Comentarios estratégicos

La guerra de Irán y sus implicancias en Medio Oriente

Por Said Chaya.

La guerra de Irán y sus implicancias en Medio Oriente

Estados Unidos e Irán se encontraban en un proceso de negociación cuando comenzaron los ataques. Conforme a los resultados de la reunión que se había llevado a cabo en Ginebra, que eran bastante positivos, la posibilidad del ataque estadounidense parecía dilatarse, por lo menos hasta el final de la mediación promovida por Omán. Las rondas eran necesarias, especialmente después de la caída del acuerdo que regulaba la producción nuclear iraní, situación que los máximos referentes de la OIEA consideraban riesgosa. En la búsqueda del cambio de régimen promovida por Donald Trump, sobrevuela una pregunta: ¿quién será tan valiente como para sentarse a negociar con Estados Unidos en el marco de estos antecedentes? 

Sin embargo, el shock therapy del presidente estadounidense está durando más de lo esperado. Con las elecciones de medio término en ciernes, en Washington están buscando una salida elegante al conflicto. Más allá de los anuncios de cambio de régimen, Trump buscaba generar un nuevo liderazgo en Irán que, consciente de la necesidad de su supervivencia y en reconocimiento a la capacidad de fuego de la gran potencia norteamericana, inclinara al menos levemente su cabeza y se mostrara proclive al diálogo. Nada de eso sucedió, y las esperanzas en torno a la irrupción de una “Delcy” iraní comenzaron a desvanecerse. Indudablemente, la muerte del líder supremo Ali Jameneí luego de más de 36 años en el poder constituyó un hecho simbólico de primer orden, pero no caló tan hondo como se esperaba en el funcionamiento de la burocracia revolucionaria. El ayatolá, con sus 86 años, ya tenía una edad avanzada, por lo que la posibilidad de su sucesión ya estaba sobre la mesa desde hacía largo tiempo. Junto con ello, la hipótesis de un conflicto a gran escala se evaluaba por lo menos desde la llegada al poder del presidente Mahmoud Ahmadinejad en 2005, en tiempos del llamado “eje del mal”. Irán llevaba dos décadas preparándose para este momento. A propósito de George Bush, vale decir que este contaba con el apoyo del Congreso y una amplia mayoría de la población para llevar adelante las campañas de Afganistán e Irak, además del acuerdo de algunos socios europeos. Trump, en cambio, no se molestó en buscar consensos en su país o entre sus aliados para concretar esta campaña militar. 

En el marco de este contexto bélico y también en sus semanas previas, es capital reconocer los esfuerzos que llevó adelante por la diplomacia saudita para evitar un escenario como el actual. No solo presionó a los demás miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, sino que además intentó contener especialmente, luego de los ataques iniciales por parte de Irán, a los Emiratos Árabes, principal receptor regional de las incursiones aéreas ordenadas desde Teherán. Sin embargo, todo tiene un límite y el descontento acabó por extenderse. En Abu Dabi la posición favorable a la ruptura de relaciones con la República Islámica se impuso rápidamente. Baréin, signatario de los Acuerdos de Abraham al igual que los Emiratos Árabes, suspendió el proceso de restablecimiento del vínculo diplomático, interrumpido desde 2016. Casi la mitad de la población bahreiní es chiita; incluso se denunciaron algunos disturbios en Manama en medio de los ataques iraníes, dirigidos contra Estados Unidos. 

Tanto Catar como Omán se sintieron defraudados por ser víctimas de los ataques iraníes. Pero ellos no son los únicos descontentos. Ambos, junto con Arabia Saudita, comprenden bien los alcances de vivir en una región volátil y buscaban evitar el ataque estadounidense. Catar, que mantuvo una relación cordial con Irán incluso sobre el final de la década pasada, cuando el vínculo con Riad era muy conflictivo, se siente traicionado. En estos momentos, parece no haber diálogo posible; mucho menos después de que las autoridades cataríes ordenaron la detención de cuadros de la Guardia Revolucionaria que residían en el país. También Omán se siente traicionado, especialmente después de haber auspiciado las negociaciones con Estados Unidos, más allá del resultado. Aunque Teherán sostiene que sus objetivos son exclusivamente las bases militares de Estados Unidos desde las cuales se lanzan ataques contra su territorio, la evidencia demuestra una realidad distinta, ya que la infraestructura civil en los países del golfo Pérsico también ha sido blanco de sus ataques. Mientras tanto, el factor yemení reposa en el sur, listo para sumarse al conflicto junto a Teherán de ser necesario. Los hutíes son una herramienta de disuasión para los países de la zona, un “arma” que puede ser desenfundada en un futuro próximo.

Israel está luchando su batalla más importante de los últimos años, esta vez contra Irán, su némesis, en un contexto vital para la existencia del Estado judío. La expresión ataque preventivo que Israel usó para fundamentar su ataque junto a Estados Unidos responde a principios muy precisos del derecho internacional y, en el contexto de su fundamentación, resultan un tanto dudosos. En el marco de la guerra, su primer ministro, Benjamin Netanyahu, emergió fortalecido, ya que las encuestas muestran un crecimiento de su imagen. Este dato es particularmente relevante, dada la cercanía de las elecciones legislativas de octubre. Israel como hegemón regional en ascenso, con un perfil tecnológico y armamentístico de primer orden, logró dominar la situación y eliminar amenazas a su seguridad mientras extendía peligrosamente la guerra de Gaza a toda la región. La otra guerra, la de la opinión pública, parece tener sin cuidado al líder israelí. El Medio Oriente se encuentra en un proceso de reconfiguración de nuevas alianzas y rearme y, tarde o temprano, va a cuestionar su liderazgo, como sucedió con otros que antes gozaron de la misma posición. 

El Líbano está atrapado entre las presiones de Hezbolá, que desobedece a un Gobierno electo constitucionalmente y con respaldo popular, y las ambiciones israelíes, que buscan recrear en el sur del país una “zona de seguridad” que sirva como separación entre ellos y las milicias desplegadas en el Líbano. A nivel interno, la posición de Hezbolá aísla a la comunidad chiita (que reúne algo menos de un tercio de los ciudadanos del país) del resto de los grupos religiosos que lo habitan. 

Además, quita al Líbano la única herramienta con la que contaba para defenderse del poderío israelí: denunciar las incursiones ilegales del vecino ante organismos internacionales. Desde que el alto al fuego entró en vigencia, Israel violó miles de veces el espacio aéreo y territorial libanés, y esas situaciones fueron notificadas a Estados Unidos y la ONU, que mediaron en el acuerdo, aunque sin consecuencias aparentes. El ataque de Hezbolá le dio la excusa para darlo por anulado. El Gobierno libanés, finalmente, pasó al brazo armado de Hezbolá a la ilegalidad y detuvo a algunos militantes de bajo rango; además, anuló el acuerdo de visas con Irán. Nada de esto parece suficiente. Mientras tanto, las autoridades israelíes fuerzan el desplazamiento de más de quinientas mil personas, en una movida que recuerda mucho a lo que sucedió en Gaza. 

El futuro de Irán permanece sombrío, aunque, por lo pronto, parece dispuesto a pelear esta guerra que, a su modo, también considera como “existencial”. Al momento de los ataques, el país se encontraba atravesado por una triple crisis de legitimidad política, la necesidad de una reforma social y una grave crisis económica. Aunque los ataques han puesto al país en una situación crítica, es difícil afirmar que lograrán una suerte de apoyo a la posición israelo-estadounidense. Imaginar una revolución dirigida desde afuera es difícil en un país con un enorme orgullo nacional y casi tres milenios de historia. Si la revolución sobrevive, el Estado que emergerá de este conflicto será mucho menos confiable para los países del Golfo, que buscarán redefinir su relación con Estados Unidos. 

En el fondo, Trump confía en que la situación se resuelva próximamente y en la percepción de que una costosa guerra aparentemente lejana y ajena no impactará en su desempeño electoral. El presidente, dueño de un estilo muy personal, está acostumbrado al éxito: salió indemne del ataque al Capitolio en 2021, azuzó verbalmente a sus “amigos” europeos con la anexión de Groenlandia, se proclamó victorioso tras los ataques a Irán en 2025 y pudo extraer al presidente venezolano Nicolás Maduro sin mayores consecuencias internacionales. Sin embargo, deberá estar atento: como dice un viejo proverbio persa, “en ocasiones, la suerte puede ser esquiva como una gacela”.