Artículos y Testimonios
Argentina-Brasil: una relación estratégica que debe potenciarse

A pesar de las crecientes fricciones políticas e ideológicas entre los gobiernos de Argentina y Brasil, la relación bilateral se sostiene sobre profundos condicionantes estructurales y una fuerte interdependencia estratégica. En un escenario internacional incierto, signado por el repliegue de las instituciones multilaterales, la rivalidad de las grandes potencias y la reconfiguración de la política exterior estadounidense hacia América Latina, ambos países han adoptado estrategias de inserción global divergentes: Argentina prioriza un alineamiento cercano con Washington y una postura crítica hacia el multilateralismo, mientras que Brasil impulsa un perfil autónomo de multialineamiento, diplomacia sur-sur y fortalecimiento de los organismos internacionales. Sin embargo, estas diferencias diplomáticas coyunturales no eclipsan la solidez de un vínculo histórico que trasciende las afinidades ideológicas de las administraciones de turno.
La densidad de la alianza estratégico-bilateral se fundamenta en pilares clave como la integración económico-comercial —con un flujo masivo impulsado por cadenas industriales de valor interconectadas— y la consolidación del Mercosur como plataforma geopolítica regional. Asimismo, ambos Estados mantienen profundas convergencias e intereses compartidos en materia de integración energética y nuclear, cooperación en seguridad continental frente al crimen organizado, ejercicios militares conjuntos e intercambios en ciencia, tecnología y educación superior. Por consiguiente, la complejidad de esta agenda común exige preservar la relación mediante un diálogo de estadistas caracterizado por el pragmatismo, la prudencia y la visión de largo plazo, evitando que las disputas personales o partidarias comprometan los activos estratégicos compartidos.
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Hace algunos días, las relaciones de Argentina y Brasil se vieron alteradas por ruidos políticos que sucedieron en el marco de las elecciones presidenciales brasileñas. No es nuevo que las diferencias ideológicas y las características personales provoquen tensiones entre ambos Gobiernos, como ya sucedió en épocas pasadas con presidentes de perfiles políticos opuestos. Sin embargo, dado que los lazos externos exceden el tipo de vínculo personal de los presidentes, y teniendo en cuenta que Brasil es un eje estratégico central de la inserción de Argentina, es oportuno analizar los condicionantes externos de esta relación, los puntos de divergencia entre ambos Gobiernos y las áreas de convergencia en las que pueden afianzarse relaciones mutuamente beneficiosas en el mediano y largo plazo.
Para comprender la naturaleza de ese vínculo, es necesario comenzar por los procesos y contextos cambiantes que lo tensionan, pero que también puedan forta-lecerlo. El primero está relacionado a la incertidumbre que invade el futuro del orden internacional. La mayoría de los analistas coincide en observar una transición, disrupción o reconfiguración sustantiva. La visión pesimista sostiene que el orden construido en 1945 ha quedado atrás y algo distinto lo reemplazará. Desde una perspectiva intermedia, no se trataría de un colapso completo del orden precedente, sino del debilitamiento de las instituciones de la “sociedad internacional” definidas por Hedley Bull: la “diplomacia” se vuelve transaccional y coercitiva; el “derecho internacional” se erosiona y retrocede, y la “gestión de las grandes potencias” pierde sentido en la medida en que son ellas mismas fuente de inestabilidad y de crisis. La “guerra” y el “equilibrio de poder” prevalecen como sostenes de lo que queda de esa sociedad y como elementos constitutivos de lo que seguirá.
Las crisis sucesivas, las guerras interconectadas y la rivalidad entre Estados Unidos y China por el dominio de la IA son el telón de fondo de estos cambios disruptivos en la política internacional que han aumentado la incertidumbre global.
En el plano hemisférico, las relaciones entre Estados Unidos y América Latina se han reconfigurado a partir del cambio en la política externa norteamericana.Como se plasmó en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, el Gobierno del presidente Trump prioriza tres cuestiones centrales: la seguridad, la reconstrucción del continente americano como su esfera de influencia, y la reversión de la influencia de China en la región. Como quedó de manifiesto desde el comienzo de su segundo mandato, esta definición estratégica es ejecutada mediante tres instrumentos: 1) coerción militar, como la interdicción y la militarización de la lucha contra el crimen organizado, o la intervención directa para la captura de Nicolás Maduro en Caracas; 2) coerción comercial, con la imposición de una serie de aranceles unilaterales por motivos o razones de distinto orden (económicas, políticas, ideológicas); y 3) presión política, con el nuevo estilo de diplomacia transaccional. Estados Unidos elevó la posición geopolítica de América Latina en tanto espacio de competencia con China y como región con algunos activos estratégicos. Las respuestas de los países latinoamericanos fueron diversas, y variaron entre el tibio rechazo y el respaldo implícito. El resultado obtenido por Washington ha sido de bastante control y subordinación.
Ese contexto político general impacta en las relaciones bilaterales entre Argentina y Brasil, dado que sus trayectorias de inserción estratégica y sus visiones del orden global difieren entre sí. El Gobierno argentino desarrolla una acción externa concentrada en lo que define como “alineamiento político” con Estados Unidos,mientras aspira a una mayor diversificación comercial a través de la conquista de nuevos mercados. Por su situación de vulnerabilidad financiera, ha estrechado lazos con el Gobierno norteamericano y los organismos internacionales de crédito, mientras mantiene —de manera pragmática en un bajo perfil— el apoyo financiero de China a través del swap de monedas. En cuanto a la arquitectura mundial, el
Gobierno de Milei es crítico del multilateralismo y de las organizaciones internacionales, así como de la agenda 2030 y los ODS, ya sea por sus contenidos o por considerar que le imponen compromisos que lo limitan. Por su postura ideológica, rechaza conceptos como perspectiva de género, pueblos originarios, entre otros. Su diplomacia presidencial es activa, aunque privilegia su participación en foros políticos partidarios o en eventos académicos, por eso sus visitas oficiales a otros Estados han sido escasas.
A diferencia del anterior, Brasil desarrolla una política exterior que los analistas brasileños denominan hedging, multialineamiento, de perfil autonomista, que rechaza la política de bloques y los alineamientos rígidos, y que busca equilibrar sus vínculos con Estados Unidos y China. Su visión apuesta a la construcción de un mundo multipolar y al avance de reformas en instituciones de gobernanza global como las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional. Es proactivo dentro de las organizaciones internacionales y los foros multilaterales, donde promueve una agenda comprometida con el cambio climático, la perspectiva de género, el desarrollo sostenible, entre otros. Busca diversificar el comercio y las alianzas po-
líticas, a través de mayores vínculos con Europa, India y el sur global. Promueve la cooperación y la diplomacia sur-sur a través de la IBSA, los BRICS y el G20.
A este cuadro de definiciones estratégicas divergentes, se le sumaron las tensiones diplomáticas recientes, que tienen una base ideológica y de política interna. Sin embargo, la relevancia y la envergadura del vínculo bilateral superan esas diferencias existentes.
¿Cuáles son las dimensiones en las que se apoya esa importancia mutua? ¿Cuáles son las agendas en las que ambos países convergen y pueden alcanzar resultados beneficiosos que logren cimentar la relación y consolidar su condición de alianza estratégica?
Por debajo de los roces presidenciales, los lazos diplomático-institucionales son estrechos y permanecen sólidos, con una agenda bilateral intensa, acorde con la densidad de dos países vecinos, que además son parte del Mercosur, el bloque más activo de la región.
La dimensión económica-comercial es un sostén fundamental. Son economías interdependientes: el comercio bilateral es de importancia clave para ambos países (Brasil es el primer socio comercial de Argentina y el mercado argentino es el tercer destino de las exportaciones de Brasil, después de China y Estados Unidos). Tanto por el volumen del comercio transfronterizo (que superó los 30.000 millones de dólares en 2025) como por la naturaleza de los bienes que intercambian (manufacturas industriales, principalmente sector automotriz), ambos países son socios comerciales de primer orden. No solo los flujos comerciales, también las inversiones instaladas y las cadenas de valor consolidadas en las últimas décadas, construyen una matriz económica y productiva interconectada. Esta tiene un dinamismo propio, ajeno a los vaivenes de los Gobiernos de turno, que perdura aún en contextos de distancia o enfriamiento político y que tiene un enorme potencial para expandirse en el futuro.
El Mercosur es otro factor crucial. La firma del acuerdo Mercosur-Unión Europea aceleró su perfil de plataforma regional para negociaciones comerciales, que tiene una agenda externa promisoria de nuevos acuerdos. En una economía global fragmentada, el Mercosur crea oportunidades mutuamente beneficiosas para sus socios. En un orden global disputado, el bloque puede ser en sí mismo un espacio de anclaje geopolítico, que aumente los márgenes de acción de sus socios y favorezca sus aspiraciones autonomistas.
Las complementariedades en el campo energético son significativas. La agenda bilateral incluye gas natural, líquido de gas y cooperación nuclear. Pero las oportunidades de negocios dependen de acuerdos de largo plazo, marcos regulatorios estables y cooperación técnica. La tensión política puede generar retrasos en decisiones de inversión, en cronogramas de proyectos aprobados, aumentando costos y riesgos económicos. La integración gasífera y la cooperación para la fabricación e instalación de reactores nucleares pueden consolidar la relación bilateral a un nivel superior. En un mundo donde la seguridad energética es un objetivo prioritario, la integración energética regional sería un activo estratégico para ambos países.
Los intereses de ambos Estados convergen en otra dimensión significativa: la seguridad. La cooperación en la lucha contra el crimen organizado trasnacional está altamente institucionalizada a través de múltiples agencias estatales. Los protocolos y acuerdos sobre esta materia exceden el plano bilateral, para insertarse en esquemas regionales de cooperación más amplios. En este campo, la coordinación entre Argentina, Brasil y Estados Unidos es constante, refleja un amplio consenso político y supera las diferencias ideológicas o partidarias. En el área militar, las prácticas cooperativas son sólidas e incluyen la participación en ejercicios militares combinados, intercambios de información, entrenamientos conjuntos y el acercamiento en industria de defensa. La relación técnica entre las fuerzas armadas de ambos países se mantiene intacta y muy activa.
Por último, se destacan la cooperación en ciencia, tecnología y en educación superior, donde acuerdos de coordinación entre instituciones estatales de investigación y desarrollo, así como programas de intercambios entre universidades de ambos países han crecido de manera sostenida, a pesar de la asimetría de recursos presupuestarios que se ha ido agudizando en los últimos diez años. Hay un enorme potencial en el desarrollo tecnológico y la economía del conocimiento, que la cooperación bilateral puede explotar a mediano y largo plazo.
De esto se trata la interdependencia, de múltiples canales, dimensiones, flujos y agendas comunes. En una relación estratégica como la que existe entre Argentina y Brasil, pueden surgir desacuerdos, incluso conflictos, porque no siempre existe armonía. La envergadura de este vínculo requiere de liderazgos que permitan superarlos. Hans Morgenthau sostenía que los verdaderos estadistas, los líderes políticos, son aquellos que reúnen varias virtudes: sabiduría, previsión, prudencia, moderación, persuasión. Por eso, esta relación bilateral debe preservarse de disputas entre gobernantes con personalidades y posturas ideológicas diferentes, para poder consolidarse sobre la base del diálogo entre estadistas.


