Comentarios estratégicos

Alineamiento y sustituibilidad estratégica. Argentina y Paraguay en un contexto de competencia entre grandes potencias

Por Julieta H. Heduvan.

Alineamiento y sustituibilidad estratégica. Argentina y Paraguay en un contexto de competencia entre grandes potencias

El artículo analiza las políticas exteriores de Argentina y Paraguay en el contexto de la creciente competencia estratégica entre Estados Unidos y China, destacando una convergencia reciente hacia Washington que se manifiesta en altos niveles de coincidencia de voto en la ONU e integraciones en iniciativas regionales promovidas por sectores conservadores norteamericanos. Sin embargo, se sostiene que las trayectorias de ambos países responden a estructuras de oportunidad radicalmente distintas debido a la "sustituibilidad" de sus vínculos externos; mientras que Argentina ejerce un alineamiento ideológico sin romper sus lazos económicos centrales con China, Paraguay opera bajo una restricción histórica al mantener relaciones diplomáticas con Taiwán y carecer de vínculos oficiales con Beijing. Así, el texto distingue dos tipos de bandwagoning: Argentina practica un alineamiento con alternativa estructural donde coexisten dos relaciones de relevancia sistémica, mientras que Paraguay se alinea desde una posición de vínculo único donde la opción china nunca estuvo plenamente disponible. La autora concluye que esta divergencia altera los costos de oportunidad y los riesgos estratégicos de cada nación, advirtiendo que, si bien la aproximación a Washington busca réditos inmediatos, también incrementa la vulnerabilidad y la dependencia de ambos Estados ante los giros en la política doméstica y las prioridades de Estados Unidos.

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La creciente competencia estratégica entre Estados Unidos y China ha reconfigurado los incentivos y restricciones que enfrentan los Estados periféricos en el sistema internacional. Aunque el escenario contemporáneo aún dista de la rigidez bipolar que caracterizó a la Guerra Fría, la rivalidad entre ambas potencias ha comenzado a influir cada vez más en las decisiones de política exterior de países que buscan maximizar beneficios económicos, políticos y de seguridad sin quedar atrapados en una lógica de alineamientos excluyentes. En este contexto, América Latina se ha convertido en un espacio donde conviven estrategias de diversificación, pragmatismo y acercamiento selectivo hacia uno u otro polo de poder.

Argentina y Paraguay constituyen dos casos particularmente interesantes para analizar estas dinámicas. Durante 2024, ambos países se ubicaron entre los Estados latinoamericanos con mayores niveles de coincidencia de voto con Estados Unidos en las resoluciones consideradas prioritarias por Washington en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Paralelamente, los Gobiernos de Javier Milei y Santiago Peña profundizaron sus vínculos políticos con Washington, fortalecieron su participación en nuevas iniciativas hemisféricas promovidas por sectores cercanos a Donald Trump y desarrollaron discursos que reivindican una inserción internacional asociada a Occidente, la democracia liberal y la cooperación estratégica con Estados Unidos.

A simple vista, estas similitudes podrían sugerir la existencia de una estrategia compartida de alineamiento. Sin embargo, una mirada más detenida revela diferencias importantes tanto en los objetivos perseguidos como en las condiciones estructurales desde las cuales cada país desarrolla su política exterior. Mientras Argentina combina su acercamiento político a Estados Unidos con el mantenimiento relativo de vínculos económicos y financieros relevantes con China, Paraguay se encuentra condicionado por una posición histórica que limita su acceso al principal competidor sistémico de Washington, es decir, el mantenimiento de relaciones diplomáticas con Taiwán y la ausencia de reconocimiento a la República Popular China.

Este artículo sostiene que la variable que mejor permite comprender las diferencias entre ambos casos es el grado de sustituibilidad de los vínculos externos. Más allá de los discursos, los gestos diplomáticos o los niveles de coincidencia en organismos multilaterales, la capacidad de un Estado para conservar alternativas de inserción internacional condiciona los costos, beneficios y riesgos asociados a cualquier estrategia de alineamiento. Desde esta perspectiva, Argentina y Paraguay exhiben comportamientos similares, pero parten de estructuras de oportunidad diferentes. Argentina se aproxima a Estados Unidos desde una posición que conserva cierto margen de diversificación estratégica, mientras que Paraguay lo hace desde una configuración donde las alternativas relevantes son considerablemente más limitadas.

A partir de una perspectiva inspirada en el realismo periférico y sus desarrollos posteriores, el trabajo argumenta que ambos países practican formas distintas de bandwagoning. Argentina desarrolla un alineamiento desde una posición de doble vínculo posible, donde el acercamiento a Washington convive con la preservación de canales de interacción con Beijing. En cambio, Paraguay se alinea desde una posición de vínculo único, donde la principal alternativa estratégica nunca estuvo plenamente disponible. Esta diferencia no solo modifica la naturaleza del alineamiento, sino también la forma en que deben evaluarse sus implicancias para la autonomía, la vulnerabilidad externa y la capacidad de adaptación frente a cambios futuros en el sistema internacional.

 

1. Vecinos de una política exterior convergente

Durante los últimos años, la política exterior de Argentina y Paraguay ha mostrado una convergencia creciente hacia Estados Unidos que contrasta con las tendencias predominantes en buena parte de América Latina. Aunque ambos países han mantenido históricamente vínculos variables con Washington, los cambios observados desde finales de 2023 sugieren una profundización de su relacionamiento en términos políticos, diplomáticos y simbólicos. Esta evolución se refleja particularmente en el comportamiento de ambos Gobiernos en organismos multilaterales y en su participación en iniciativas regionales promovidas desde Estados Unidos.

Uno de los indicadores más visibles de esta tendencia es la coincidencia de voto en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Durante el 2024, Argentina y Paraguay se ubicaron entre los países latinoamericanos con mayores niveles de coincidencia de voto con Estados Unidos en las resoluciones consideradas más importantes por Washington en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Mientras el promedio regional alcanzó el 51 %, Argentina registró un 97 % y Paraguay un 84 % (U.S. Department of State, 2025), reflejando una convergencia diplomática excepcional en comparación con el resto de América Latina. Más allá de las diferencias cuantitativas entre ambos países, los datos sugieren la existencia de una orientación compartida hacia una mayor proximidad diplomática con Estados Unidos.

Esta convergencia adquiere mayor relevancia si se considera la naturaleza de las resoluciones involucradas. Las votaciones consideradas prioritarias por Washington durante 2024 incluyeron cuestiones vinculadas a la guerra en Ucrania, las violaciones a los derechos humanos en países como Irán y Siria, la seguridad nuclear y espacial, el empleo de la inteligencia artificial en materia de seguridad internacional y diversas resoluciones vinculadas a Medio Oriente y al conflicto palestino-israelí. También incluyeron debates sobre desarrollo y gobernanza global que visibilizan las crecientes diferencias entre las visiones impulsadas por Estados Unidos y China. En conjunto, estos temas reflejan algunas de las principales líneas de fractura del sistema internacional contemporáneo y, por lo tanto, constituyen una señal útil para identificar preferencias estratégicas de política exterior.

La convergencia también se expresó fuera de las Naciones Unidas. Tanto el Gobierno de Javier Milei como el de Santiago Peña buscaron fortalecer sus vínculos con Washington mediante una diplomacia que enfatizó la cooperación política, económica y de seguridad. Esta orientación estuvo acompañada por la participación en nuevas iniciativas hemisféricas impulsadas desde Estados Unidos, entre ellas, Escudos de las Américas, Pax Silica y otros mecanismos orientados a la coordinación estratégica en áreas como seguridad, infraestructura crítica y tecnologías emergentes.

Estos comportamientos podrían sugerir una trayectoria común de acercamiento a Estados Unidos. Sin embargo, la similitud de los resultados observables no necesariamente implica que ambos países respondan a los mismos incentivos ni que persigan objetivos equivalentes. En un contexto internacional marcado por la creciente competencia entre Washington y Beijing, la posición desde la cual cada Estado construye sus vínculos externos adquiere una importancia central para comprender el significado y los alcances de su alineamiento.

Es precisamente en este punto donde el análisis de Argentina y Paraguay ofrece una oportunidad relevante para reflexionar sobre las distintas modalidades de inserción internacional disponibles para los Estados periféricos. Aunque ambos Gobiernos convergen en su aproximación a Estados Unidos, las condiciones estructurales desde las cuales desarrollan esa estrategia no son necesariamente las mismas. Comprender esas diferencias constituye el principal objetivo de este trabajo.

 

2. Un marco teórico mínimo

Con el fin de dialogar con los trabajos recientes de Luis Schenoni sobre neorrealismo periférico y la propuesta posterior de Federico Merke sobre la construcción de opciones en un mundo transaccional, la intención de este artículo es agregar una dimensión adicional a partir del concepto de sustituibilidad de los vínculos externos.

Carlos Escudé (1992, 1995) planteó hace más de tres décadas que para un Estado débil el costo de confrontar a la potencia dominante suele superar el beneficio de sostener posiciones autónomas en cuestiones de baja relevancia material, de lo cual se seguía una recomendación de “alineamiento condicionado”, en cuanto a ceder en lo simbólico y ganar en lo material. Ese marco teórico resultaba funcional en tanto se ajustase a un mundo unipolar, sin alternativa sistémica creíble a Washington, donde alinearse tenía un costo de oportunidad bajo porque no había nadie más con quien negociar en paralelo.

Luis Schenoni (2026) actualiza ese legado bajo el nombre de “neorrealismo periférico” para un escenario distinto de hegemonía dual en desacoplamiento, donde Estados Unidos y China dejan de superponerse en las mismas esferas de influencia que toleraron durante el ascenso pacífico chino. Su argumento central es que ese desacoplamiento reduce progresivamente el margen de lo que llama fence-sitting (el mantener vínculos con ambas potencias sin comprometerse abiertamente con ninguna), y que la capacidad de sanción de cada potencia decae con la distancia geoeconómica, lo cual deja a cualquier país sudamericano dentro de la órbita directa de Washington con escaso margen para jugar la carta china de manera creíble. De ahí se deriva su recomendación de un “alineamiento activo”, es decir, la opción de alinearse lo suficiente para no ser sancionado y ser contado como socio confiable, sin llegar a una subordinación acrítica.

Por su parte, Federico Merke (2026) retoma este diagnóstico sin rechazarlo, pero lo reformula desde una escala más amplia. Para el autor, la transición en curso no implica únicamente el paso de la unipolaridad a una hegemonía dual, sino también la transformación del propio funcionamiento del orden internacional. El orden liberal, caracterizado por instituciones que favorecían la cooperación y por reglas multilaterales que reducían la incertidumbre y hacían racional la inversión en vínculos de largo plazo, estaría dando paso a un esquema crecientemente transaccional. En este nuevo contexto, las grandes potencias tienden a privilegiar la negociación caso por caso, el intercambio de beneficios concretos y el uso de mecanismos de presión y negociación asimétrica por sobre la provisión de bienes públicos internacionales y la construcción de consensos multilaterales. En ese contexto, Merke sostiene que la variable estratégica relevante para un país periférico deja de ser con qué polo alinearse y pasa a ser la calidad de las opciones de afuera que logra construir para cada negociación puntual, considerando que, cuantas más alternativas creíbles tenga un Estado fuera de un acuerdo determinado, mayor será su capacidad de exigir condiciones dentro de él.

El caso de Milei funciona en ese marco como una comprobación empírica antes que como el argumento central de Merke. Ni siquiera el Gobierno con la retórica de alineamiento occidental más decidida de la región logró modificar su vínculo económico de fondo con Beijing, porque el swap con el Banco Popular de China siguió vigente en paralelo al nuevo acuerdo con el Tesoro estadounidense y la dependencia de las exportaciones agrícolas hacia el mercado chino no se alteró. Lo que la práctica mostró no fue el triunfo del alineamiento declarado, sino la persistencia de esa lógica de opciones de afuera incluso donde el discurso la niega.

Al diálogo entre Schenoni y Merke conviene agregarle una dimensión adicional, la de sustituibilidad del vínculo alternativo, una variable particularmente relevante para comprender el caso paraguayo. La cuestión central es determinar si la relación con la potencia que no se privilegia en una estrategia de alineamiento puede mantenerse de manera paralela, aunque sea de forma acotada, o si es estructuralmente irreemplazable porque nunca estuvo disponible. 

Aunque ninguno de los dos autores la formula explícitamente en estos términos, esta pregunta se conecta con sus planteos. Para Schenoni (2026), remite a la amplitud de la zona de superposición entre las dos esferas hegemónicas, aquella que permite a los Estados practicar estrategias de fence-sitting antes de enfrentar presiones o sanciones por parte de alguno de los polos. Para Merke (2026), refiere a las condiciones que hacen posible la construcción de “opciones de afuera”, ya que solo puede ampliarse una alternativa que existe como posibilidad real y solo puede hablarse de costos de oportunidad cuando efectivamente hay algo que resignar. A partir de esta perspectiva, la sustituibilidad de los vínculos externos se convierte en la variable que organiza el análisis comparado de Argentina y Paraguay, permitiendo identificar similitudes en sus comportamientos diplomáticos sin asumir que ambos disponen de las mismas opciones estratégicas.

 

3. La política exterior y el alineamiento declarado de Milei y Peña

En términos formales, las políticas exteriores de Javier Milei y Santiago Peña presentan importantes similitudes. Durante los últimos años, Argentina y Paraguay han mostrado una convergencia creciente hacia Estados Unidos que sugiere una profundización del vínculo bilateral en dimensiones políticas, diplomáticas y simbólicas. Ambos Gobiernos impulsaron estrategias de inserción internacional orientadas a proyectar una identidad asociada a Occidente, la democracia liberal y la cooperación estrecha con Washington. Esta orientación estuvo acompañada por una participación activa en nuevas plataformas de diálogo político, económico y de seguridad promovidas por sectores cercanos al Partido Republicano estadounidense y, particularmente, al entorno político de Donald Trump.

Desde su llegada al poder, Javier Milei estructuró la política exterior argentina alrededor de una afinidad ideológica explícita con la nueva derecha occidental y con la facción republicana de Estados Unidos. Más que una diplomacia tradicional centrada exclusivamente en intereses estatales, la aproximación argentina adquirió una dimensión doctrinaria que la vinculó con una agenda conservadora transnacional y con la denominada “batalla cultural” contra los consensos predominantes en organismos multilaterales. En este marco, Milei construyó un discurso de pertenencia a Occidente que trascendió la esfera diplomática y se articuló en torno a la defensa de la libertad individual, la economía de mercado y una oposición frontal al socialismo del siglo XXI (Laporte y Corigliano, 2025). Dentro de esta narrativa, China fue frecuentemente presentada como un actor cuyo modelo político y económico resultaba incompatible con los valores que el Gobierno argentino buscaba promover.

Esta aproximación ideológica se tradujo rápidamente en decisiones de política exterior de alto perfil. Entre ellas, destacan el rechazo a la incorporación de Argentina al bloque BRICS, el alineamiento prácticamente irrestricto con Israel en los foros internacionales y la participación temprana en iniciativas geoeconómicas y de seguridad impulsadas desde Washington, como la Junta de Paz, Escudo de las Américas y Pax Silica. Sin embargo, reducir esta orientación a una mera cuestión ideológica sería insuficiente. La inserción internacional propuesta por Milei también debe entenderse como un instrumento para fortalecer su programa económico, consolidar apoyos externos y reforzar la legitimidad política de su proyecto de transformación interna.

El caso paraguayo responde a una lógica comparable, aunque menos rupturista y más vinculada a una trayectoria histórica de largo plazo. El Partido Colorado ha mantenido, con distintos matices, una relación estrecha con Estados Unidos desde la Guerra Fría, cuando el régimen de Alfredo Stroessner se consolidó como uno de los principales aliados anticomunistas de Washington en América del Sur. En este sentido, Santiago Peña no inaugura una nueva orientación, sino que profundiza una tendencia preexistente en un contexto particularmente favorable. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca abrió una ventana de oportunidad para fortalecer una relación que, por afinidad ideológica y prioridades estratégicas compartidas, resultaba potencialmente más receptiva que la mantenida con la administración de Joe Biden (Heduvan, 2026).

Al igual que Milei, Peña ha impulsado una política exterior que otorga un lugar central al vínculo con los sectores conservadores estadounidenses. Esto se ha reflejado en el respaldo a iniciativas asociadas a la revitalización de la doctrina Monroe, el apoyo firme a Israel, la adhesión a posiciones conservadoras en debates culturales y sociales, la firma de acuerdos migratorios como el Acuerdo de Tercer País Seguro, la profundización de la cooperación militar mediante instrumentos como el Acuerdo sobre el Estatuto de las Fuerzas (SOFA) y la participación en nuevas iniciativas regionales promovidas por la administración Trump.

No obstante, detrás de estas coincidencias discursivas y simbólicas existen diferencias importantes. Mientras que en Argentina la dimensión ideológica ocupa un lugar central en la construcción de la política exterior, en Paraguay el acercamiento a Estados Unidos responde en cierta medida a objetivos pragmáticos vinculados al desarrollo económico y la proyección internacional del país. La estrategia de Peña parece orientarse a resolver un problema estructural de larga data respecto a la limitada visibilidad internacional de Paraguay y su posición periférica dentro de las principales dinámicas de inversión y cooperación regional.

Aunque con un éxito relativo, la lógica del Gobierno paraguayo puede observarse en tres líneas de acción concretas. La primera ha sido la búsqueda deliberada de una mayor exposición internacional mediante una intensa agenda de viajes presidenciales, participación en foros multilaterales y construcción de redes políticas con actores influyentes. La segunda consiste en transformar las ventajas comparativas derivadas del excedente energético de Itaipú en un activo estratégico capaz de atraer inversiones, principalmente vinculadas a centros de datos, infraestructura digital e inteligencia artificial. La tercera se relaciona con la profundización de la cooperación en materia de seguridad, especialmente en áreas vinculadas al combate al crimen organizado transnacional, el narcotráfico y otras amenazas que afectan la estabilidad regional.

 

4. La sustituibilidad de los vínculos externos como variable de síntesis

Si bien es posible identificar numerosas similitudes en las orientaciones diplomáticas de Argentina y Paraguay, ambos casos responden a configuraciones estructurales diferentes. La variable que mejor permite capturar esa diferencia es la sustituibilidad de los vínculos externos, entendida como la capacidad de un Estado para mantener, activar o profundizar relaciones relevantes con polos alternativos de poder aun cuando opta por privilegiar una determinada asociación estratégica.

En el caso argentino, el acercamiento político a Estados Unidos ocurre en un contexto donde el vínculo con China continúa siendo un componente central de su inserción internacional. A pesar de la retórica inicial del Gobierno de Javier Milei, la relación económica con Beijing no desapareció. China sigue siendo uno de los principales socios comerciales del país, el swap de monedas permanece operativo, el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) también atrae capitales chinos y diversos proyectos de inversión e infraestructura mantienen su vigencia. En otras palabras, Argentina conserva una capacidad limitada pero real de diversificación estratégica. Aunque la administración Milei haya optado por privilegiar políticamente la relación con Washington, el vínculo alternativo permanece disponible.

Desde esta perspectiva, el alineamiento argentino puede interpretarse como una forma de bandwagoning con alternativa estructural. El país se aproxima a la potencia predominante sin abandonar completamente los canales de interacción con el principal competidor sistémico. La existencia de opciones múltiples no implica autonomía plena, pero sí proporciona cierto margen de negociación y adaptación frente a eventuales cambios en la distribución internacional del poder.

La situación paraguaya es sustancialmente distinta. Desde 1957, Paraguay mantiene relaciones diplomáticas con Taiwán y, como consecuencia de ello, carece de vínculos oficiales con la República Popular China. Esta decisión constituye una de las continuidades más marcadas de su política exterior y condiciona sus alternativas disponibles de balance internacional. Mientras la mayoría de los países latinoamericanos han desarrollado relaciones simultáneas con Washington y Beijing, Paraguay permanece al margen de esa dinámica.

Naturalmente, el reconocimiento diplomático no es una condición inmutable. Sin embargo, dado que la relación con Taiwán se ha convertido en uno de los pilares de la política exterior paraguaya, el análisis de la estrategia internacional de Santiago Peña debe partir de esa realidad estructural. Más allá de ello, la ausencia de relaciones diplomáticas con Beijing no implica que Paraguay sea ajeno a la influencia económica china. China constituye uno de sus principales proveedores de bienes y un actor de gran relevancia para las cadenas productivas regionales que afectan indirectamente a la economía paraguaya. No obstante, la falta de reconocimiento limita las herramientas disponibles para profundizar esa relación y convertirla en una alternativa estratégica comparable a la que posee Argentina.

En consecuencia, Paraguay no puede recurrir a la misma estrategia de diversificación hacia el principal polo alternativo de la competencia sistémica contemporánea. Su margen de maniobra existe, pero se despliega en otro terreno. La diversificación paraguaya se orienta hacia socios como Taiwán, Japón o Corea del Sur, es decir, hacia actores asiáticos que no cuestionan ni compiten directamente con el alineamiento declarado hacia Washington. Lo que no posee es la posibilidad de equilibrar su inserción internacional mediante una relación simultánea con las dos grandes potencias que estructuran la competencia global actual.

Por ello, el acercamiento paraguayo a Estados Unidos responde a una lógica distinta de la argentina. Más que una elección entre múltiples opciones, se trata de una estrategia desarrollada desde una estructura internacional de vínculo único. Paraguay no abandona un vínculo alternativo al alinearse con Washington porque ese vínculo nunca estuvo plenamente disponible, producto de una decisión de política exterior adoptada décadas antes de que emergiera la actual competencia estratégica entre ambas potencias. Su comportamiento puede entenderse entonces como una forma de bandwagoning sin alternativa estructural.

Esta diferencia tiene consecuencias directas sobre la forma en que deben evaluarse los riesgos asociados al alineamiento. En Argentina, el costo de oportunidad es más elevado porque existe algo concreto que podría perderse si el acercamiento a Estados Unidos se profundizara hasta el punto de deteriorar significativamente la relación con China. La discusión gira en torno a cuánto conservar del vínculo alternativo y qué beneficios deberían obtenerse a cambio de una eventual reducción de esa flexibilidad. En Paraguay, por el contrario, el costo de oportunidad en ese mismo eje es marginal. La cuestión no consiste en renunciar a una alternativa disponible, sino en determinar si los beneficios derivados del alineamiento con Estados Unidos compensan las limitaciones derivadas de la falta de alternativas en su repertorio diplomático. En consecuencia, el debate paraguayo no se centra en la pérdida de autonomía frente a una opción existente, sino en la capacidad del alineamiento para compensar las limitaciones derivadas de una alternativa que nunca formó parte de su repertorio diplomático.

 

Conclusiones

El análisis comparado de las políticas exteriores de Argentina y Paraguay muestra que la creciente convergencia diplomática observada durante los últimos años no puede explicarse únicamente a partir de afinidades ideológicas, preferencias presidenciales o patrones de votación en organismos multilaterales. Si bien ambos Gobiernos han desarrollado estrategias de acercamiento a Estados Unidos, han fortalecido sus vínculos con sectores conservadores de la política estadounidense y han acompañado numerosas posiciones de Washington en temas sensibles de la agenda internacional, lo han hecho desde condiciones estructurales distintas.

La principal diferencia entre ambos casos emerge al observar el grado de sustituibilidad de sus vínculos externos. Argentina mantiene una relación funcional con China que continúa siendo relevante en términos comerciales, financieros y de inversión. Paraguay, por el contrario, carece de una relación diplomática con Beijing y, por lo tanto, enfrenta una estructura de opciones más restringida. Esta diferencia modifica sustancialmente la naturaleza del alineamiento. Mientras Argentina se acerca a Estados Unidos desde una posición que conserva cierto margen de diversificación, Paraguay lo hace desde una estructura donde las alternativas relevantes son considerablemente más limitadas.

Esta constatación permite comprender por qué niveles similares de coincidencia diplomática no necesariamente implican estrategias equivalentes. Argentina practica una forma de alineamiento que supone administrar simultáneamente dos vínculos de relevancia sistémica. Paraguay desarrolla una estrategia de alineamiento que se encuentra condicionada por decisiones históricas previas y por una estructura internacional que ofrece menos posibilidades de equilibrio entre las grandes potencias.

Al mismo tiempo, ambos casos comparten una característica fundamental dado que el alineamiento implica una reducción voluntaria de los márgenes de autonomía internacional. Desde la perspectiva del realismo periférico, esta situación no constituye necesariamente una anomalía ni un error estratégico. Los Estados periféricos suelen aceptar restricciones a su autonomía cuando consideran que los beneficios potenciales derivados de una relación privilegiada con una potencia superan los costos de mantener posiciones más independientes. Sin embargo, esa decisión también genera nuevas vulnerabilidades.

La más importante de ellas es la creciente exposición a los cambios en la política exterior estadounidense. Cuanto más estrecha sea la identificación de un país con una determinada administración, una corriente ideológica o un conjunto específico de prioridades estratégicas de Washington, mayor será su dependencia respecto de decisiones que se toman fuera de su control. Las oscilaciones propias de la política interna estadounidense, los cambios de administración o las modificaciones en las prioridades globales de Estados Unidos pueden alterar significativamente el valor estratégico de ese alineamiento.

Esta cuestión adquiere especial relevancia en el caso de Argentina y Paraguay debido a que gran parte de su acercamiento reciente se ha articulado alrededor de redes políticas, iniciativas y espacios vinculados al retorno de Donald Trump y al fortalecimiento de los sectores conservadores dentro de Estados Unidos. Si bien esta estrategia puede generar beneficios de corto plazo en términos de acceso político, cooperación o respaldo diplomático, también incrementa la exposición a eventuales cambios futuros en el ciclo político estadounidense.

En un contexto internacional caracterizado por una creciente polarización, pero aún lejos de una bipolaridad rígida, la principal interrogante no es si el alineamiento con Estados Unidos puede generar beneficios, sino si dichos beneficios son suficientes para compensar la reducción de autonomía estratégica y la pérdida potencial de flexibilidad internacional. La respuesta probablemente sea diferente para cada caso. Argentina enfrenta el desafío de equilibrar su acercamiento a Washington con la preservación de vínculos funcionales con China. Paraguay, por su parte, debe evaluar hasta qué punto una estrategia de alineamiento sostenido puede compensar las limitaciones estructurales derivadas de la ausencia de relaciones con Beijing.