y Hamas desencadenada tras el ataque del 7 de octubre de 2023, la región atravesaba una etapa marcada por una fuerte apuesta a la estabilidad y por la priorización de los intereses económico-comerciales. En el Golfo, además, se observaba un proceso de distensión impulsado por el levantamiento del bloqueo sobre Catar en 2021 y por la normalización de relaciones diplomáticas entre Irán y Arabia Saudita en 2023.
Sin embargo, el regreso de la calma, la reconstrucción de la confianza y la superación de las actuales percepciones de amenaza demandarán, a la luz de los acontecimientos recientes, mucho más que simplemente el paso del tiempo.


