Comentarios estratégicos

El vacío de las reglas: pertenencia e instituciones en el nuevo realismo político

Por Constanza Mazzina.

El vacío de las reglas: pertenencia e instituciones  en el nuevo realismo político

El artículo analiza la transformación del orden internacional posterior a la Guerra Fría y sostiene que la actual crisis global representa el agotamiento definitivo del paradigma liberal que predominó desde 1989. Frente a la expectativa de una expansión irreversible de la democracia, los derechos humanos y la cooperación multilateral, el escenario contemporáneo evidencia el retorno de la lógica de poder propia de la realpolitik. Se argumenta que el debilitamiento de organismos internacionales como la ONU no responde principalmente a recientes giros soberanistas occidentales, sino a la acción sostenida de potencias revisionistas —particularmente China, Rusia e Irán— que han erosionado las normas del orden liberal desde dentro. 

En este contexto, la denominada “cooperación sur-sur” es interpretada como una narrativa que encubre nuevas relaciones de dependencia, especialmente respecto de China, más que como un mecanismo genuino de autonomía internacional. Asimismo, el trabajo examina la transición desde un sistema basado en el libre comercio y la interdependencia hacia esquemas de friend-shoring y minilateralismo, organizados en torno a identidades, valores y percepciones compartidas de seguridad. Aunque reconoce la erosión del orden liberal, sostiene que ello no implica necesariamente el declive de la primacía estadounidense, dada su persistente centralidad económica, tecnológica y estratégica. 

Finalmente, concluye que, para los países periféricos, la principal garantía de soberanía frente al avance de las potencias autoritarias reside en el fortalecimiento de las instituciones republicanas, el Estado de derecho y los mecanismos democráticos de control, más que en estrategias de neutralidad o alineamientos basados exclusivamente en criterios geográficos.

_____________________

Introducción

La atmósfera global que emergió con posterioridad a 1989 no solo transformó el mapa geopolítico, sino que consolidó la célebre tesis de Fukuyama (1992) sobre el “fin de la historia”: un escenario donde el fin de la Guerra Fría significaba la derrota final del totalitarismo y el triunfo definitivo de la democracia liberal. Durante tres décadas, el sistema internacional operó bajo una premisa que condensaba el ideal de la pos Guerra Fría: la convicción de que el arraigo de los derechos humanos, la democracia representativa y la expansión del libre mercado habían vuelto obsoletos los antagonismos sistémicos, lo que instaló la idea de que las grandes guerras de “poder duro” eran una etapa definitivamente superada por la cooperación internacional. Se asumió que la interdependencia económica erosionaría las ambiciones soberanistas y que los organismos multilaterales garantizarían la paz perpetua.

Hoy asistimos al inevitable ocaso de esa ilusión. Lo que está ocurriendo en el tablero internacional expresa el regreso descarnado de la realpolitik y marca el fin definitivo de aquel paréntesis idealista. En este nuevo escenario, las líneas de fractura del mundo dejan de organizarse en torno a categorías geográficas como “norte” o “sur” y pasan a estructurarse alrededor de factores mucho más profundos: la pertenencia, la identidad y los valores compartidos. Sobre las ruinas de esa ilusión, emerge una cuestión que excede lo meramente geopolítico y adquiere un carácter existencial: ¿cuáles son los axiomas que definirán la gramática del poder en un mundo que ha renunciado a la universalidad de los valores liberales? ¿Qué sucede cuando el vacío dejado por la parálisis de las democracias occidentales es llenado por una lógica donde la voluntad de dominio es la única regla fundante?

El quiebre del multilateralismo y sus falsas causalidades

Para comprender la profundidad de la crisis actual, es indispensable analizar qué ha ocurrido con los organismos internacionales y los espacios de cooperación. Foros como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), diseñados para ser los templos seculares de la cooperación democrática, han sufrido un vaciamiento ético y funcional sin precedentes y se transformaron a menudo en escenarios de inoperancia o en plataformas de validación para regímenes que desprecian sus principios fundacionales.

Existe una lectura corriente que atribuye la ruptura de este orden basado en reglas a los recientes giros soberanistas y transaccionales en la política exterior de las potencias occidentales —particularmente en Estados Unidos—. Semejante premisa, con todo, omite que tales liderazgos no quebraron la institucionalidad liberal de la pos Guerra Fría, sino que son la consecuencia directa de un orden que ya estaba roto. ¿Quiénes lo rompieron? No fue un actor solitario, sino la acción combinada y oportunista de un eje revisionista. China —mediante su penetración económica y diplomática—, Rusia —a través de la violación flagrante de la soberanía territorial— e Irán —desafiando la seguridad regional y los derechos fundamentales— erosionaron sistemáticamente las normas internacionales desde adentro, aprovechando la complacencia de un Occidente tecnocrático que priorizó la eficiencia financiera y descuidó la defensa activa de sus valores políticos.

De la cooperación democrática a la "cooperación autocrática" y la narrativa sur-sur

Este quiebre normativo ha trastocado la naturaleza de la diplomacia global. La cooperación democrática original, orientada a la homologación de estándares de libertad y derechos, ha quedado a la deriva. En su lugar, ha emergido con fuerza un sustituto: la cooperación autocrática, un pacto estrictamente transaccional entre regímenes iliberales cuyo único nexo común es el deseo de hacer del mundo un lugar seguro para el autoritarismo.

Para viabilizar este avance, las potencias revisionistas han adoptado una nueva muletilla retórica: la supuesta “cooperación sur-sur". Presentada por académicos y diplomáticos críticos de Occidente como una herramienta emancipatoria para “fortalecer la posición internacional" y diversificar alianzas, en la práctica opera de manera inversa. Lejos de generar autonomía, la cooperación sur-sur funciona hoy como una fachada discursiva que encubre una asimetría brutal, transformando la pretendida diversificación en una dependencia directa, financiera y tecnológica de Pekín.

El ascenso de China bajo esta modalidad abre un debate crucial en la teoría de las relaciones internacionales sobre si estamos ante una mera alteración de las reglas o una transición hacia un cambio estructural completo. Para teóricos como John Ikenberry (2008), Pekín busca una alteración interna de los organismos existentes para amoldarlos a sus intereses. Más allá de esta dinámica institucional, autores como Hal Brands (2025) sostienen que presenciamos la erosión definitiva del orden internacional liberal y una transición hacia una era de intensa competencia entre grandes potencias, donde las autocracias revisionistas buscan moldear un entorno global seguro para sus propios intereses.

Las lecciones de la historia y la persistente preeminencia de EE. UU.

Ante este avance, gran parte de la narrativa contemporánea se ha apresurado a decretar la decadencia terminal de Occidente. Sin embargo, el propio Brands, en su análisis sobre las lecciones de la Guerra Fría (Lessons from the new Cold War, 2025), nos recuerda que las competencias entre grandes potencias son maratones de resistencia multidimensional donde las alianzas basadas en valores y la resiliencia estructural lo son todo.

Desde esta perspectiva, respaldada por la literatura de académicos como Michael Beckley (2018), se evidencia que el fin del orden internacional liberal no equivale automáticamente al fin de la preeminencia norteamericana. Estados Unidos conserva el control de los nodos estructurales del sistema global: el dólar sigue siendo la moneda de refugio indiscutible y las patentes clave de la revolución tecnológica (desde los semiconductores avanzados hasta la inteligencia artificial) siguen estando firmemente en manos de su ecosistema corporativo y científico. La historia demuestra que las coaliciones cohesionadas por una pertenencia profunda a principios democráticos y de seguridad compartida poseen una flexibilidad y capacidad de regeneración que los pactos puramente transaccionales de la cooperación autocrática —o la subordinación disfrazada de sur-sur— no pueden replicar.

Del libre comercio al minilateralismo de pertenencia

Esta colisión estratégica ha transformado la naturaleza de la economía internacional. La ventaja comparativa y la eficiencia técnica han sido desplazadas por la seguridad nacional y la resiliencia de las cadenas de suministro.

El paradigma actual es la fragmentación a través del friend-shoring (la decisión de comerciar, financiar y cooperar exclusivamente con aquellos socios con los que se comparte una matriz de valores y una confianza predecible). Su correlato directo es la atomización del escenario internacional en esquemas minilaterales. Las potencias ya no buscan el consenso universal de la ONU, sino la agilidad de coaliciones más pequeñas unidas por una clara identidad de propósitos. Occidente se atrinchera en alianzas de seguridad y tecnología como el AUKUS (EE. UU., Reino Unido, Australia) y el Quad (EE. UU., Japón, Australia, India), mientras que el eje autocrático y los Estados desafiantes expanden y consolidan el espacio de los BRICS+, instrumentalizando las narrativas de alineación alternativa.

Conclusión: la encrucijada de la pertenencia institucional

Para aquellos países que se encuentran geográficamente distantes de los grandes centros de toma de decisiones, pero históricamente ligados a la tradición jurídica y política de Occidente, este cambio de paradigma abandona el terreno de la abstracción teórica y se convierte en un desafío existencial para su estabilidad interna.

El riesgo latente ya no es estrictamente comercial, sino institucional. La literatura sobre economía política e instituciones inclusivas —como la propuesta por Acemoglu y Robinson (2012)— ha demostrado que la vulnerabilidad de una nación ante la influencia y la coerción externas es directamente proporcional a la debilidad de sus instituciones internas. Caer en la seducción retórica de la “cooperación sur-sur" y aceptar la llegada de capitales sin condicionamiento democrático o la captura de infraestructura crítica en sectores estratégicos (energía, puertos, telecomunicaciones) prospera allí donde los contrapesos locales son laxos, complacientes o, incluso, inexistentes. En este contexto de fragmentación, la narrativa de la cooperación sur-sur —presentada falsamente como una vía de autonomía frente a Occidente— funciona en la práctica como una trampa retórica: lejos de ofrecer una alternativa emancipatoria, termina subordinando a los países periféricos a una dependencia directa de los objetivos estratégicos de Pekín.

En un mundo donde el realismo político ha regresado y el multilateralismo tradicional ha dejado de defender sus propios fundamentos normativos, la mejor defensa geopolítica no radica en un pragmatismo ciego, en una neutralidad ficticia o en una retórica de bloques geográficos ideados para encubrir nuevas dependencias. Radica, precisamente, en asumir con claridad la propia pertenencia institucional. La solidez de las instituciones republicanas, la división de poderes, la transparencia y la vigencia irrestricta del Estado de derecho son los únicos escudos reales frente a las presiones externas. En el escenario internacional contemporáneo, la debilidad de las reglas propias es siempre la oportunidad de la fuerza extranjera; blindar la calidad institucional y el Estado de derecho es, en última instancia, la única estrategia real para preservar la soberanía nacional ante el avance del nuevo autoritarismo global.