Artículos de opinión

La cumbre Trump-Xi Jinping como expresión de la hegemonía compartida. Consecuencias estructurales para América Latina y la Argentina

Por Juan Pablo Laporte.

La cumbre Trump-Xi Jinping como expresión de la hegemonía compartida. Consecuencias estructurales para América Latina y la Argentina

La cumbre celebrada en Beijing en mayo de 2026 entre Donald Trump y Xi Jinping constituye la manifestación diplomática más nítida de la "hegemonía compartida" dentro de un orden global estructurado de forma cuadrangular y multidimensional. Lejos de encaminarse hacia una no polaridad o una nueva bipolaridad, el sistema internacional evidencia un estado de equilibrio dinámico basado en una profunda interdependencia entre el norte occidental y el norte oriental, así como entre un sur occidental y un sur oriental. Esta realidad se traduce en una asimetría narrativa institucionalizada y en un decoupling selectivo y administrado, donde las dimensiones de defensa y seguridad permanecen como alineamientos duros con líneas rojas explícitas. Por su parte, los flujos económicos y tecnológicos se negocian con flexibilidad transaccional para evitar costos sistémicos intolerables para ambas potencias.

Para América Latina y la Argentina situada en el cuadrante del sur occidental, esta configuración agudiza el dilema operativo de administrar simultáneamente un alineamiento activo con el bloque occidental en seguridad y una intensa conectividad comercial con el norte oriental. La cumbre demuestra que la diplomacia transaccional de Washington no garantizan una protección coalicional automática para sus aliados periféricos, al tiempo que los acuerdos bilaterales de las superpotencias pueden desviar flujos comerciales clave. 

En este escenario, una política exterior estratégica no se construye mediante un plegamiento automático ni con una autonomía ilusoria, sino mediante el desarrollo de una capacidad agencial y estatal selectiva que implemente un realismo neodesarrollista.

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Introducción

La cumbre celebrada en Beijing los días 14 y 15 de mayo de 2026 entre Donald Trump y Xi Jinping admite múltiples lecturas. Una interpretación realista clásica la describiría como un episodio de administración de rivalidad entre dos grandes potencias, en línea con el dilema formulado por Allison (2017) y rescatado de manera elocuente por el presidente de China. Una lectura liberal-institucionalista subrayaría la cooperación selectiva en Ormuz y los mecanismos de previsibilidad construidos en torno a la futura visita del presidente chino a Washington. Una lectura constructivista enfatizaría las narrativas asimétricas de los discursos oficiales como construcción de significados, sentidos y narrativas políticas divergentes.

Cada una de esas lecturas interpreta aspectos parciales del fenómeno, pero ninguna logra articular simultáneamente las seis dimensiones del funcionamiento del orden global (la sociopolítica, la coalicional, la económica, la de defensa y seguridad, la tecnológica y la ideológica) ni explica la asimetría estructural entre el reordenamiento de circuitos establecidos y la construcción de circuitos alternativos de poder. El marco de la interdependencia hegemónica que hemos teorizado (Laporte, 2023a) ofrece, a nuestro juicio, una capacidad explicativa holística que postula que el orden global contemporáneo no transita ni hacia una unipolaridad restaurada, ni hacia una nueva bipolaridad clásica, ni hacia una no polaridad, sino hacia una condición estructural en la que la preponderancia interdependiente y asimétrica existe, pero está distribuida entre dos constelaciones de poder —un norte occidental y un norte oriental— que monopolizan circuitos diferenciados, irreemplazables y superpuestos del sistema internacional. Esta matriz interpretativa del poder da lugar a una hegemonía compartida que estructura una interdependencia hegemónica cuadrangular (Laporte, 2023b) y holográfica (Laporte, 2025) al sumar el sur occidental y el sur oriental de un sur global ya dividido en el poder real —aunque unificado en su narrativa performativa aspiracional—.  

Aplicar este marco teórico a la cumbre de Beijing 2026 permite, por una parte, leer el episodio como manifestación empírica de esta hegemonía compartida en curso; por otra parte, identificar cuál de las tres trayectorias evolutivas que el marco hipotetiza —restauración del norte occidental, consolidación de la preponderancia ascendente del norte oriental o multipolaridad de equilibrio— resulta reforzada o debilitada por las señales que la cumbre dejó.

Para este fin, este artículo se estructura en cinco partes. Primero, repasa sintéticamente los conceptos centrales del marco conceptual. Segundo, interpreta la cumbre como expresión de la condición de hegemonía compartida. Tercero, descompone su contenido empírico a partir de las seis dimensiones de la interdependencia hegemónica. Cuarto, analiza qué sucede en cada uno de los cuatro cuadrantes —en particular, dentro del sur occidental, donde se ubica la Argentina— en el marco de la cumbre del G2, en palabras de Trump. Quinto, evalúa las tres trayectorias evolutivas y propone una hipótesis prospectiva.

1. Marco teórico. Hegemonía compartida dentro de la interdependencia hegemónica cuadrangular 

El marco de análisis propuesto se construye sobre tres definiciones articuladas que es necesario precisar antes del basamento empírico. Un breve repaso de esta teorización fue expuesto en Hegemonía compartida, en un sur global dividido (Laporte, 2026). 

1.1. Interdependencia hegemónica

Es definida como la estructuración del orden global en circuitos de interconexión múltiples, complejos y profundos, en los que existen actores estatales que monopolizan determinados nodos de poder y producen, por esa vía, una preponderancia asimétrica sobre el resto del sistema. La interdependencia no es la red plana de Keohane y Nye (1977), sino una red jerarquizada en la que la conectividad opera simultáneamente en seis dimensiones —sociopolítica, coalicional, económica, de defensa y seguridad, tecnológica e ideológica— cohesionadas sistémicamente a través de los Estados. La conectividad no respeta las fronteras de la alineación, lo que produce tensiones funcionales entre las dimensiones.

1.2. Hegemonía compartida

Es la forma específica que adopta la interdependencia hegemónica en el actual orden mundial. Esta estructuración se organiza como circuitos dimensionales que se dividen entre dos actores sin que ninguno pueda reconstituir la totalidad de la preponderancia. Su estabilidad no deriva del consenso entre los polos, sino de la dependencia funcional recíproca entre ellos. Así, una desconexión plena resultaría excesivamente costosa para el sistema en su globalidad. Como hemos mencionado, es importante notar tres precisiones conceptuales. En primer lugar, no es multipolaridad, ya que los polos no son equivalentes ni sustituibles. En segundo lugar, no es una bipolaridad clásica o nueva bipolaridad, porque ambos polos están profundamente integrados de manera multidimensional. En tercer lugar, no es un vacío hegemónico o ausencia de hegemonía como un G-Zero World (Bremmer y Roubini, 2011), ya que la hegemonía existe y opera de manera compartida. 

1.3. Matriz cuadrangular

Es la operacionalización espacial de la hegemonía compartida. Estructura el sistema internacional en cuatro espacios dinámicos: (i) el norte occidental (EE. UU., UE, aliados asiáticos y oceánicos como Japón y Australia), que monopoliza los circuitos financieros e institucionales establecidos; (ii) el norte oriental (China como actor central, Rusia, Bielorrusia, Corea del Norte e Irán), que construye circuitos alternativos emergentes; (iii) el sur oriental, formado por miembros plenos y socios de BRICS y que busca expandirse en la BRI, cohesionado por una crítica funcional al orden unipolar occidental más que por una agenda positiva común; (iv) el sur occidental, donde reclasificamos analíticamente a la India por su arbitraje activo y donde se ubica la Argentina, entre otros países. Este espacio ejercita una alineación primaria con el bloque del norte occidental (especialmente Washington en el caso de Argentina), pero con vínculos económicos importantes con el norte oriental.

La distinción crítica entre alineamientos duros (defensa y seguridad) y alineamientos flexibles (las demás dimensiones) permite, finalmente, interpretar la dinámica de un orden que exige adhesión irrestricta en las líneas rojas de la seguridad internacional y tolera la negociación en las demás dimensiones.

1.4. Trayectorias evolutivas posibles

Este marco analítico hipotetiza tres salidas producto de la tensión de la hegemonía compartida global: (a) una restauración del norte occidental, condicionada a la sustitución de manufactura china a costo tolerable y a la consolidación tecnológica antes de que China alcance su autosuficiencia; (b) una consolidación de la preponderancia del norte oriental, condicionada a la internacionalización del yuan, la escala de Cross-Border Interbank Payment System (CIPS) y la autosuficiencia en semiconductores; (c) una multipolaridad de equilibrio como un nuevo “concierto de naciones” que integre a otros países del norte oriental y a algunos de los países del sur en un reforzamiento de las Naciones Unidas con ellos en el Consejo de Seguridad, o la creación de una nueva organización internacional. 

Este marco analítico señala que las dos primeras opciones requieren condiciones que no se cumplirían antes de un horizonte de 2030, y la tercera está en etapas embrionarias, más teóricas que políticas. 

2. La cumbre como episodio de hegemonía compartida 

Antes de desagregar el contenido empírico de la cumbre por dimensiones, es necesario establecer una tesis general: la cumbre Beijing 2026 es la expresión diplomática más nítida hasta la fecha de la condición de hegemonía compartida que el modelo teórico describe. Tres rasgos sustentan esta afirmación.

Primero, la asimetría narrativa de los comunicados oficiales. La cumbre no produjo una declaración conjunta. Cada parte emitió su propia lectura, con coincidencias mínimas. China posicionó el encuentro como base de una “relación constructiva de estabilidad estratégica” —un concepto rector para los próximos tres años—; Estados Unidos lo posicionó como una “serie de transacciones” (soja, Boeing, Ormuz). Esta asimetría descrita es la manifestación discursiva de que ninguno de los dos polos puede imponer al otro el marco interpretativo. Si existiera preponderancia asimétrica sistémica de uno sobre el otro, el polo dominante impondría un comunicado conjunto en sus términos, como lo hizo EE. UU. en buena parte de la diplomacia bilateral durante el unipolarismo de los noventa. La ausencia de un comunicado conjunto y la coexistencia de narrativas paralelas es la marca de la hegemonía compartida entre ambas potencias.

Segundo, la dependencia funcional recíproca manifestada activamente. La cumbre se produce mientras una guerra de Estados Unidos contra Irán bloquea efectivamente el estrecho de Ormuz —el 20 % del comercio global de petróleo y GNL—. China, como el mayor importador de crudo del mundo y principal cliente de Irán, no movilizó su capacidad de presión sobre Teherán de manera pública. EE. UU., quien es el principal productor y exportador, suplementó la oferta global con 3,5 millones de barriles diarios adicionales. En este escenario, el precio del crudo, a pesar de la mayor disrupción de suministro en la historia, se mantuvo en torno a los 100 dólares por barril. Esta convergencia táctica entre potencias rivales no puede ser clasificada como cooperación liberal clásica entre países. Entendemos más bien que es la dinámica de la hegemonía compartida que manifiesta sus postulados. Aquí aparece una primera regla de la hegemonía compartida como hallazgo: cuando ambos polos son funcionalmente dependientes del mismo nodo crítico, surge una administración conjunta del nodo, aun en ausencia de afinidad político-normativa.

Tercero, la asimetría entre alineamientos duros y flexibles. Xi advirtió sobre Taiwán con el lenguaje diplomático más escalado en años al mencionar “choques e incluso conflictos” en el futuro; Trump postergó la decisión sobre el paquete de USD 14.000 millones, afirmó que la última cosa que necesitaba era “una guerra a 9500 millas” y aludió a las Seis Garantías de 1982 como un compromiso del cual podría apartarse (Madhani, Weissert y Mistreanu, 2026). Sin embargo, ambos preservaron el marco formal, en tanto la política norteamericana sobre Taiwán no ha cambiado. Marco Rubio reiteró que sería un “error terrible” que China tomara Taiwán por la fuerza y los presupuestos especiales de defensa taiwaneses fueron aprobados días antes de la cumbre. En este aspecto, la cumbre exhibe exactamente lo que el marco analítico predice como segunda regla: las dimensiones de seguridad permanecen como alineamientos duros con líneas rojas explícitas, mientras las dimensiones económica, tecnológica y comercial se negocian con flexibilidad transaccional.

3. La cumbre analizada por dimensión analítica 

El marco teórico identifica seis dimensiones de la interdependencia hegemónica (Laporte, 2023a). La cumbre operó sobre cinco de ellas, con intensidades y signos distintos. Analizar cada una permite identificar dónde se reforzó la hegemonía compartida, dónde se erosionó y dónde se transformó.

3.1. La dimensión sociopolítica como la coexistencia de modelos de legitimidad

La cumbre confirmó la coexistencia estable de dos modelos de legitimidad incompatibles y en tensión, pero administrados por ambas hegemonías. Xi articuló su propuesta en términos de “transformación no vista en un siglo” y de una “nueva forma de relación entre grandes potencias”, vocabulario propio del orden internacional que el norte oriental construye, anclado en soberanía absoluta, no injerencia y desarrollo. Trump, por su parte, operó en clave transaccional bilateral, sin invocar los valores del orden internacional liberal que el norte occidental tradicionalmente reivindicaba. El silencio sobre derechos humanos (con la excepción puntual de Jimmy Lai, fundador y editor del periódico prodemocracia Apple Daily, que fue condenado a veinte años de prisión por supuestas violaciones a la seguridad nacional), sobre la ausencia de elecciones libres en China o sobre la gobernanza global es analíticamente revelador de las normatividades de cada actor global. 

Esto coincide con el diagnóstico de Walt (2026) sobre la “potencia depredadora” y con la observación de nuestro análisis sobre la fractura interna más relevante del norte occidental: la tensión estructural entre el multilateralismo institucional europeo y el unilateralismo transaccional de la segunda administración Trump. En este sentido, la cumbre acentúa esa ruptura transatlántica. Podemos observar que, al privilegiar la transacción bilateral con Beijing y al pedir a Tokio que “baje el tono” sobre Taiwán, Trump conduce la diplomacia más como un actor del norte occidental que negocia individualmente que como un liderazgo cohesivo coalisional de este cuadrante.

3.2. La dimensión coalicional como el desafío para las arquitecturas occidentales

Esta es la dimensión donde la cumbre produjo los efectos más visibles para la (in)consistencia del norte occidental. La llamada de Trump a la primera ministra japonesa Takaichi inmediatamente después del encuentro, sumada a la confirmación de un pedido previo en noviembre de 2025 de “bajar el tono” (Wei, Schwartz, McGraw y Douglas, 2025) sobre Taiwán, generó en Japón el temor de un Japan Passing —el síntoma característico de un aliado periférico que percibe que el centro hegemónico negocia por encima de sus intereses— (Sim, 2026). La ausencia de mención explícita al Quad, AUKUS o a la Indo-Pacífico Strategy (US Department of State, 2022) en la cumbre, sumada a la omisión de Taiwán en el comunicado norteamericano, debilita simbólicamente las coaliciones tejidas durante la primera administración Trump y la administración Biden.

La cumbre tampoco fortaleció discursivamente las coaliciones del norte oriental, en tanto no hubo mención sustantiva a la asociación China-Rusia, ni a la Shanghai Cooperation Organisation (SCO) ni a los BRICS. Xi se preocupó por proyectar una agenda bilateral con Washington más que en un liderazgo de coalición. Esta omisión es coherente con el rasgo que el marco teórico identifica como característico del norte oriental, que es la asimetría interna profunda, ya que China representa el 82 % de la masa económica del bloque, que hace que se proyecte como actor central sin requerir coordinación coalicional interna.

3.3. La dimensión económica que confirma la integración profunda como factor de estabilidad

La cumbre ratificó empíricamente la tesis central del marco teórico sobre esta dimensión: la integración económica entre EE. UU. y China —641,9 mil millones de dólares de comercio bilateral en 2023 (Office of the United States Trade Representative, 2025)— es el mecanismo que impide que la rivalidad geopolítica devenga en desconexión total. Ninguno de los dos polos puede permitirse la autarquía en esta dimensión y se proyecta como sistémica a la totalidad del vínculo bilateral. En este aspecto, las compras de soja y Boeing anunciadas no son rupturas históricas, sino la continuidad funcional de circuitos económicos profundamente entrelazados que se renegocian en sus términos sin alterar su estructura.

La tregua arancelaria heredada de Busan, Corea del Sur (Dangdai, 2025), con aranceles norteamericanos reducidos del 57 % al 47 % y aranceles chinos sobre fentanilo del 20 % al 10 %, se mantiene formalmente. La declaración de Trump de que “no se discutieron aranceles” y “no se discutieron chips” puede leerse como confirmación de que ambas partes prefieren congelar la conversación sobre los aspectos más conflictivos para preservar la conexión funcional general. Esto encaja exactamente con la lógica de la hegemonía compartida, en tanto lo que estabiliza el sistema no es el acuerdo, sino la dependencia recíproca.

Sin embargo, esta dimensión produce el costo asimétrico más visible para el sur occidental. Las compras chinas de soja norteamericana desplazan, en magnitud, exportaciones argentinas, brasileñas y paraguayas al mercado chino. Así, por ejemplo, Argentina, que en marzo de 2026 había aumentado sus exportaciones a China un 139,3 % interanual lideradas por litio y carne bovina, enfrenta una redistribución de los flujos comerciales motivada por la lógica de la hegemonía compartida y no por movimientos competitivos clásicos (Centro de Economía Internacional, 2026).

3.4. La dimensión de defensa y seguridad como la persistencia del alineamiento duro

Esta es la dimensión donde el marco predice los alineamientos más duros y donde la cumbre, paradójicamente, ofreció el lenguaje más escalado y el contenido más ambiguo. Xi habló de “choques” e incluso “conflictos” al mencionar: “¿Pueden China y Estados Unidos superar la trampa de Tucídides?” (Ministry of Foreign Affairs of the People’s Republic of China, 2026). Trump habló de “no necesitar una guerra a 9500 millas” (Madhani, Weissert y Mistreanu, 2026). Los dos enunciaron las líneas rojas en los términos más explícitos del último ciclo, pero ambos también mostraron disposición a no cruzarlas en el corto plazo.

Trump propuso en la cumbre un acuerdo nuclear trilateral entre Estados Unidos, Rusia y China y declaró haber recibido “una respuesta muy positiva” de Xi. La afirmación proviene del propio Trump y no fue confirmada por el comunicado oficial chino, que omitió el tema. La posición china pública previa y posterior a la cumbre se mantuvo en su rechazo histórico a negociaciones trilaterales de desarme, citando la disparidad de arsenales como razón principal (Altman-Devilbiss, 2026).

El bloqueo del estrecho de Ormuz por parte de Irán y la coordinación táctica de EE. UU. y China para sostener el flujo energético global —sin compromisos explícitos, pero con resultados verificables— ilustra el comportamiento de los polos en dimensiones donde la dependencia funcional supera al alineamiento ideológico. Es el caso paradigmático que el marco anticipa con su prospectiva como otra regla, a saber: cuando una crisis pone en riesgo circuitos críticos para ambos polos, surge una administración compartida sin necesidad de un comunicado oficial conjunto.

3.5. La dimensión tecnológica como la consolidación del decoupling selectivo y administrado

Para nuestro marco analítico, la dimensión tecnológica es la de mayor aceleración y la que más directamente conecta la teoría de la interdependencia hegemónica con la dinámica 2024-2026 que fue confirmada en la cumbre. La presencia del CEO de Nvidia Jensen Huang (Eastl, Ludlow y Bass, 2026), sumada a la información sobre la demora en los aranceles del 100 % a semiconductores anunciados en agosto de 2025, consolida un patrón claro.

Asimismo, se observa un decoupling selectivo administrado. EE. UU. preserva el monopolio sobre semiconductores de frontera, tolera el flujo de chips intermedios a cambio del flujo de tierras raras y magnetos chinos y posterga las medidas que romperían la tregua. China, por su parte, mantiene la suspensión de restricciones a tierras raras como presión sobre las cadenas industriales globales, lo que confirma la “doctrina” del rare earths leverage como contrapeso al chip leverage norteamericano.

Dentro del análisis propuesto, se identifica que China ha cumplido el 86 % de los objetivos de Made in China 2025 (Blaugher, Gordon y Dagher-Margosian, 2025; Boullenois, Black y Rosen, 2025) en tanto ha superado o cumplido metas en cinco de diez sectores estratégicos y ha consolidado capacidad manufacturera en semiconductores fundacionales. La cumbre no introduce ningún elemento que altere esta trayectoria mencionada. Por el contrario, la postergación de los aranceles a chips le otorga a China tiempo adicional para consolidar autosuficiencia en chips de gama media, la condición que entendemos se identifica como la más cercana entre las tres requeridas para la consolidación del norte oriental.

La dimensión tecnológica es, por lo tanto, donde la cumbre opera ambivalentemente en tanto estabiliza la coexistencia en el corto plazo, pero acelera la transición estructural en el mediano plazo. En esta dimensión, el sur occidental enfrenta crecientemente el dilema de elegir entre el ecosistema tecnológico como el 5G, la IA, la infraestructura digital y las plataformas, en un contexto donde la elección tiene costos diplomáticos elevados con la potencia no elegida.

3.6. Dimensión ideológica: hegemonía compartida versus “hegemonía depredadora” como síntoma del interregno

La cumbre fue, en lo ideológico, una performance del interregno que Sanahuja (2022) describe y la hegemonía compartida tensiona y complementa. Trump no defendió valores liberales occidentales, sino que negoció intereses transaccionales norteamericanos. Xi no defendió principios marxistas-leninistas o del tradicionalismo chino; más bien, expuso la soberanía absoluta y el “respeto mutuo entre civilizaciones”. Ambos operaron en un registro posideológico que confirma la observación de Walt (2026) sobre la “hegemonía depredadora”. Esto es, la potencia hegemónica establecida y en descenso ha abandonado la pretensión performativa que distinguía a la hegemonía liberal del siglo XX por una lógica de intereses reales expuestos y cristalizados en los discursos. Por su parte, la potencia en ascenso articula una normativa de armonía universal, pero con claras pretensiones de dominar el orden en formación. Esto da como resultado que ambas potencias operen en un marco de realpolitik sin un claro y convincente envoltorio normativo.

La consecuencia ideológica más significativa es la erosión simbólica del orden internacional basado en reglas, ya claramente no liberal. Si ninguno de los dos polos hegemónicos defiende explícitamente el marco multilateral en una cumbre de esta importancia, los actores del sur oriental y del sur occidental enfrentan un sistema con otra regla: una menor protección normativa y mayor exposición a presiones bilaterales. Esto es exactamente lo que describimos como una de las condiciones dentro de la hegemonía compartida. A saber: en el escenario internacional actual, se observa que las potencias tradicionales carecen de la fuerza necesaria para preservar el orden liberal global. Simultáneamente, ante el desafío de actores con intenciones revisionistas, estos últimos tampoco demuestran poseer la aptitud o la determinación para establecer un sistema mundial alternativo que lo reemplace. Más bien, utilizan el orden existente con cambios, matices y nuevas narrativas de poder. 

4. La cumbre en el marco de la interdependencia hegemónica cuadrangular 

Una de las ventajas analíticas de la propuesta teórica sistémica que teorizamos es que permite interpretar los hechos de la realidad internacional desde los cuatro cuadrantes estructurales del sistema, identificando cómo afecta diferencialmente a cada espacio. Analicemos esta estructuración cuádruple del orden mundial. 

4.1. El norte occidental como cohesión erosionada y una hegemonía nominal sostenida

El cuadrante del norte occidental conserva su preponderancia nominal en la arquitectura institucional internacional (FMI, BM, SWIFT, OTAN), el transitorio monopolio tecnológico y el poder militar convencional. La cumbre no alteró ninguna de estas variables, pero profundizó la fractura interna que el marco identifica como el riesgo estructural del cuadrante. La diplomacia transaccional de Trump operó al margen de las preferencias normativas europeas y de los intereses estratégicos japoneses, y el Japan Passing se materializó como percepción de Tokio. Por su parte, la Unión Europea continúa profundizando su autonomía estratégica en defensa y tecnología, lo cual confirma que la coordinación intracuadrante es cada vez más frágil. Por tanto, el efecto neto para el norte occidental es ambivalente, en tanto se genera una estabilización táctica del frente sino-americano a costa de cohesión coalicional del cuadrante del norte occidental. 

4.2. El norte oriental como ganancia estructural sin necesidad de costos

China obtuvo de la cumbre exactamente lo que el marco teórico predice: tiempo. Tiempo para consolidar autosuficiencia tecnológica en semiconductores intermedios, tiempo para internacionalizar gradualmente el Cross-Border Interbank Payment System (CIPS), tiempo para profundizar la BRI sin la presión de aranceles agresivos, tiempo para amplificar la fractura intraoccidental, tiempo para preparar el escenario de las elecciones taiwanesas y la cumbre de APEC de Shenzhen en noviembre de 2026 (Asia-Pacific Economic Cooperation, 2026). El concepto de “relación constructiva de estabilidad estratégica” que Xi enunció como marco rector para los próximos tres años es funcional a esta estrategia. Este no requiere concesiones, sino estabilidad relativa. En este sentido, la cumbre Beijing 2026 ofreció previsibilidad al sistema internacional como nueva forma de liderarlo.

La preponderancia ascendente del norte oriental como densidad de poder relativo creciente se beneficia particularmente del comportamiento norteamericano. La postergación de aranceles a chips, la flexibilidad en la entrega del paquete de armas a Taiwán y el pedido a Japón de moderar su retórica son tres concesiones simbólicas que, aun sin contrapartida formal, refuerzan la trayectoria del cuadrante. Rusia, que opera como laboratorio donde China observa en tiempo real la resistencia del sistema occidental, ve confirmado el límite de la presión norteamericana. Aquí se observa otra regla de la teorización: la imposibilidad de la potencia en descenso de mantener múltiples conflictos en el orden internacional. Esto se evidencia en que Washington no puede sostener simultáneamente una guerra con Irán, una rivalidad activa con China y un compromiso pleno con Ucrania.

4.3. El sur oriental como oportunidades en un sistema más permisivo

Para el cuadrante del sur oriental —integrado, entre otros, por Brasil, Indonesia, Irán, Sudáfrica, Egipto, los socios BRICS de 2025 y los actores africanos y latinoamericanos alineados al norte oriental—, la cumbre de Beijing constituye una validación implícita de su estrategia. Si las dos potencias hegemónicas se comportan transaccionalmente, sin invocar marcos normativos, los actores del sur oriental ganan margen para profundizar circuitos alternativos (BRICS, CIPS, BRI) sin enfrentar costos coalicionales severos.

El caso de Irán es particularmente revelador porque la cumbre se desarrolló en el día 77 de la guerra que opone al actor más duro del norte oriental con la potencia central del norte occidental. China rechazó pedidos públicos de presionar a Teherán pese a su capacidad de influencia y su dependencia al ser el mayor comprador de crudo iraní. Asimismo, la cumbre confirmó que ni siquiera una guerra activa altera la lógica de los circuitos del norte oriental. Esta es una señal poderosa para los demás actores del sur oriental, en tanto la alineación con el norte oriental ofrece protección política aún en condiciones extremas, lo que refuerza la tracción de este cuadrante. Ciertamente, esto no se traduce en un involucramiento directo en el conflicto de parte de las potencias China y Rusia en favor de Irán. 

Brasil, miembro del sur oriental con vínculos comerciales importantes con EE. UU. y la UE, ilustra el patrón intracuadrante en tanto presidió BRICS en 2025 y firmó el acuerdo Mercosur-UE el mismo año. La cumbre Beijing 2026 le ofrece evidencia adicional de que la doble inserción es una estrategia operativamente viable y no una contradicción que deba resolverse.

4.4. El sur occidental. El cuadrante donde se ubica la Argentina 

Es el espacio que más se transforma con la reclasificación analítica de India como actor con capacidad de multialineamiento, pero con un anclaje más estable en el sur occidental y donde Argentina se juega su futuro con niveles de toma de riesgos de alta densidad estratégica. 

Según nuestro análisis, Argentina se ubica en este cuadrante por el alineamiento estructural no convertido en activo frente a Washington, y con un plegamiento no solicitado por Estados Unidos, alejado de la autonomía estratégica que la teoría y la diplomacia aconsejan. 

En este sentido, la cumbre Beijing 2026 produjo efectos particularmente complejos para este cuadrante de poder. 

Para India, que identificamos como el actor que ejerce un arbitraje activo entre los dos nortes, la cumbre confirma la viabilidad estructural de esa estrategia. Si EE. UU. negocia directamente con China sin coordinar con sus aliados asiáticos, India consolida la legitimidad de su política de alineamiento múltiple: comprar petróleo ruso con descuento, integrar el Quad, mantener membresía en BRICS y SCO, abstenerse en votaciones de la ONU sobre Ucrania. India es el modelo operativo de lo que hemos denominado alineamiento activo (Laporte y Schenoni, 2026), y la cumbre refuerza la racionalidad de ese modelo. Por este concepto entendemos el encuadre estratégico dentro de una dinámica estructural sin márgenes para poder ser modificada por el actor, pero con una autonomía relativa activa para obtener valor agregado en cada dimensión de la interdependencia hegemónica orientado a un desarrollo inclusivo. 

Para México, anclado al norte occidental por el T-MEC, pero con China como segundo socio comercial, la cumbre genera un dilema operativo. Si EE. UU. negocia bilateralmente con China sin coordinar con sus socios del T-MEC, las decisiones de inversión y comercio mexicanas pierden el marco predecible que la integración con Norteamérica les ofrecía.

Para Argentina, el caso es particularmente paradigmático. El marco analítico identifica que el país rechazó formalmente su candidatura a los BRICS en 2023 y adoptó una alineación explícita con Estados Unidos e Israel, con lo que se convirtió en el único caso de retirada voluntaria del bloque oriental en la historia reciente del sistema. Esta caracterización focaliza el rasgo definitorio de la inserción argentina actual como un alineamiento explícito con el norte occidental en la dimensión sociopolítica, coalicional, ideológica y de defensa, simultáneo a una intensa conectividad económica y comercial con el norte oriental.

La cumbre Beijing 2026 expone esa tensión con particular nitidez. El 14 de mayo, mientras Trump y Xi se encontraban en Beijing, el Gobierno argentino aprobó la inclusión en el RIGI del proyecto Cauchari-Olaroz (USD 1240 millones, con Ganfeng Lithium como principal accionista china individual) y del proyecto cuprífero Minera San Jorge (USD 891 millones). El mismo día, en Washington, el asesor presidencial Santiago Caputo recibía señalamientos explícitos de funcionarios e interlocutores de la administración Trump respecto de la presencia china en sectores estratégicos argentinos. Esta simultaneidad no es una contradicción de la Argentina. Estamos en presencia de la expresión empírica exacta de la condición que el marco describe para el sur occidental, donde la conectividad no respeta las fronteras de la alineación y donde los actores del cuadrante son occidentales en seguridad y orientales en comercio de manera simultánea.

La caracterización del marco sobre el sur occidental es contundente. Este contiene el mayor potencial de transformación del orden global y sus países son actores cuya alineación es situacional antes que estructural, y cuya migración hacia el sur oriental, si las condiciones de interdependencia se modifican, tendría implicancias estructurales. La cumbre Beijing 2026 no produce esa migración, pero modifica marginalmente las condiciones que la harían posible. En tanto, si EE. UU. continúa la dinámica de “hegemonía depredadora” y reduce la previsibilidad de sus compromisos coalicionales, los actores del sur occidental enfrentarán incentivos crecientes para reconsiderar la solidez estructural de su alineamiento.

5. Trayectorias prospectivas: ¿qué muestra el análisis después de Beijing?

La pregunta final que el marco instala en las relaciones internacionales es: ¿cuál de las tres trayectorias evolutivas hipotetizadas resulta reforzada, debilitada o transformada por la cumbre Beijing 2026? Analicemos. 

5.1. La restauración del norte occidental se encuentra debilitada

El marco identifica esta trayectoria como la más improbable en el corto plazo. La cumbre Beijing 2026 la debilita aún más, en tres aspectos. Primero, la postergación de aranceles a semiconductores ralentiza el desacople tecnológico que la restauración requiere. Segundo, la fractura intraoccidental se profundiza con un Japón inquieto y una Unión Europea en autonomía estratégica acelerada. Tercero, la propia administración norteamericana abandona la pretensión normativa de la hegemonía liberal, lo cual reduce la capacidad cohesiva del cuadrante. La trayectoria de esta restauración requiere coordinación entre Estados Unidos y la Unión Europea y una reconstrucción simultánea del consenso normativo interno. Contrariamente, la cumbre y su legado sistémico se mueven en una dirección opuesta.

5.2. La consolidación del norte oriental se ve reforzada parcialmente

Aquí, se identifican tres condiciones necesarias para la consolidación de la preponderancia del norte oriental: la internacionalización del yuan, la escala de CIPS comparable a SWIFT y la autosuficiencia en semiconductores avanzados. Esta cumbre bilateral refuerza marginalmente la tercera, dada por la postergación de aranceles a los chips; no afecta las dos primeras, pero ofrece la variable ya mencionada que nuestro análisis enumeraba explícitamente y es la ganancia de tiempo por parte de China para adelantar su desarrollo en todas las dimensiones de la interdependencia hegemónica. La consolidación del norte oriental se beneficia más de la estabilidad sin desacople que de cualquier confrontación abierta. En ese sentido, la cumbre es funcional a la trayectoria del norte oriental sin requerir concesiones.

Sin embargo, la consolidación plena del cuadrante requeriría también una capacidad coalicional que la cumbre no exhibió. China no operó como líder de una coalición, sino como actor central que negocia bilateralmente, y esto no impide esta trayectoria, pero la matiza de manera robusta. El norte oriental podría consolidarse como cuadrante de preponderancia económica y tecnológica sin convertirse en cohesión coalicional comparable a la del norte occidental y sus niveles de institucionalización. 

5.3. La multipolaridad de equilibrio como nuevo concierto de naciones se encuentra en un estado embrionario 

El marco identifica esta trayectoria hipotética como estructuralmente más interesante para la reconfiguración del orden internacional y la menos atendida en la literatura, pero que se encuentra en sus etapas más incipientes. La cumbre no aceleró la construcción de circuitos propios por parte de los espacios del sur. India continúa con su arbitraje activo porque opera por defecto y no requiere de aceleradores externos. Brasil mantuvo su doble inserción. Argentina aprobó simultáneamente acuerdos con ambos polos, pero con una retórica explícita de alineamiento duro con Estados Unidos. 

Ninguno de estos comportamientos constituye una construcción de un tercer polo de circuitos alternativos de confrontación en el esquema cuadrangular descrito. La trayectoria de una multipolaridad de equilibrio requiere arquitecturas financieras, tecnológicas y coalicionales propias para un sur global idealizado. La cumbre no produjo nada que las acelere, pero tampoco las obstaculizó en el imaginario y las narrativas performativas. 

La cumbre entre ambos presidentes dejó algo claro y medible como regla sistémico-estructural: el orden global se organiza bajo una hegemonía compartida en una estructuración cuadrangular de poder matriciado por seis dimensiones. 

5.4. Hipótesis prospectiva. Una hegemonía compartida como estado de equilibrio dinámico

La conclusión del análisis de la cumbre de Beijing 2026 es que ninguna de las tres trayectorias evolutivas se desencadenará en el corto plazo, en tanto confirma que la hegemonía compartida no es una transición fugaz hacia otra configuración, sino un estado estructural de equilibrio dinámico que puede sostenerse por años o décadas.

Tres factores sustentan esta hipótesis. Primero, la dependencia funcional recíproca que el marco identifica como mecanismo estabilizador opera en tiempo real, como la coordinación tácita en Ormuz así lo demuestra. Segundo, las tres condiciones de inestabilidad —ruptura de la interdependencia funcional, escalada en alineamientos duros, erosión interna de uno de los polos— no se activan luego de la cumbre. Por el contrario, la cumbre desacelera la protección de Washington en Taiwán, mantiene la interdependencia funcional comercial y, aunque profundiza la fractura intraoccidental, no produce el colapso interno de ninguno de los dos polos. Tercero, la cumbre proyecta un horizonte de tres momentos para la “estabilidad estratégica constructiva” explicitada por Xi, con próximas reuniones como el G20 en Florida, la APEC en Shenzhen y la visita de Estado de Xi a Estados Unidos en el otoño boreal. 

De este modo, afirmamos que el marco utilizado hipotetiza alineamientos duros en defensa y seguridad y flexibles en las demás dimensiones como regla de difícil modificación en este orden en transición. Esto confirma que la pasada cumbre de Beijing 2026 institucionaliza diplomáticamente la configuración de la hegemonía compartida. 

6. Implicancias para Argentina en el marco del sur occidental

El análisis que hemos realizado sitúa a la Argentina explícitamente en el cuadrante del sur occidental, con dos rasgos distintivos: su alineamiento explícito y duro con el norte occidental (específicamente con Estados Unidos e Israel) y la confirmación del rechazo formal a los BRICS manifestada en 2023, pero con un importante comercio con Asia en general y China en particular.

En este sentido, como resultado matricial del análisis de la cumbre de Beijing 2026, entendemos que este encuentro confirma, para esta posición estructural del país, cuatro implicancias específicas.

Primera. En el análisis general, el alineamiento duro con Estados Unidos no genera una protección coalicional simétrica, pese a su característica de automático y pleno. La cumbre muestra que Washington negocia bilateralmente con Beijing sin coordinar plenamente con los aliados periféricos del cuadrante. Por extensión, Argentina no debería esperar que su alineamiento con EE. UU. opere como garantía coalicional automática frente a tensiones con China, con la Unión Europea o con países vecinos. El alineamiento es simbólico pero robusto; no obstante, esto no debe leerse como coalicional pleno. Ciertamente, existen excepciones sustantivas, como fue la ayuda financiera recibida por parte del Tesoro norteamericano. 

Segunda. La interconectividad económica con el norte oriental es estructural, no contingente. Durante 2025, el 73 % del litio argentino se dirigió a China (Dirección Nacional de Promoción y Economía Minera, 2025), las exportaciones a China aumentaron 139,3 % interanual en marzo de 2026 (Instituto Nacional de Estadística y Censos [INDEC], 2026); el swap con el Banco Popular de China continúa siendo un componente del régimen financiero externo. Estos no son desviaciones que se deban corregir mediante el endurecimiento con alineamiento con Estados Unidos, sino que son la expresión empírica de que Argentina vive en el marco de la hegemonía compartida. Pretender modificar esa interconectividad es asumir costos económicos elevados; preservarla es asumir costos diplomáticos con Washington. Una política exterior madura debe administrar ambas series de costos simultáneamente con una autonomía activa y estratégica, no meramente declarativa.

Tercera. Es posible mantener una política exterior diversificada estratégicamente. Por un lado, un alineamiento hemisférico con Estados Unidos, que es estructural y no modificable desde la autonomía en el plano coalicional y de seguridad. Por otro lado, un pragmatismo activo en el plano económico y subnacional con China. Esta posibilidad de segmentación muestra lo que el marco teórico describe como la tensión característica del sur occidental, en tanto no es incoherencia, sino la condición estructural del cuadrante de pertenencia.

Cuarta. El marco teórico identifica que el sur occidental contiene el mayor potencial de transformación del sistema porque sus actores tienen una alineación estructural en algunos aspectos, pero situacional y con márgenes de autonomía en otros. Si las condiciones de interdependencia se modifican —por ejemplo, si EE. UU. profundiza su comportamiento de “hegemonía depredadora” y reduce la previsibilidad coalicional, o si China ofrece términos de inversión y comercio crecientemente ventajosos a través de canales subnacionales—, la migración argentina hacia configuraciones más cercanas al sur oriental no requeriría una decisión política estratégica explícita. Así, podría producirse por acumulación de microdecisiones provinciales, sectoriales y empresariales. 

Entendemos que esta es la lección operativa más relevante de la cumbre para la política exterior argentina: el alineamiento estructural se sostiene no solo por declaraciones, sino por capacidad estatal internacional para administrar la doble interconexión de manera coherente.

7. Hipótesis específica para Argentina derivada de la cumbre en el marco de la interdependencia cuadrangular

La cumbre de Beijing 2026 confirma que el orden global opera bajo la condición de hegemonía compartida que distribuye preponderancias asimétricas entre dos constelaciones de poder profundamente interconectadas y no sustituibles en un orden cuadrangular de seis dimensiones.

Argentina, situada estructuralmente en el cuadrante del sur occidental con un alineamiento explícito al norte occidental y una interconectividad económica intensa con el norte oriental, no enfrenta la disyuntiva entre alinearse con un polo u otro. El país se enmarca en el desafío de administrar simultáneamente las seis dimensiones de la interdependencia hegemónica con un multialineamiento activo dividido en duros y flexibles según el cuadrante con el que vaya a relacionarse. 

En este sentido, el alineamiento duro corresponde solo a la dimensión de defensa y seguridad, así como, en este caso, también a la dimensión ideológica. Por otra parte, las dimensiones económica, comercial, tecnológica y coalicional admiten una flexibilidad relativa. La autonomía estratégica argentina relevante en 2026 no se construye eligiendo un cuadrante exclusivo, sino desarrollando capacidad agencial para operar consistentemente en cada cuadrante desde una posición estratégica multidimensional. 

Esta hipótesis difiere del alineamiento automático como plegamiento o seguidismo. Asimismo, se aleja de la equidistancia idealista y de la autonomía ideacional. Toma del marco teórico la noción de que los alineamientos duros solo aplican a la dimensión de seguridad, y propone construir una política exterior segmentada por dimensión que reconozca la condición estructural del cuadrante en lugar de buscar resolverla por la vía declarativa.

Conclusiones

La cumbre Trump-Xi de Beijing del 14 y 15 de mayo de 2026, leída a la luz del marco de la interdependencia hegemónica cuadrangular y la hegemonía compartida, ofrece cinco hallazgos centrales.

Primero. La cumbre es la manifestación diplomática más nítida hasta la fecha de la condición de hegemonía compartida. Ningún polo puede imponer al otro el marco interpretativo, narrativo ni discursivo; la dependencia funcional recíproca opera en tiempo real como en el caso Ormuz; los alineamientos duros en la defensa y la seguridad internacional se preservan mientras los flexibles, como la economía y el comercio, se negocian. La asimetría narrativa de los comunicados oficiales no es defecto diplomático, sino expresión estructural de la hegemonía compartida. 

Segundo. Las seis dimensiones de la interdependencia hegemónica operaron diferencialmente. La dimensión sociopolítica e ideológica confirma la “hegemonía depredadora” como rasgo del actual ciclo norteamericano. La dimensión coalicional muestra la fractura interna del norte occidental. La dimensión económica confirma la integración funcional profunda. La dimensión de la defensa exhibe alineamientos duros de carácter estructural. Finalmente, la dimensión tecnológica consolida el decoupling selectivo administrado.

Tercero. Los cuatro cuadrantes recibieron efectos diferenciales. El norte occidental, una cohesión erosionada y una hegemonía nominal sostenida. El norte oriental, una ganancia estructural sin contrapartida formal. El sur oriental, una validación implícita de su estrategia. El sur occidental, donde Argentina se ubica, un aumento del dilema operativo entre alineamiento occidental e interconectividad oriental.

Cuarto. Ninguna de las tres trayectorias evolutivas se desencadena en el corto plazo. La restauración del norte occidental se debilita; la consolidación del norte oriental se refuerza parcialmente sin volverse inminente; la multipolaridad de equilibrio permanece embrionaria. 

Quinto. Para Argentina, situada en el sur occidental, la cumbre confirma que la condición estructural del cuadrante exige administrar simultáneamente las seis dimensiones de la interdependencia hegemónica. La autonomía en 2026 no se construye eligiendo un cuadrante exclusivo, sino desarrollando capacidad estatal para operar consistentemente en cada dimensión desde una posición estratégica de multialineamiento realista, pero con claras jerarquías en las líneas rojas del hemisferio. 

La cumbre de Beijing 2026 no inaugura una nueva fase del orden global. Más bien, confirma con elocuencia la fase en curso como un sistema de preponderancias asimétricas distribuidas, dependencias funcionales recíprocas y alineamientos diferenciados según cada dimensión. Para los actores del sur occidental, esa confirmación es operativamente útil, en tanto permite abandonar el debate falso entre el alineamiento automático como seguidismo, la equidistancia simétrica y la autonomía ilusoria

Ante este dilema, se presenta el siguiente interrogante: ¿cómo construir capacidad político-estatal para la inserción internacional que administre la condición estructural de este orden en transición? La única respuesta robusta en términos históricos, comparados y teóricos es plantear como política exterior de Estado un realismo neodesarrollista dentro de la interdependencia hegemónica teorizada.