Comentarios estratégicos

Diez años después del Brexit. Un referéndum que cambió al Reino Unido, y también a Europa

Por Patricio Degiorgis.

Diez años después del Brexit. Un referéndum que cambió al Reino Unido, y también a Europa

A una década del referéndum de 2016, el Brexit se consolida como un histórico punto de inflexión que provocó un profundo sismo político e institucional en el Reino Unido, evidenciado en la constante sucesión de gobiernos y en la visibilización de fracturas sociales latentes. Aunque se concibió bajo la promesa de recuperar soberanía y dinamismo económico, la realidad diez años después muestra un balance menos favorable de lo esperado: el comercio con la Unión Europea se ha vuelto más costoso y burocrático, la inversión ha perdido fuerza y han resurgido tensiones territoriales en Escocia e Irlanda del Norte. Con la llegada de nuevos liderazgos laboristas, el país parece haber dejado atrás la confrontación ideológica para adoptar un enfoque más pragmático, centrado en coexistir con las consecuencias de la ruptura en lugar de revertirla.

Por otro lado, el impacto del Brexit transformó la dinámica de la Unión Europea, la cual, lejos de fragmentarse como muchos vaticinaban, demostró una cohesión inusual durante las negociaciones y fortaleció su conciencia política frente a desafíos posteriores. El desencanto actual de la opinión pública británica refleja que las promesas de soluciones simples para problemas complejos no se cumplieron, convirtiendo este proceso en un caso de estudio global sobre los límites del populismo y las tensiones entre globalización e identidad nacional. En definitiva, a diez años del referéndum, la historia demuestra que los grandes dilemas contemporáneos de la gobernabilidad, la prosperidad y la soberanía se gestionan en una compleja gama de grises.

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Hay acontecimientos políticos cuyo verdadero significado solo puede comprenderse con el paso del tiempo. El referéndum del 23 de junio de 2016, mediante el cual el 51,9 % de los británicos decidió abandonar la Unión Europea, pertenece a esa categoría. A una década de aquella jornada histórica, resulta evidente que el Brexit fue mucho más que una decisión sobre la pertenencia a un proceso de integración regional. Constituyó un punto de inflexión para el Reino Unido, modificó el equilibrio político europeo y se convirtió en uno de los principales símbolos del avance de los movimientos nacionalistas y soberanistas en Occidente.

Diez años después, las promesas y los temores que dominaron aquella campaña pueden analizarse con mayor serenidad. El tiempo ha despejado buena parte de la retórica y lo que permanece es una realidad mucho más compleja que la imaginada tanto por sus defensores como por sus detractores.

La primera consecuencia fue política. Ningún acontecimiento de la historia británica reciente provocó semejante sismo institucional. David Cameron, impulsor del referéndum con la convicción de que se obtendría una victoria del Bremain, presentó su renuncia apenas conocido el resultado. Le siguieron Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, y Rishi Sunak, en una sucesión de Gobiernos que reflejó las enormes dificultades para transformar un eslogan político en una política de Estado. La salida de la Unión Europea terminó consumándose recién en 2020, luego de años de negociaciones, bloqueos parlamentarios y una profunda polarización política.

 

A ese ciclo convulso se sumó un nuevo cambio de Gobierno en 2024, con la llegada del laborista Keir Starmer primero, y de Andy Burnham después, tras la larga etapa conservadora. Pero este giro no implicó una revisión del Brexit, aunque sí marcó el cierre de una fase dominada por la confrontación ideológica, abriendo otra más pragmática, centrada en administrar las consecuencias de la ruptura antes que en reabrir el debate sobre su legitimidad. En otras palabras, y diez años después, el Reino Unido parece haber aceptado que el Brexit ya no es un debate sobre el pasado, sino una realidad con la que debe convivir, y la cuestión pasa por cómo hacerlo sin seguir acumulando costos políticos, económicos y sociales

Paradójicamente, el Brexit, concebido como un mecanismo para “recuperar el control”, terminó exhibiendo las limitaciones del sistema político británico para gestionar una decisión de semejante magnitud. La estabilidad institucional —una de las principales fortalezas del Reino Unido durante décadas, si no siglos— sufrió un desgaste inédito.

Pero el impacto fue mucho más profundo que el mero cambio de Gobiernos. El referéndum dejó al descubierto fracturas sociales que permanecían latentes. La división entre Londres y el resto del país, entre generaciones jóvenes y mayores, entre ciudadanos con educación universitaria y sectores industriales afectados por la globalización adquirió una intensidad desconocida. Y el Brexit no creó esas diferencias, sino que las hizo más visibles.

Por primera vez en mucho tiempo, amplios sectores de la población expresaron sentirse ajenos a las decisiones de las élites políticas, económicas y culturales. En ese sentido, el voto por abandonar la Unión Europea fue también un voto de protesta frente a un modelo de globalización cuyos beneficios muchos consideraban distribuidos de manera desigual. Esa dimensión sociológica explica por qué el debate trascendió ampliamente las cuestiones comerciales o jurídicas. Para millones de británicos, la discusión giraba alrededor de la identidad nacional, la soberanía, el control migratorio y el derecho a decidir sin condicionamientos externos.

Por otro lado, la economía, naturalmente, ocupó el centro del debate durante estos diez años. Los defensores del Brexit prometían mayor crecimiento, libertad regulatoria, nuevos acuerdos comerciales y una economía más dinámica fuera del mercado único europeo. Los críticos advertían sobre una disminución del comercio, menores inversiones y pérdida de competitividad. Y la realidad volvió a ubicarse en un punto intermedio, aunque con un balance que hoy numerosos economistas consideran menos favorable de lo esperado.

Es cierto que el Reino Unido logró negociar acuerdos comerciales con diversos países y recuperó autonomía regulatoria en múltiples áreas. Sin embargo, el comercio con la Unión Europea —que continúa siendo su principal socio económico— se volvió más costoso y burocrático. Numerosas pequeñas y medianas empresas encontraron dificultades para exportar al continente, mientras que sectores como la pesca, la agricultura y parte de la industria manufacturera enfrentaron obstáculos que antes no existían. Diversos estudios estiman que el crecimiento económico británico ha sido inferior al que probablemente habría experimentado permaneciendo dentro del bloque comunitario. La productividad continúa mostrando debilidades y la inversión extranjera perdió parte del dinamismo que caracterizó al Reino Unido durante décadas como principal puerta de entrada al mercado europeo.

Naturalmente, sería un acto de deshonestidad intelectual atribuir todos esos problemas solo al Brexit, ya que la pandemia, la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, la inflación global y las transformaciones tecnológicas también condicionaron de forma decisiva la evolución económica británica. Precisamente por ello, aislar el impacto específico del Brexit resulta complejo desde el punto de vista metodológico. Sin embargo, reducir estos diez años únicamente a un balance económico sería un error.

Existe también una dimensión territorial que continúa abierta. Escocia volvió a plantear con fuerza la posibilidad de celebrar un nuevo referéndum de independencia, argumentando que la mayoría de los escoceses votó por permanecer en la Unión Europea. Irlanda del Norte, por su parte, quedó atrapada en una delicada ingeniería institucional destinada a evitar una frontera física con la República de Irlanda, uno de los pilares fundamentales de los Acuerdos del Viernes Santo. Así, lejos de fortalecer la cohesión territorial británica, el Brexit reactivó debates identitarios que parecían parcialmente superados.

Dicho esto, el Brexit modificó también la forma en que Europa se percibe a sí misma. Durante décadas, la integración europea había avanzado bajo la premisa de que el proceso era irreversible. Sin embargo, la salida británica demostró que un Estado miembro podía abandonar voluntariamente el proyecto supranacional, y esa posibilidad —hasta entonces casi impensable— obligó a Bruselas a replantear parte de su estrategia política.

 

Paradójicamente, el efecto inmediato no fue una desintegración en cadena —como algunos pronosticaban—, sino una Unión Europea que supo responder con rapidez mostrando una inusual cohesión durante las negociaciones con Londres. En esa línea, la invasión a gran escala rusa a Ucrania reforzaría a partir de 2022 esa misma dinámica de unidad.

Quizás esa sea una de las grandes paradojas de esta historia. Mientras el Brexit debilitó al Reino Unido en varios aspectos, terminó fortaleciendo la conciencia política de la propia Unión Europea.

Y todo esto derivó en que, diez años después del referéndum, también cambiara la opinión pública británica. Diversas encuestas muestran que una proporción creciente de ciudadanos considera que abandonar la Unión no produjo los beneficios esperados. Ello no implica necesariamente un consenso favorable al reingreso, sino que refleja más bien una sensación de desencanto con un debate que durante años prometió soluciones simples para problemas extraordinariamente complejos.

Los cambios de Gobierno en Londres parecen confirmar esa tendencia. El nuevo poder laborista no ha planteado una marcha atrás, pero sí una relación menos dogmática con Bruselas, más orientada a la cooperación práctica que a la épica soberanista. Ese matiz es importante, ya que el Reino Unido no está corrigiendo el Brexit, sino que está aprendiendo a vivir con él. Y ese aprendizaje —aunque menos grandilocuente que las promesas de 2016— probablemente sea el signo más claro de madurez política que ha dejado esta década.

El Reino Unido pareciera haber ingresado en una etapa más pragmática. El objetivo ya no consiste en reabrir la discusión sobre el Brexit de forma permanente, sino en construir una relación más funcional con sus vecinos europeos, sin renunciar a la decisión adoptada democráticamente hace diez años.

Y así, el Brexit deja una enseñanza que trasciende ampliamente las fronteras británicas. Las democracias contemporáneas enfrentan tensiones crecientes entre integración y soberanía, entre apertura y protección, entre los beneficios de la globalización y las demandas de quienes sienten haber quedado al margen de ella. Ignorar cualquiera de esas dimensiones suele conducir a respuestas políticas incompletas.

En esa línea, diez años después, el Brexit ya no representa únicamente un episodio de la política británica, sino que se ha convertido en un caso de estudio sobre los límites del populismo, las dificultades para gestionar sociedades profundamente divididas y los desafíos que enfrentan las democracias para reconciliar identidad, prosperidad y gobernabilidad. Quizás, la principal lección sea precisamente que los grandes dilemas de nuestro tiempo rara vez admiten respuestas binarias y, mientras el referéndum de 2016 solo ofreció un “sí” o un “no”, la historia, en cambio, continúa escribiéndose en una amplia gama de grises.