Comentarios estratégicos

Desafíos y oportunidades de América Latina: el caso de los minerales críticos

Por Susana Nudelsman.

Desafíos y oportunidades de América Latina: el caso de los minerales críticos

El auge de la descarbonización, la digitalización y la inteligencia artificial ha posicionado a América Latina como un actor clave en la transición hacia energías limpias gracias a su inmensa riqueza en minerales críticos. La región alberga aproximadamente el 40% de la producción mundial de cobre (liderada por Chile y Perú), la mitad de las reservas globales de litio (concentradas en el Triángulo del Litio entre Argentina, Bolivia y Chile), además de importantes reservas de níquel y tierras raras. Esta dotación excepcional abre una ventana de oportunidades para atraer inversiones extranjeras masivas, diversificar las canastas de exportación hacia productos más complejos y potenciar la productividad local mediante el procesamiento y refinamiento local de los materiales. Casos como el de Argentina ejemplifican este potencial, donde el impulso de la minería del litio y el cobre —respaldado por incentivos a grandes inversiones y un entorno geopolítico pacífico que favorece estrategias de near-shoring— perfila a la región como un nodo de suministro confiable y seguro para los mercados occidentales frente a las tensiones globales.

Sin embargo, para capitalizar estas oportunidades, América Latina debe superar profundos desafíos estructurales y macroeconómicos en un contexto internacional marcado por la incertidumbre y las tensiones geopolíticas. Las economías locales se enfrentan a escenarios financieros limitados, bajo crecimiento de la productividad y el riesgo inminente de caer en la "maldición de los recursos" o la "enfermedad holandesa", dinámicas históricas donde los ingresos extraordinarios por materias primas provocan gasto público procíclico, apreciación cambiaria y debilidad institucional. El texto advierte que la mera abundancia de recursos no garantiza el desarrollo económico. Por lo tanto, el verdadero reto para los hacedores de políticas radica en diseñar estrategias de largo plazo que promuevan la innovación, la protección ambiental y la creación de fondos de estabilización macroeconómica (como el modelo del cobre en Chile) que permitan transformar la riqueza efímera del subsuelo en un crecimiento estructural, equitativo y sostenible.

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La coyuntura internacional es compleja y presenta tanto aspectos sombríos como prometedores. Tras superar mayores barreras comerciales y una elevada incertidumbre el año pasado, la economía global se enfrenta actualmente a cambios bruscos, originados principalmente por el incremento de las tensiones comerciales y la creciente incertidumbre en las políticas globales, especialmente las de índole geopolítica. Las reformas estructurales, el avance en las negociaciones comerciales y las ganancias de productividad derivadas de la inteligencia artificial pueden mitigar los efectos del panorama actual. Sin embargo, parece prevalecer un panorama global pesimista. Se proyecta un crecimiento global del 3,1 % en 2026, seguido de una leve recuperación en 2027 y un aumento moderado de la inflación mundial para después retomar su descenso el próximo año. A su vez, se prevé una desaceleración particularmente pronunciada del crecimiento y un aumento de la inflación en las economías emergentes y en desarrollo (International Monetary Fund, 2026, pp. 1, 7).

En este contexto, en 2025 las economías de América Latina han mostrado un desempeño caracterizado por su resiliencia, que contrasta con episodios anteriores de incertidumbre global, asociadas con salidas de capital, fuertes depreciaciones monetarias y tensiones financieras. Este logro sugiere que los lineamientos de política fiscal y monetaria en el marco de un fortalecimiento institucional han sido positivos. En la coyuntura actual, los desafíos con los que la región debe lidiar son varios. Por un lado, escenarios financieros limitados, niveles de inversión variables e instrumentos financieros digitales en aumento condicionan los flujos de capital y la estabilidad macroeconómica restringiendo las cuentas fiscales y externas, y poniendo en riesgo la credibilidad de las políticas nacionales que permiten a las economías permanecer resilientes. Por otro lado, las limitaciones estructurales, básicamente el reducido crecimiento de la productividad, comprimen la capacidad de la región para producir incrementos de ingresos sostenidos. A pesar de ello, el incremento en la demanda de minerales críticos, provocado por la tendencia a la descarbonización, la digitalización y la inteligencia artificial, ha generado significativas oportunidades en cuanto a inversión, exportaciones y mejora de la productividad (Ayres y Juvenal, 2026, pp. 1, 14-15).

Por su parte, el impacto del conflicto desatado por el cierre en el estrecho de Ormuz sobre el acervo de energía y bienes primarios está aumentado la inflación, limitando las condiciones financieras y ralentizando el crecimiento. La crisis energética plantea riesgos para los importadores de combustible y fertilizantes, y, aunque se vislumbran tensiones financieras, también surgen oportunidades de inversión que aminoran el riesgo en un panorama geopolítico inestable. Algunas economías de la región como Argentina, Brasil y Guyana tienen la posibilidad de atraer inversiones en sectores energéticos que les permitan disminuir su dependencia de cadenas de suministro globales concentradas. Otras como Chile pueden acelerar la inversión en energías renovables para disminuir su necesidad de importar energía (Albe y Millán Mejía, 2026).

En particular, las fuentes de energías renovables, como la biomasa, la energía hidroeléctrica, la eólica, la solar y los sistemas hidrotérmicos, son todas neutras en carbono y prácticamente no generan emisiones, mientras que su infraestructura se basa en gran parte en el níquel, el cobre, el aluminio y los elementos de tierras raras para su construcción y operatividad. Además, son notablemente más intensivas en minerales que las tecnologías basadas en combustibles fósiles en términos de los insumos materiales utilizados por cada unidad de producción. Así, por ejemplo, la fabricación de baterías con un rendimiento elevado se basa en buena medida en el níquel, el litio, el grafito y el cobalto; la expansión de las redes eléctricas y la integración de fuentes renovables en la red requieren del cobre; la fabricación de los imanes permanentes que se utilizan en las turbinas eólicas y los motores eléctricos necesitan elementos de las tierras raras, como el neodimio y el disprosio; y el níquel y el cromo son insumos primordiales para la energía geotérmica (United Nations Commission for Trade and Development [UNCTAD], 2026, p. 6).

En América Latina, la distribución geográfica de minerales críticos es diversa. El cobre sigue siendo el mineral principal, con Chile y Perú suministrando en conjunto aproximadamente el 40 % de la producción mundial, en consonancia con su participación combinada de alrededor del 35 % de las reservas mundiales. La región también exhibe las mayores reservas de litio del mundo, el llamado triángulo del litio conformado por Argentina, Bolivia y Chile que contiene la mitad de las reservas mundiales y cuenta con alrededor del 16 % de las reservas mundiales de níquel y el 23 % de las tierras raras (Ayres y Juvenal, 2026, p. 22). 

Según la International Energy Agency (2023; 2025, p. 370), América Latina juega un papel significativo en esta transición. Las energías renovables generan el 60 % de la electricidad de la región —el doble de la media mundial—, mientras que algunos de los mejores recursos eólicos y solares del mundo se encuentran en países como Brasil, México, Chile y Argentina. La utilización de la bioenergía está muy extendida en la región, que ya registra importantes montos por exportación de biocombustibles. Así pues, América Latina tiene el potencial de contribuir notablemente a la transición hacia energías limpias y a la seguridad energética global, así como de promover su propia transformación y crear ventajas sustanciales para las economías locales. La ampliación de la capacidad de procesar y refinar los minerales extraídos podría beneficiar a las economías locales y contribuir a diversificar las cadenas de suministro a nivel mundial.

Respecto a la inserción en el mercado internacional, Hausmann (2025, p. 143) enfatiza que las exportaciones son un factor crucial para el crecimiento, y los países que crecen muestran un crecimiento exportador más que proporcional. En numerosas economías emergentes y en desarrollo, el crecimiento está estrechamente relacionado con las oscilaciones externas de los precios de exportación y con las variaciones en los flujos internacionales de capital. Las economías que crecen rápidamente y de manera sostenida cambian significativamente la estructura de su canasta de exportaciones, pasando a incluir productos nuevos y más complejos. El foco en las exportaciones, en el margen intensivo, pero, sobre todo, en el margen extensivo, puede contribuir a un crecimiento sostenido. Además, las actividades de exportación, expuestas a una competencia más intensa, suelen verse beneficiadas con avances en productividad y tecnología más veloces que otras áreas económicas. En otras palabras, el desempeño exportador importa para el crecimiento.

Al respecto, Ayres y Juvenal (2026, pp. 29, 35-36) advierten sobre la importancia de evitar la así llamada "maldición de los recursos" evidenciada en el hecho de que numerosos países con abundantes recursos naturales han tenido un rendimiento inferior al de sus homólogos con menos recursos. Este fenómeno puede generarse por el aumento del gasto procíclico resultante de los ingresos extraordinarios provenientes de los recursos naturales, por la apreciación de la moneda causada por el auge de recursos naturales que debilita a otros sectores, lo que se conoce como “enfermedad holandesa”, y por la búsqueda de rentas mediante la manipulación de las políticas públicas sin crear nueva riqueza minando la estabilidad social, política y económica. 

Además, el destino de los ingresos no es un punto trivial. La caída de los costos de las materias primas en la década del 2010, tras el auge de la década previa, puso en evidencia que los precios altos habían ocultado las debilidades estructurales de América Latina. Los ingresos extraordinarios debilitaron con frecuencia los incentivos para el mejoramiento institucional, promovieron un gasto procíclico y llevaron a los países a una situación de tensión fiscal y macroeconómica. La experiencia mundial demuestra que este camino no es irremediable mientras que, en la región, el caso de Chile es paradigmático, con su Fondo de Estabilización Económica y Social en Chile principalmente ligado a los ingresos del cobre, que permitió evitar la maldición de los recursos. 

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (2025, p. 1), el futuro se ve alentador para la economía argentina. Las cifras indican que la recuperación, tras dos años consecutivos de contracción, se refleja en un aumento del 4,3 % del producto interno bruto en 2025 y una tasa de inflación anual del 31 %, significativamente inferior al 118 % registrado en 2024. Se proyecta que la actividad económica crezca en un porcentaje ligeramente menor en 2026 al del año anterior, impulsada principalmente por las exportaciones y la inversión en sectores primarios estratégicos como los hidrocarburos y la minería. El impulso de Argentina como exportador de petróleo y gas, apalancado en Vaca Muerta, es un factor sumamente favorable en la coyuntura económica y geopolítica actual. En conjunto, este escenario supone que el país está en condiciones de mejorar su acceso al crédito internacional y refinanciar sus vencimientos de deuda. 

En relación con los minerales críticos, el Centro de Economía Internacional (2026, pp. 20, 25, 27) especifica que, en 2025, Argentina contribuyó con el 7,9 % a la producción mundial de litio (el quinto lugar), aportó el 5,8 % en la producción de boro (el sexto lugar), el 3,1 % en la producción de plata (el décimo puesto), el 1,4 % a la producción internacional de oro (dentro de los 20 principales productores) y un 0,2 % a la producción total de estroncio (el quinto productor a escala mundial). Su riqueza mineral le brinda al país la posibilidad de establecerse como un proveedor importante en un mercado mundial en crecimiento en lo que se refiere a algunos minerales críticos, especialmente el litio y el cobre. El primero ubica al país como el quinto productor a nivel global y con potencial de seguir creciendo, y el segundo está en camino a producirse y exportarse a gran escala debido a proyectos ya en marcha. A la tradicional producción de plata y oro, se le añade una amplia gama de proyectos de inversión en diferentes fases de avance en minerales críticos muy solicitados como zinc, manganeso, níquel, grafito, niobio, tungsteno, antimonio, estaño, fluorita, hierro y tierras raras. La presencia de recursos aún sin aprovechar en un entorno de expectativas de demanda estable a largo plazo favorece la expansión de la oferta global y la reducción de la concentración actual. Cabe destacar que, tal como la experiencia histórica ha demostrado, el simple hecho de contar con recursos naturales no asegura grandes beneficios. El avance del sector necesita, además, estrategias que fomenten la inversión, la innovación, la protección del medioambiente y la inclusión en cadenas de mayor valor.

Asimismo, en el contexto de una política exterior que hace hincapié en la estabilización macroeconómica y la atracción de inversiones, con la minería como motor de las exportaciones y la generación de divisas, se prevé un incremento acelerado en la capacidad de producción de litio, así como el desarrollo del cobre, respaldados por marcos de inversión recientes como, por ejemplo, el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) y autorizaciones para proyectos específicos. Esta iniciativa se presenta como una de las principales estrategias a fin de captar inversiones extranjeras en proyectos de gran magnitud en áreas clave como la minería (UNCTAD, 2026, p. 35). 

Por su parte, las estrategias de friend-shoring y near-shoring consolidan a Argentina como un nodo de integración para Estados Unidos y Europa. El despliegue de relaciones diplomáticas y comerciales del país es altamente ventajoso en términos de atracción de inversiones extranjeras, creación de empleo de calidad y posicionamiento como proveedor confiable de materias primas elaboradas, alimentos y servicios de alto valor para mercados occidentales como Estados Unidos y Europa. Además, los líderes de Argentina y de América Latina en general son vistos como los más motivados para lograr la paz vis-à-vis los de otras áreas. Aunque han ocurrido momentos de tensión, América Latina no ha sido el epicentro de conflictos bélicos internacionales que, en cambio, han afectado a otras latitudes en los últimos treinta años (Latinometrics, 2025).

En una clasificación internacional que examina elementos como violencia, conflictos tanto internos como externos, criminalidad, militarización y relaciones con países vecinos, Argentina ocupa el lugar 46; es el país más pacífico de América Latina y solo es superado por Canadá en el hemisferio occidental. Las políticas de ajuste del Gobierno no provocaron movilizaciones masivas ni disturbios en la medida esperada y los riesgos de inestabilidad política se mantuvieron bajo control. La reducción de la inflación y el desempleo también ayudó a reducir los riesgos para la estabilidad política, mientras que la recuperación económica que dio inicio en la segunda mitad de 2024 contribuyó a suavizar los efectos de los esfuerzos de consolidación fiscal (Institute for Economics & Peace, 2025, pp. 16-17). 

En suma, la transición de los sistemas energéticos convencionales a aquellos basados en energías limpias representa una gran oportunidad para que América Latina amplíe sus posibilidades de producción, diversifique sus economías y acelere la transformación estructural mediante el aprovechamiento de su riqueza mineral. A su vez, ello requiere que los hacedores de política redoblen esfuerzos para atraer inversión privada, fortalecer el capital humano y elevar la calidad institucional. El panorama para Argentina es igualmente promisorio. Como expresó el expresidente del Banco Interamericano de Desarrollo Enrique Iglesias (2026), el país “cuenta con una dotación de recursos naturales y humanas excepcional”, por lo que “si hay un país que tiene condiciones para crecer bien y mejor, es la Argentina”.